Dice que rectificar es de sabios, así que pese a lo que dije en A contrareloj 3. Paul Davis, el comienzo, he decido poner a disposición de todos vosotros el libro íntegro de A contrareloj 3. Paul Davis, el comienzo escrito por mi alter-ego: J.G. Chamorro.

La principal razón es que algunas personas me lo han pedido, así que el que quiera adquirirlo desde Amazon puede seguir haciéndolo, mientras que el que no, lo tiene disponible para leer totalmente gratis aquí, como ocurriera con Diamantes Positrónicos.

A contrarreloj 3. Paul Davis, el comienzo
Por J.G. Chamorro



Dedicado a Fénix Hebrón, sin el cual las andanzas de Paul Davis serían totalmente desconocidas.

Introducción
Sin haberlo pretendido en ningún momento parece que la resolución de mis casos ha despertado cierta expectación. Al menos mucha más de la que jamás hubiera pensado. Recibo emails y hasta cartas postales de lectores que me preguntan detalles de los relojes que he conocido, de los casos que he investigado y hasta me hacen consultas de carácter horológico.

Cuando el secreto profesional no me lo impide, yo intento responderles lo mejor que puedo. Por desgracia mi tiempo libre es escaso, como bien os podéis imaginar teniendo en cuenta que en estos últimos siete años no he tenido oportunidad de relataros ninguna de mis “aventuras”.

No os extrañe tampoco que pese a mis precauciones mis aficionados hayan conseguido mis datos de contacto. Internet lo sabe todo, y colaborando con una firma tan conocida como es “Franz LZ Insurances” no ayuda a mantener el anonimato. Sea como fuere no me molesta ni me preocupa, no tengo nada que ocultar, pero si sirve de algo, pido disculpas desde aquí aquellos que por un motivo u otro no haya contestado como es debido, o no haya respondido en absoluto.

Algunos han llegado a compararme con Sherlock Holmes, lo cual me halaga, porque en efecto es uno de mis ídolos literarios. Sin embargo, es una comparación que me molesta un poco. A diferencia de Holmes, yo soy una persona real.

Aprovechando tres emails consecutivos que me preguntan acerca de los inicios en una profesión tan extraña como la que ejerzo, y con el fin de aclarar las dudas sobre la veracidad de mis escritos y de mi persona, he decidido que tras relatar las investigaciones de “El Bell & Ross robado” y de “El reloj de la condesa”, era el momento de retroceder en el tiempo y dar a conocer cómo empezó todo, y cómo terminé allí.

Veréis que mi oficio, no tiene nada de raro ni de extraño ni de particular, solamente que es poco habitual, y que quizás muchos de mis competidores y colegas, con su secretismo, no ayuden a esclarecer el asunto. Por supuesto no estoy autorizado a explicar todo, y como siempre he hecho, jamás revelaré datos y detalles que puedan perjudicar a los implicados, ya sean éstos acusados o afectados.

Primera Parte
Capítulo 1
“El día comienza cuando me pongo el reloj”

Era un mes de mayo de 1986, por aquella época yo llevaba un Casio F-86W en mi muñeca. Ya entonces me apasionaba la relojería, pero ese era mi único guardatiempos. Un estupendo reloj digital que, sin ser caro en absoluto, era mucho más completo y preciso que la mayoría de relojes caros que llevaba la gente.

Estaba estudiando Formación Profesional, en concreto Administrativo. Exceptuando las materias relacionadas con la informática, no es que me gustase demasiado, pero se me daba bien. No requería demasiado esfuerzo por mi parte, y todos decían que tenía muchas salidas profesionales.

Visto en retrospectiva, la vida de estudiante era bastante cómoda y sencilla. No me obligaba a grandes sacrificios, y me dejaba bastante tiempo libre para dedicar a lo que me gustaba de verdad. Como os podéis imaginar en mi caso eran los relojes. Leía y releía catálogos de las marcas cientos de veces, hasta que el texto completo quedaba indeleblemente guardado en mi memoria; visitaba a relojeros conocidos con los que gracias a su enorme paciencia charlaba sobre lo que para mí era mi hobby, y para ellos su profesión; compraba cualquier publicación que se me pusiera por delante, y, en fin, poco a poco iba aprendiendo y a la vez disfrutando.

Pero ya sabéis como son las cosas, esa época se recuerda también con todo aquello que deseábamos y nuestra vida estudiantil no nos permitía. Soñaba con una motocicleta, un vehículo que me diera independencia y que además me permitiera disfrutar de su conducción. En cierto sentido tuve suerte, la mayoría de chicos de mi edad querían un coche que era mucho más caro, en cambio a mí, no me gustaban demasiado. Aún y así, y pese a que el precio de una moto era más asequible que un coche, no conseguí tenerla.

Vivía al día del dinero que me daban mis padres que no era mucho, de los ahorros en cumpleaños, Reyes y santos. Tenía algunos ingresos extra como cuando cambiaba la pila de algún reloj de familiares o amigos, casi una limosna.

Había comprado y vendido algunos relojes también, ganando algo de dinero con ello. No era demasiado lucrativo claro. Con mi diminuta capacidad económica, las ganancias conseguidas eran también pequeñas. Pero al menos me daban la oportunidad de tanto en tanto de probar relojes durante una temporada, y luego venderlos para hacerme con otros.

Algunos trucos me permitían incrementar mi poder adquisitivo. Recuerdo fotocopiar los libros de texto de los compañeros de estudios en vez de comprarlos. Y lo que me ahorraba con ello, lo invertía en material de relojería que no era nada barato.

Capítulo 2
Le había echado un ojo a un Casio Lineage LIN-155. Era un reloj apasionante, y que la marca japonesa acababa de lanzar al mercado. Estaba construido completamente en titanio, un material que por aquella época era poco común en la relojería, y en vez de pila, llevaba células solares que lo alimentaban.

Para mi ese reloj era como iban a ser los relojes del futuro, la máxima tecnología. Ligeros, duraderos y sostenibles. Lo mejor de todo es que pese a todas esas virtudes, su precio no era elevado. Lo era en comparación con otros modelos de Casio, por supuesto, era más caro que el reloj que yo llevaba, pero resultaba más barato que los relojes de Seiko o Citizen que muchas personas tenían.

De todas formas, yo que andaba pelado con mi F-86, lo tenía como un imposible, una quimera. No sólo era su precio, la distribuidora de la marca japonesa en aquella época, no hacía las cosas demasiado bien. Traía a nuestro país solamente lo modelos más populares, o sea los que más se iban a vender. Supongo que se guiaban por la ley del mínimo esfuerzo y del mínimo riesgo. Esto implicaba que el Lineage nunca lo veríamos en nuestro país.

En uno de mis paseos vespertinos que aprovechaba para caminar, y visitar tiendas de relojes, me encontraba por la zona portuaria. La zona de decomisos la llamaban las personas más mayores. Unas pocas calles que estaban plagadas de bazares de electrónica y que cada vez se extendían más. Allí podías encontrar radios, ordenadores, calculadoras, videos, walkie talkies y todo el elenco de tecnología de consumo del momento, incluyendo como es natural, relojes.

Uno de los comercios más grandes era el “Bazar del Mar”, una tienda que, si bien ofrecía todos los artículos que he mencionado, donde verdaderamente brillaba era en relojes. Y dentro de los relojes, donde más énfasis ponía era en la marca Casio. Sus precios no eran de los mejores, pero su amplio surtido sí que lo era. No es de extrañar que se convirtiera en el punto de referencia, como mínimo para revisar el género. Porque claro, luego la mayoría terminaban la compra en otro sitio. No obstante, para los entendidos, era también uno de los centros de referencia, muchas veces el primero en donde llegaban las novedades.

Para mí tampoco era la tienda que visitase con más frecuencia. La carencia de recursos me obligaba a que pocas tiendas me tuvieran como cliente. Además, me quedaba algo lejos de casa de mis padres, así que no la visitaba a menudo y cuando lo hacía era sólo para mirar.

Mis compras las hacía en “Relojería García”, a menos de dos minutos de casa, y donde Jorge, el dueño, un aficionado a las maquetas de barcos y a la música, me regalaba agradables conversaciones. A veces también me regalaba piezas de reloj que provenían de reparaciones, y que para él eran de deshecho. A mí me servían para profundizar en todos esos diminutos mecanismos que formaban parte de un reloj. Venían a ser como mi laboratorio de prácticas relojeras.

Jorge tenía unos cuarenta años. Lo recuerdo vistiendo siempre camisas de cuadros, y en aquellos días no necesitaba gafas. Ya tenía las entradas que hacían prever como iba a cambiar su fisionomía con el tiempo. A diferencia de muchos relojeros el negocio no le venía de familia. Ni su padre ni su tío eran relojeros. Se forjó a sí mismo. Probablemente ese es el motivo por el que tanto le gustase un reloj mecánico como un digital. Un suizo como un japonés. No se dejaba influenciar.

El “Bazar del Mar” era una tienda enorme, y que estaba dividida en dos plantas. La planta baja o inferior con los productos pequeños, y la superior con los más grandes (televisores, equipos de música y hasta neveras). Mi favorita, la planta baja estaba dividida en dos alas, la principal, contigua a la puerta de entrada principal era la zona de relojería. El otro ala era para el resto de mercancías (consolas de videojuegos portátiles, walkmans, …). Supongo que ahora entendéis porque era el bazar que más relojes tenía de mi ciudad.

Los escaparates exteriores eran los que encandilaban al público para que accediera al interior. Estaban bastante cuidados, siempre limpios, ordenados y con buena iluminación. Albergaba los modelos rebajados y aquellos más estrambóticos y que llamaban la atención. Recuerdo aquellos carteles con fondo amarillo fluorescente y que informaban de las bajadas de precio, de las últimas unidades disponibles, o de las últimas novedades del momento, a salto de consignas como “¡Nuevo!”, “¡Oferta!”, “¡Promoción!”, “¡Últimas unidades!”… El reclamo para picar la curiosidad de los transeúntes y que se adentraran en la tienda.

Yo no era ajeno a aquellas tácticas. Era contemplar de lejos sus escaparates, y mi corazón y mi sangre se aceleraban con tanta estimulación relojera.

El sonido de las radios portátiles mezcladas con las reverberaciones de los equipos de música y las televisiones de la planta de arriba, hacían que el entorno fuera acústicamente algo incómodo, pero a la vez uno de los aspectos que la hacían más reconocibles.

Se reconocía entre todo el barullo “Live to tell” de Madonna, que recuerdo por ser una de mis artistas favoritas de aquella época e incluso de ahora, lo sigue siendo.

Como solía hacer me paseaba con detenimiento contemplando los aparadores interiores. Aquellos muebles fijos y de cristal, generalmente contenían los relojes más caros. Por eso eran de cristal e iban cerrados con llave. Eran los más trabajados, pues se acompañaban de material gráfico que promocionaba ese modelo, de esa gama o de esa marca. Recuerdo una pequeña pecera de esas que están perfectamente ambientadas, con fondo marino, plantas y diferentes tipos de rocas. No tenía peces, que me hubiera parecido una crueldad, pero a cambio, tenía dos relojes de buceo. Era impresionante.

Como esos expositores estaban cerrados, si querías poder tocar o ver con más detalle uno de esos productos, el dependiente cogía unas llaves que solían estar en una cajonera cerca del encargado de la tienda, te pedía que le acompañases, y cuando llegabais al escaparate te decía algo como: “¿Quieres ver el G-Shock que está inclinado junto a ese modelo amarillo verdad?” ― Tú le respondías, no ese no. El que está al lado que es de acero y pone Lithium.

Con la llave abría el cristal del mueble y cuidadosamente extraía el producto de su ubicación. Tú lo mirabas lo tocabas, lo sentías y él siempre te acababa preguntando lo que te parecía y si te lo quedabas. Las ventas casi nunca se cerraban de esa manera. Una vez decidido el modelo, los clientes recorrerían tres o cuatro tiendas más, que estaban unas al lado de otras en busca de la mejor oferta. Educadamente la respuesta era: “Voy a mirar más modelos un poco más por la zona”, y el dependiente estaba a la altura con frases como “Por supuesto, cualquier cosa aquí estaremos”. Si tenías suerte, esa frase incluía un descuento que te hacía sentir triunfante: “Te podemos arreglar el precio”.

Me molestaba cuando lo que decía era ― Bueno, si lo encuentras en otro sitio, pásate por aquí y veremos lo que podemos hacer. ― Ese era el eufemismo que en realidad significaba si lo encuentras más barato no lo compres, vuelve a nuestra tienda y te lo dejamos al mismo o mejor precio que la competencia. Lo veo ahora y, con el sentido práctico actual pienso que podían hacer esa contraoferta directamente, sin que tuviéramos que ir a otra tienda. Así ahorrábamos tiempo, y él se aseguraba una venta rápida.

El caso es que no nos extrañaba. La escena acababa dándonos las gracias mutuamente, mientras el empleado parsimoniosamente colocaba el reloj con cuidado en su lugar y cerraba con llave el escaparate. Esperaban que, ya que no lo habías comprado, quedase en su lugar para que el siguiente que viniera se quedase con él.

Bajo el cristal del mostrador se situaban los relojes más económicos y con mayor salida. No era el emplazamiento ideal, aquel vidrio había sufrido roces, especialmente el de las monedas cuando la gente pagaba, y ya no era perfectamente transparente.

Sea como fuere, era como un espacio con mucha rotación. Al llegar tu turno con el dependiente te iba mostrando productos, y a su vez tu ibas señalando en el mostrador. Me gusta como ese, pero que tenga alarma ― Escuché que decía un niño de unos ocho años acompañado de sus padres.

Una vez el cliente se decidía, el empleado cogía el producto del mostrador, lo empaquetaba en la caja original que guardaban en cajoneras bajo ese mismo mostrador, y exponía una nueva unidad idéntica del mismo. O sea que, en estos locales, generalmente comprabas el producto que había estado expuesto. Era algo que me molestaba, y que cuando era mi caso, exigía que estuviera en una caja sin abrir. Si no era posible, reclamaba un pequeño descuento en la compra que tampoco me veía mal. Les decía “es que no está nuevo de haber estado allí”.

Cuando la afluencia de público era grande, solía ocurrir que metieran el reloj que habías comprado en una caja que no era exactamente la del modelo adquirido, o que le faltase el manual de instrucciones o alguna otra documentación. Era consciente de ello, así que además de verificar toda la dotación del reloj una vez comprado, evitaba siempre las horas con más gente.

Me sorprendía también la garantía. Nunca te la sellaban en el momento de la compra no sé por qué. Te decían que lo probaras unos días y si todo iba bien, entonces volvieras con la factura y te pondrían la fecha de compra. Hace mucho tiempo que ya no es así, pero si os fijáis en relojes de aquellos años, entenderéis porque la mayoría tienen la garantía sin fechar y sin sellar.

Como el mostrador estaba abierto por la parte de atrás, la opuesta al público, la superficie acristalada nos hacía creer que podríamos meter la mano por detrás y quedarnos el reloj que quisiéramos. No era tan fácil, la repisa era ancha, y estaba calculada para que el brazo no nos llegase a alcanzar el producto sin haberlo pagado. Además, los dependientes estaban ojo avizor de los emplazamientos más accesibles. En caso de hurto, y en el probable caso que el encargado se percatara, cosa que casi siempre ocurría porque si los empleados estaban atentos, el encargado mucho más, descontaban el importe del producto sustraído de las comisiones obtenidas por el vendedor. Todos se cuidaban mucho de que estas cosas no ocurrieran.

En las partes centrales de la tienda había módulos rotativos. Relojes colocados en pequeñas estanterías y que el público podía ir girando para visualizar frontalmente todas las piezas expuestas. Era un equipamiento cómodo, en poco espacio podía mostrar muchos relojes, y además era lo que hoy llamamos interactivo, o sea que necesitaba la implicación del potencial cliente para manipularlo, y hacerlo girar. Daba pistas acerca de sus gustos a los vendedores, que también ante esto estaban al acecho, y rápidamente acudían a ti al percibir cierto interés.

Los muebles giratorios albergaban lo que serían las gamas medias. Si los caros y promocionados estaban en el escaparate exterior, y los generalmente baratos y que más se vendían bajo el mostrador, esos muebles contenían el resto, la parte que más me gustaba a mí.

A veces eran relojes baratos pero que por el motivo que fuera no se vendían demasiado. En otras ocasiones eran caros, pero que no resultaban atractivos para el público.

Esos muebles se situaban en esquinas, o al lado de las columnas con el fin de aprovechar la superficie de la tienda lo mejor posible. “Bazar del Mar” tenía seis o siete de esos muebles, que como podéis imaginar yo estaba examinando con detenimiento y gran deleite en aquellos instantes.

Lentamente iba mirando los relojes, fijándome en su pantalla, revisando sus etiquetas, e inclinando mi cabeza para encontrar el precio. Giraba un poco la rueda, las estanterías rotaban y repetía la misma operación con los siguientes. Mi análisis era exhaustivo, llegando en ocasiones a retroceder la ruedecita para comprar un reloj de los que estaba mirando con uno que hubiera visto hacía poco.

En esas estaba cuando rodeado de varios modelos, me encontré a mi soñado LIN-155. El reloj que os decía al principio. El reloj para mi más deseado.

Capítulo 3
Continué mirando todos los relojes de la tienda, pero no me transmitían ninguna emoción. Me había quedado bloqueado, y sólo podía pensar en el Lineage 155. Por más que lo intentase, todo acababan siendo comparaciones con él. Este es de resina y el Lineage de titanio. Este es muy bonito pero el cristal no es mineral como en el Lineage. Lástima que en este otro la pila sólo dure cinco años cuando en el Lineage la carga solar evita que tengamos que cambiar la pila; y así sucesivamente.

Ya era una persona bastante sistemática y metódica, así que, pese a todo, terminé de ver todos los relojes de la tienda.

Antes de salir del “Bazar del Mar”, mi cerebro ya había planeado sin que casi yo me diera cuenta de ello la operación “LIN-155”. Para que nos entendamos, robarlo.

Debo decir que me considero una buena persona, y que, en la medida de lo posible, me esfuerzo serlo. Mientras escribo estas líneas, me sorprende que yo llegara a plantearme la operación, en concebir toda esa trama. Pero puedo entender la situación con el punto de vista de un chico de quince años que ama la relojería, y que desea un reloj que es imposible de conseguir para él.

Permitidme que insista algo más en ello, porque no quiero que penséis que el Davis que muchos admiráis es un ladrón. No tenía más opciones si quería ese reloj. A corto plazo no iba a poder ahorrar el dinero que marcaba su etiqueta. Si me esforzaba, y reducía mucho mis gastos, quizás pudiera comprarlo al cabo de unos meses.

Sería tarde, os decía que era un reloj que oficialmente no se vendía en nuestro país, y ese escaparate giratorio, de esa tienda en particular, era la única unidad del LIN-155 que yo conocía. Esperar unos meses implicaba obligatoriamente que el reloj ya estuviera en manos de otro dueño. Llegado el momento de disponer del dinero, se habría esfumado la oportunidad de comprarlo. En cambio, ahora que podía comprarlo, me faltaba el dinero.

Podéis comprender que mi plan era la única opción viable. Como si me viera forzado a ello.

En pocos segundos, tenía claro que lo haría pasase lo que pasase. Se inició mi plan. Así que me di la vuelta desandando el camino, y volví a introducirme en la tienda.

Esperé de nuevo mi turno mientras sin demasiado interés miraba los relojes que ya había estudiado detenidamente unos minutos antes. Intencionadamente evitaba mirar al Lineage, no quería que nadie sospechara de un interés desmesurado.

No tenía prisa, pero mi plan necesitaba que estuviera el menor tiempo posible en la tienda. Se habían formado dos colas frente al mostrador para sendos dependientes. En la primera fila tenía inmediatamente delante a una señora mayor. Mi experiencia me decía que vendría a comprar algo para su nieto. Del estilo a “quiero un reloj para mi nieto, ese que sale en la película de monstruos”. El empleado tendría que mostrarle relojes y más relojes hasta que finalmente llegase a la conclusión que se refería a la película de ciencia ficción Alien, eso suponiendo que lo hiciera. Luego, quedaría por ver si lo asociaba con el Casio F-100.

La espera sería larga, y opté por la segunda cola. Me precedía una mujer de unos cuarenta años. Venía a recoger un reloj Lotus que le había reparado. No me equivoqué, y fue mi turno.

Sin mediar palabra el dependiente me ofreció una sonrisa. Yo continué interpretando mi papel. Le dije:

― Me gusta ese reloj.
― ¿Sí? ¿Cuál?
― Ese de allí. ―Le dije mientras señalaba hacia el mueble rotatorio del Lineage.

Abrió la cubierta plegable del mostrador que hacía los efectos de puerta de acceso, mientras escuchaba perfectamente como la señora de mi izquierda decía “ripli”. Se refería a la teniente Ripley de Alien, acerté de pleno.

El vendedor me solicitó que le acompañase y yo le seguí. Desde el exterior del metacrilato mi dedo intentaba apuntar al Lineage, y para aclararlo le solté ― ¡Ese que es solar!

Era un hombre joven, unos treinta años, delgado y de cabello pelirrojo.

El dependiente asintió, y apretando sobre un par de pasadores en los laterales de la cubierta transparente la deslizó superiormente, y extrajo el reloj que le pedí.

Me lo tendió en la mano y por primera vez en mi vida sentí el titanio. Era metal, pero no estaba ni frío ni caliente como ocurre con el acero. Un reloj sólido y de calidad, pero que gracias al titanio a su vez era ligero.

Operé brevemente sus botones, no era demasiado diferente a mi F-86W con la salvedad que no emitían pitidos al ser pulsados. Rápidamente me hice con su funcionamiento. Finalmente, llegó el momento mágico. Me lo puse en la muñeca. El brazalete de titanio me quedaba enorme, pero era un reloj estupendo. Sentía como formaba parte de mi cuerpo, como se acoplaba a mí y me complementaba. Ahí descubrí que ya no había vuelta atrás.

Mientras me miraba a mí mismo con él puesto, como se veía, como me verían los demás. Para alargar ese momento y hacerlo durar, le pregunté al vendedor cuanto costaba. Ya sabía el precio de antes, pero cualquier cosa que pudiera hacer para no quitármelo valía la pena. Me dijo el importe. Respondió tan rápido que no gané ni siquiera un segundo de esa sensación de placer.

Entonces decidí averiguar más sobre el reloj. Conocía sus funciones, y lo que me interesaba era saber por qué lo tenían en esa tienda. En seguida me di cuenta que el vendedor no estaba demasiado familiarizado con él. Decían más sus etiquetas que lo poco que el hombre fue capaz de decirme. No valía la pena seguir preguntándole, y no se me ocurrió como seguir ganando tiempo para disfrutarlo. Me preguntaba qué pasaría si no me lo quitase, si no se lo devolviese. Pero tenían un plan, un plan mucho mejor.

A mi pesar se lo retorné, y él volvió a pulsar las presillas, levantando nuevamente la cubierta, y colocando con cuidado el reloj en su interior casi exactamente en la misma posición que estaba.

Con cierta sensación de vacío y desasosiego le agradecí su tiempo y salí por segunda vez de la tienda. Caminaba a paso ligero hacia casa, y de repente me di cuenta que estaba sonriendo. Había aprendido algo muy interesante. ¡Sabía cómo se abría el expositor giratorio!

Capítulo 4
Lo prudente hubiera sido esperar unas semanas antes de perpetrar el robo, y así que en la tienda ya se hubieran olvidado de mí.

Lamentablemente no me podía permitir esa espera. Sólo una tienda en mi ciudad con el Lineage. Sólo una unidad disponible en esa tienda.

No podía permitirme perderlo, y tampoco parecía tan grave, mi anterior visita había sido un sábado por la tarde, precisamente el momento con más afluencia de público, y por tanto con mayor personal trabajando.

Bastaba con asegurarme que el vendedor que me hubo atendido estuviera en la tienda en mi siguiente y definitiva visita. No quería que me recordase, no quería que pudiera sospechar de mí. Como al día siguiente era domingo, y las tiendas estaban cerradas, la siguiente fase de la operación debía esperar hasta el lunes por la tarde, justo cuando terminara con las clases.

Los empleados tenían dos días libres a la semana. El domingo era obligatorio porque la tienda cerrada, y el restante suponía que lo elegiría la tienda a su conveniencia. Sería un día rotativo, o el día de la semana más tranquilo. Ciertamente el lunes por la tarde sería más tranquilo que el sábado, quizás el pelirrojo que me atendió tuviera fiesta. O tal vez hicieran turnos, y ese vendedor trabajase también el lunes. No podía saberlo, y puesto que mi visita del lunes iba a ser también en la franja horaria de la tarde, al igual que el sábado, era posible que volviera a estar allí.

El domingo me sirvió para matizar el plan, esquematizarlo, aclararlo e incluso para descartar ideas absurdas. Pensé hasta en disfrazarme, una gorra me haría menos reconocible. Era un error, una gorra, sólo haría que la gente se fijase más aún en mí. Igual que si me pusiera unas gafas de sol. Se trataba justo de lo contrario. De pasar desapercibido.

Tras vueltas y más vueltas, descubrí por mí mismo la disciplina denominada evaluación de riesgos. Por un lado, no frecuentaba regularmente ese comercio. Mi fisonomía, no tiene nada de particular. No soy ni feo ni guapo, ni grande ni pequeño. Todo parecía bastante seguro. A ratos, hasta me parecía incluso sencillo.

Pero… Al fin y al cabo, aquello era robar. Era ilegal, nunca antes lo había hecho, y siendo sinceros, jamás se me había pasado por la cabeza. Me entró el miedo, y estuve a punto de cancelar toda la operación. No pude, no era capaz de estar sin “mi LIN-155”. Me centré en el plan. Lo desarrollé con tanto detalle como pude, hasta no albergar ninguna duda. Aquella noche me costó dormir.

A la mañana siguiente era lunes, tenía clase. Por más que intenté concentrarme y prestar atención a los maestros me fue imposible. La operación me tenía completamente trastocado, y eso que el lunes tocaba dar Framework, mi suite ofimática favorita.

Por fin acabó mi jornada, eran las cinco de la tarde, y me puse rumbo al “Bazar el mar”.

Capítulo 5
Tras andar los cerca de treinta minutos que separaban el centro de estudios de la tienda me encontraba sereno y bastante tranquilo. Con la seguridad que le da a uno saber exactamente lo que había que hacer. Tenía previsto con precisión cómo se iban a desarrollar los acontecimientos, e incluso las respuestas que iban a darme los dependientes.

Todo en mi cabeza fluía como un programa de televisión, organizado sobre la base de un guion que yo mismo había escrito. Me imaginaba como uno de los protagonistas, mientras a cámara lenta se desarrollaba el hurto. Irónicamente minutos antes de que efectivamente fuera a hacerlo en la realidad.

Llegué a la tienda, y discretamente me quedé en el exterior simulando ver los escaparates. Lo que de verdad hacía era mirar a través de ellos. Como había imaginado la tienda estaba mucho más vacía que el sábado. Eso beneficiaba iba en beneficio de mi plan. Pero, ¡horror! Ahí estaba tras el mostrador el mismo dependiente que me atendió el sábado.

Fue fácil verle con su color de pelo. Vestía la misma camisa de color azul claro del otro día, y si no era la misma, era muy parecida. Estaba atendiendo a una pareja joven. Por lo que veía el chico iba a regalarle un reloj a la chica. Un modelo de Swatch de esos de colorines. Le pegaba muy bien su pareja, una chica que se notaba que iba a la moda. Por la intensidad con que actuaban se notaba que la relación era aún reciente, rebosante de ilusión y sueños conjuntos.

Decidí cambiar mi punto de vista y moverme hacia otro escaparate. Veía los ojos de la chica iluminados de ilusión al probarse el colorido reloj.

Desde fuera el vendedor me daba la impresión de tener interés y de implicarse en su tarea. Quizás la carencia de conocimientos que me demostró en relojería era porque antes estuviera en otro departamento. Quizás en otra empresa que se dedicaba a algo completamente distinto. No tenía dudas que llegaría a ser un gran profesional, llegando a encargado si las circunstancias lo permitían.

Que fuera un buen profesional no me beneficiaba, así que era una suerte que precisamente mi idea pasase por evitar que él estuviera presente en la tienda cuando ocurrieran los hechos. El motivo era inicialmente que no me recordase, pero visto ahora, su perspicacia podría traerme algún inconveniente.

Decidí marcharme a casa. Volvería al día siguiente, martes por la mañana, confiando en que el vendedor no se encontrara trabajando. En caso contrario volvería el miércoles y el jueves por la tarde. Era cuestión de tiempo que lo consiguiese.

En el cuatrimestre que cursaba, tenía los martes por la mañana libres, supuestamente dedicados a hacer prácticas que eran opcionales. Si no asistía no pasaría nada, y llegado el caso, era una buena tapadera. ¿Quién sospecharía de un estudiante?

Aún así no iba a faltar a mis clases. Sólo llegaría algo más tarde, y claro, con un nuevo reloj.

Aquella noche dormí bien, definitivamente uno se acostumbra rápido a este tipo de tensión. En cierta forma me estaba convirtiéndome en un profesional del crimen. Por la mañana, desayuné tranquilamente sintiéndome más emocionado que nervioso mientras reponía mis fuerzas. Quería llegar a la tienda justo cuando abrieran a las nueve y media y que todo estuviera más tranquilo.

Encaminé mis pasos nuevamente hasta el “Bazar del Mar”, mi cerebro se sabía ya de memoria el plan, pero repasarlo una enésima vez me aportaba mayor seguridad, más autoconfianza.

Al llegar a la manzana se ubicaba la tienda sentí nervios por primera vez después de aquel sábado. Un nudo en el estómago que me recordaba que iba a hacer algo importante. Algo que no estaba bien.

No podía permitirme dudas, así que entré con las ideas claras y paso decidido. Mientras me acercaba en dirección al mostrador discretamente estudiaba el panorama. Me asustaba comprobar que estuviera “mi vendedor” trabajando.

No lo estaba, y sólo había un dependiente tras el mostrador. No había nadie esperando su turno. Así que antes de que pudiera decir nada, escuché:

― Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?

El plan en mi cabeza no era así. Yo controlaba completamente la situación y dirigía los acontecimientos, pero el ofrecimiento del dependiente me pilló por sorpresa. Era un señor de unos cincuenta años. Tirando a alto y con un poco de barriga. El típico vendedor.

― Sí, quería cambiarle la correa a este reloj ― Le dije.

Las correas de resina las solía comprar en un bazar regentado por indios. Las tenían muy baratas y me las cambiaba yo mismo. En esta tienda, los repuestos eran originales de la marca, y me la iban a cambiar ellos. Iba a costarme cinco o diez veces más. En resumen, iba a agotar el poco capital que me tenía disponible para pasar lo que quedaba de mes.

No me importaba, porque había un bien mayor. El LIN-155. Me quité el reloj y se lo di al empleado, que mirándome cordialmente y con cercanía me dijo:

― Ahh sí. Es un F-86, su correa es la genérica de la serie F y no tendremos ningún problema. ¿Querías algo más?
― No, nada más. Sólo la correa, por favor.

Se dirigió a un lateral del mostrador y consultando un catálogo de hojas encuadernadas, me dijo el precio a los pocos segundos. Como esperaba era casi tanto como lo que había pagado por el reloj entero.

― ¿Le parece bien? ― Me inquirió el vendedor.
― Bueno, es más de lo que pensaba gastar, pero no hay otra opción. ― Decidí hacerme un poco el tonto y no admitir que existían correas no oficiales mucho más baratas.
― En ese caso en un par de horas ya puede pasar a recogerlo. ¿Sobre las 12? ― Pero no me dio opción a que respondiese, el hombre estaba ya escribiendo en una tarjetita lo que debía ser el resguardo de recogida.

― Perdone, es que a esa hora tengo que estar en clase ― Le expliqué, no era mentira por supuesto, aunque mis intenciones eran otras.
― Veamos. Deme un minuto.

Se dirigió a la trastienda donde estaban los relojeros. Abrió la puerta y se introdujo en la pequeña estancia. Por lo que conocía de otros sitios, estaba el relojero y uno o varios aprendices que eran los que hacían los trabajos más sencillos. Probablemente el cambio de mi correa lo haría uno esos aprendices. Al ser una tienda grande, seguro que tendría más de uno

El empleado volvió con mi reloj en la mano en dirección hacia el mostrador donde me yo me encontraba. Me dijo que no había problema. Podían cambiármela en el acto, y así no tendría que faltar a clase. Era el momento crítico.

Mientras tanto yo disimuladamente me había acercado al mueble giratorio, estaba como a tres metros de él, y miraba los carteles que anunciaban relojes en la pared. Simulaba mirarlos distraídamente, como quien quiere que el tiempo pase rápido y volver a tener su reloj. En mi caso el F-86W con la nueva correa.

― ¡Genial! ― Respondí al vendedor siendo consciente de que en realidad buscaba el Lineage.

Justo cuando el hombre de la incipiente barriga se iba en dirección al taller de la trastienda me acerqué a la parte trasera del mueble giratorio. Revisé por última vez que estuviera a salvo. Efectivamente el dependiente continuaba de espaldas, a como cuatro metros aún de la puerta de entrada.

Tanteé las presillas de apertura, eran más duras de lo que había imaginado cuando vi al primer vendedor manipularlas. Pulsé con más fuerza y las desbloqueé. Como había comprobado en mi anterior visita no hicieron ningún ruido.

Con la vista fija en las presillas esperé a escuchar la apertura de la puerta del taller. Eran segundos o incluso décimas de segundo que para mí pasaban como si fueran horas. Entonces levanté la cubierta con toda la suavidad que me fue posible. La hice ascender hasta la altura del Casio Lineage. Volví a echar un vistazo al vendedor, estaba ya dentro del taller.

Aguanté la tapa con mi diestra, se notaba pesada al sostenerla sólo con una mano. Introduje mi otra mano en su interior, y me hice con el reloj. Ya en mi poder, lo deposité cuidadosamente en el bolsillo interior de mi cazadora vaquera.

Sentía hormigueo en el brazo derecho a consecuencia del esfuerzo. Continué con mi plan de repartir los relojes de esa balda para que no se notara el hueco que ahora quedaba vacío.

En mi mente iba a ser una tarea de puro escaparatismo, realizada con precisión y rigor. En la práctica no pudo ser así, fue algo para salir del paso, porque mi brazo derecho no resistía más y sentía que se me agotaba el tiempo.

Me pareció que el resultado era más o menos satisfactorio, y mi brazo izquierdo pasó a ayudar al derecho sosteniendo la cubierta. La hice descender en línea recta, y al bajar las presillas se anclaron sin problemas.

Con lentitud me dirigí de nuevo al mostrador para esperar al dependiente. Los brazos me hormigueaban. Intenté mantener una actitud de disimulo desinteresado, mirando escaparates y carteles sin prestarles demasiada atención.

Por suerte el mueble giratorio, al que ahora le faltaba una pieza, quedaba a mi espalda. De otro modo me habría sido imposible evitar desviar la mirada hacia él, y probablemente comprometer mi acción.

Tuve tiempo de sobra de llegar hasta el mostrador, y quedarme mirando los relojes bajo el deslustrado cristal. Justo en ese momento apareció el vendedor. Estaba tan nervioso que ni siquiera fui consciente de sus pasos.

― El relojero ya está en ello. Mire lo que quiera de la tienda mientras termina. Sólo serán unos minutos. ― Me dijo el dependiente.
― No es necesario. Esperaré aquí mismo. Al fin y al cabo, tampoco podría comprarme el reloj que quiero. ― Cuando pronuncié la última frase me arrepentí de hacerlo, iba a levantar sospechas. Era innecesario, y lo podría haber eliminado de mi frase, pero me salió así.

Me equivocaba y a juzgar por su expresión le pareció totalmente normal. No hubo sospechas, fue esa paranoia que nos invade cuando hacemos algo a sabiendas que no está bien. Ese remordimiento.

La espalda comenzaba a sudarme, mientras mi mente se esforzaba por aparentar tranquilidad.

― Está bien. ― Me dijo el hombre.

Llamaron al dependiente desde la trastienda, y acto seguido volvía a aparecer ante mí con el F-86W y su nueva correa. No pude evitar pensar en él como en mi anterior reloj, porque el nuevo iba a ser el LIN-155. Sabía lo que se tardaba en cambiar la correa, lo había hecho unas cuantas veces yo mismo, así que no me sorprendió que fuera algo tan rápido.

Si al principio pretendía hacerme esperar un par de horas para cambiarla, era seguramente porque el relojero o los aprendices estarían realizando otras reparaciones. Sencillamente preferían no interrumpirlas y no darle prioridad a la mía.

Me entregó el reloj que yo miré concienzudamente. La verdad que la calidad de las correas originales se notaba comparada con la genérica que había llevado. Eso no justificaba la diferencia de precio, pero era un hecho.

Coloqué el reloj en mi muñeca, y al doblar el brazo noté el “peso extra” en el bolsillo de mi cazadora. Abroché la correa con naturalidad, y pagué la cantidad convenida al dependiente que ajeno a todo lo ocurrido me devolvió el cambio y me dio las gracias.

Me disponía a abandonar la tienda, cuando escuché su voz diciéndome:

― ¿Perdone?

Me detuve esperando lo peor, habiendo sido descubierto, y me di la vuelta en dirección al hombre. ¿Qué habría fallado? No sé lo que reflejaba mi cara en ese momento.

― ¡Se olvida la vieja correa! ― Me dijo el hombre acto seguido.

Tenía razón. Siempre que se cambia una pieza, los buenos profesionales tienen el deber de entregarte la parte sustituida, independientemente de que esté rota y ya no sirva. Más aún en mi caso, que, pese a no estar en perfectas condiciones, aún le quedaba tiempo de uso.

Colocó la vieja correa en una bolsita transparente de plástico, me la entregó amablemente. Tras despedirme de nuevo abandoné definitivamente la tienda. Digo definitivamente, porque mis planes pasaban por no volver allí al menos durante el siguiente año. No quería correr ningún riesgo.

Volvía por fin hacia casa, palpaba el reloj de mi bolsillo, la impaciencia y las ansias me estaban conquistando. Estaba deseando ponérmelo, no podía esperar. Me controlé, era consciente del riesgo que corría y no quería arruinar una operación que había salido tan bien.

Justo franquear el portal de casa me quité mi viejo reloj de resina y me puse el flamante Casio Lineage. No pude esperar a estar dentro de casa. Me sentía realizado, y sorprendentemente sin remordimientos. Era el momento de disfrutar todo lo que había logrado.

Me estiré en la cama. Había dicho que volvería a clase, pero no lo hice. Me quedé ensimismado viendo como transcurrían los segundos en mi nuevo reloj de titanio. La señal horaria marcó las 12. Algo después debí de quedarme dormido. Satisfecho.

Segunda parte
Capítulo 1
No me incomodaba ponerme el reloj a diario. La gente no le daba importancia a un reloj digital más. Para los profanos, no dejaba de ser el mismo Casio que llevaban la mayoría de chicos de mi edad.

Precisamente la falta de conocimientos relojeros por parte de la gente, y que tanto me había molestado, era ahora mi aliada.

Mi vida transcurrió con completa normalidad. Tiempo de estudiar y tiempo de relojes. Me dediqué a investigar las razones por las que una tienda como aquella contaba con un reloj tan exclusivo en nuestro mercado.

Las cadenas de distribución no eran lo que son ahora. Había menos control, y muchas veces en los pedidos se incluían modelos descatalogados que el viajante quería liquidar, y que ofrecía a buen precio. Modelos de muestra que no debían ser vendidos, pero que intencionadamente o no, a veces se vendían. Diferentes casuísticas de las que marca madre era ajena, y que al ser casos puntuales tampoco tenían una mayor repercusión.

Probablemente ese LIN-155 debió ser un error. Un reloj que llegó por equivocación junto a la remesa de relojes pedidos por la tienda, y que por pura casualidad terminó en el “Bazar del Mar”.

Estuve con aquel reloj durante unos cuantos años hasta que ocurrió otro pequeño percance. Motivo por el que ya no lo conservo, pero que será motivo de otra historia.

Decía que, aunque no puedo afirmar que me hiciera feliz por sí mismo, sí que es justo admitir que ese reloj incrementó mis niveles de alegría e hizo que mi pasión relojera, fuera mayor si cabe.

Claro que a veces, echaba de menos no tener la caja original ni su manual de instrucciones. No lo necesitaba y sabía mucho más de ese reloj de lo que el manual me pudiera explicar. Pero era su acompañamiento. Y algo que los aficionados a diferencia de la gente normal, conservábamos con el reloj en vez de tirarlo.

Tras muchos contactos entre conocidos, y revistas del sector conseguí fotocopias del manual de un AL-180, un reloj que al igual que el mío y el FB-90W equipaba exactamente el mismo módulo. El 668.

En realidad, los tres relojes compartían el mismo manual. Casio creaba sus manuales por módulo, no por reloj. Si habéis visto alguna vez un librito de esos, os habréis dado cuenta que nos explican por ejemplo los diferentes grados de resistencia al agua. En efecto se debe a que el mismo manual, para el mismo módulo, lo mismo podía entregarse con un reloj con 200 metros de resistencia al agua, que con uno que no lo fuera en absoluto.

Podríamos decir que los tres relojes eran casi idénticos, puesto que sólo cambiaba el material y el diseño de sus elementos externos.

Capítulo 2
Había pasado más de un mes desde la consecución del incidente, y tras el nerviosismo de los primeros días, como casi siempre ocurre, yo me había olvidado del asunto.

Un viernes por la tarde, lo recuerdo porque esos días siempre terminábamos antes las clases, mi madre me dijo que me llamaban. Era un tal Franz de no-se-qué-insurances.

Cogí el auricular. Lo de Insurances me sonaba a todas esas llamadas comerciales que recibíamos en aquella época. Ofrecían un seguro para tu bici, un plan de inversiones para cuando fuéramos a la universidad, etcétera.

Me dispuse a tomar la llamada y decirles que no me interesaba.

― ¿Paul Davis? ― Me dijo una voz ligeramente ronca desde el otro lado de la línea.
― Yo mismo. ¿Quién habla?
― Mi nombre es Franz. Franz Lengyel.
― Lo siento, pero no me suena usted de nada. ¿Qué es lo que desea?
― Muy cierto hijo. Tampoco me sonabas tú de nada hace unas semanas. Y ahora parece que te conozca de toda la vida. No has sido difícil de encontrar, por cierto.
― No le entiendo. ― Le dije un tanto confundido.
― Soy Franz Lengyel. ― Me repitió mi interlocutor. ― De “Franz LZ Insurances”.

Su tono de voz me indicaba que esa última frase debía haberme aclarado algo. Pero yo seguía igual que al principio. Al final uno recibe tantas llamadas de televenta que, seguro que se ha topado con situaciones igual o más extrañas que esa, y podríamos decir que te acostumbras a todo.

― Verás… ― Me dijo en un tono serio. ― Te estoy llamando acerca de un Casio Lineage.

Me quedé mudo, inmóvil, bloqueado. No sabía que decir.

Por suerte Franz me lo puso fácil:

― Creo que lo mejor será que nos veamos en nuestras oficinas. ¿Puedes acercarte hoy mismo?

Me dio la dirección completa e instrucciones de referencia sobre cómo encontrarles. Las oficinas estaban en el centro de la ciudad, no tenían pérdida. Aún era viernes por la tarde, iría a ver a ese tal Lengyel en aquel mismo instante.

Me calcé mis zapatillas deportivas, y me fui.

Capítulo 3
Las oficinas de “Franz LZ Insurances” estaban localizadas en un emblemático, y probablemente bastante caro edificio de la ciudad. Una de aquellas construcciones centenarias que habían encontrado un camino más lucrativo siendo vendidos o alquilados como oficinas que como viviendas.

Ocupaban solamente una cuarta parte de la tercera planta, unas oficinas sin duda pequeñas que no aparentaban ser la gran compañía que el nombre “Franz LZ Insurances” sugería.

Decidí subir por las escaleras como hacía habitualmente cuando no eran muchos pisos. Llegué a la tercera planta, y fui en dirección a la puerta identificada como 3º 3ª. Una elegante y aparentemente gruesa puerta cerrada de madera de roble con una lámina metálica en color aluminio mate que con letras negras decía: “Franz LZ Insurances”.

Llamé al timbre y escuché el sonido de la apertura eléctrica. Al empujar la puerta me recibía un mostrador con una agradable chica morena con gafas de color negro tras él.

― Soy Paul Davis. Había quedado con Franz Lengyel. ― Me identifiqué ante ella.
― Por supuesto. El señor Lengyel le está esperando en su despacho. Haga el favor de acompañarme si es tan amable.

Seguía a la chica morena, era una chica joven, pero ataviada con una ropa tan formal que la hacía parecer mayor de lo que era.

Lo recuerdo ahora, y me sorprende que no estuviera nervioso ni asustado.

Entré en un gran despacho. Al fondo tras un escritorio de gruesa madera y corte clásico se encontraba elegantemente sentado un hombre de entre cuarenta y cincuenta años. Lucía un aspecto saludable y bien cuidado.

― Te agradezco la rapidez en llegar Paul. ― Me dijo el hombre.

Me pidió que me acomodase en una silla frente a él, y su siguiente frase me dejó como un cuadro:

― Mira Paul. ― Dijo Franz. ― En “Franz LZ Insurances” nos dedicamos a proteger las joyas y relojes de nuestros clientes. Sin entrar en muchos detalles, somos como las aseguradoras que ya conoces, sólo que especializados en ese tipo de artículos. Quizás la principal diferencia sobre digamos, una aseguradora de coches, o mejor de motos, que le gustan más…

Me quedé anonadado. Al principio asustado por lo que aquel hombre podría saber de mí, y después por su capacidad de análisis. Obviamente era bueno en su trabajo, por eso me había encontrado, claro.

Franz continuó explicándome:

― Te decía que la diferencia de este sector con otros, es que nuestra compañía aplica verdaderos esfuerzos en recuperar el material robado. En aclarar las circunstancias del caso. Ten en cuenta que protegemos piezas como Vacheron Constantin o Patek Philippe. Relojes que como bien sabes tienen unos precios notablemente elevados.

Mientras que en otros productos las firmas se centran directamente en pagar el importe asegurado, funcionando más bien como compañías financieras en ese sentido, o en demostrar que ha habido fraude y así evitar el pago, nosotros somos distintos. Nos sale a cuenta invertir en recuperar el producto robado.

Franz continuó: ― Lo que más molestias me ha causado no es la desaparición del Casio Lineage que nos ocupa, es un reloj relativamente asequible que la compañía podría haber abonado a “Bazar del Mar” sin dificultad alguna. Lo que me importuna es que el “Bazar del Mar” es uno de nuestros primeros clientes. Al enterarse de la pérdida, su dueño nos llamó con urgencia. Le preocupaba que, durante el robo, hubieran desaparecido otros relojes, y que ellos, no se hubieran dado cuenta de ello hasta que hubieran pasado unos días. Lo mismo que ocurrió contigo.

Así que, ― me decía Franz. ― tuvimos que tomarnos bastantes molestias en peinar toda la tienda y analizar las pruebas. Comparar todos los relojes expuestos con el inventario. Te puedes imaginar lo que todo ello supone.

Por si eso no fuera poco, luego tuvimos que encontrarte.

Comprenderás que esto no puede quedar así, y que tus acciones deban tener consecuencias.

― No puedo pagarles. ― Dije exagerando. Cierto que no tenía dinero, pero ante una situación de emergencia, podría haber recurrido a mis padres. Sólo que, no quería que se enterasen de lo que había hecho…

― Por supuesto. Si hubieras tenido dinero, habrías comprado el reloj. Dime Paul, ¿Crees en el robo perfecto? ― Me preguntó Franz.

Capítulo 4
Le expliqué a Franz mi visión del asunto. No pensaba que existiese el robo perfecto como muchos afirmaban. Tampoco hacía falta. Bastaba con que fuera lo suficientemente bueno o perfecto como para pasar desapercibido ante el otro bando.

Pongamos por caso que perpetúo un robo. Cometo muchos errores, pero la policía no se da cuenta de ello, eso es suficiente como para lograrlo. A nivel práctico es un robo perfecto, aunque evidentemente a nivel teórico no lo es.

O digamos justo lo contrario. Lo hago todo bien, pero me toca alguien como Sherlock Holmes al otro lado, alguien que se da cuenta hasta del más mínimo detalle o discrepancia. Por bueno que hubiera sido el plan y su ejecución, me habrían descubierto.

Además, el robo perfecto ni existe ni jamás podrá existir. Somos humanos y no somos perfectos, cometemos errores.

― Entonces si tu robo no fue perfecto, ¿podrías decirme en qué falló? Porque el hecho de que te encuentres ahora mismo aquí, es la prueba misma de que cometiste alguno. ― Inquirió Franz.

Empecé a exponerle los dos errores que sabía pudieron despertar sospechas. El primero, era cuando afirmé que no disponía del dinero suficiente para adquirir los relojes que me gustaban de la tienda. Le indiqué a Franz que no pensaba que hubiera sido algo importante, y que así lo consideré tras atestiguar la reacción del empleado a mis palabras.

Luego desarrollé profusamente lo de marcharme del lugar sin haber exigido que me devolvieran la correa antigua, y que ese tal vez fuera el desencadenante de todo.

Franz se sorprendió por mis cualidades analíticas. Algo que para mí no tenía mérito porque de forma natural había sido consciente de ellas. Le expliqué desde el principio toda la historia. Lo que me motivó al robo y como concebí el plan. Su expresión no se vio alterada, adoptaba lo que solemos denominar como cara de Póker, y no tenía ni la más remota idea de lo que estaba pasando por su cabeza.

Estuvo explicándome que las consecuencias podían ser graves, y que, si bien a su empresa solamente le importaba el bienestar de sus clientes, que el incidente terminase en manos de la policía era algo que dependía casi exclusivamente del “Bazar del Mar”. Ellos no tenían ningún interés particular en ello, pero si el bazar así lo deseaba, se verían obligados a denunciarlo a las autoridades.

De repente me asusté, me entró mucho miedo. Deseaba que hubiera otra opción que no fuera acabar en manos policiales, y poder arruinar el resto de mi vida. Franz me dijo que gracias a que el afectado era uno de sus primeros clientes, tenía una relación especial con el propietario. Casi de amigos. Vistos mis conocimientos relojeros y lo que me gustaba ese mundo, estaba seguro que haría una gran labor compensando mi fechoría como empleado en el bazar. Por supuesto sin sueldo alguno, al menos hasta que liquidase mi deuda.

En ese punto la cifra de la deuda contraída, no era solamente el precio del reloj, algo que a esas alturas me parecía ya lo de menos, sino que debía además hacerme cargo de los gastos que a “Franz LZ Insurances” mi situación les había causado.

― ¡No quiero ser dependiente en un bazar! Rodeado de gente que igual le da vender un Casio que un Swatch… ― Fue mi respuesta a Franz.
― Lo sé, pero no tienes otra opción. ― Me dijo.

La cosa no pintaba nada bien. No me veía siendo vendedor de un bazar, pero si no cedía, y hacía enfadar a la empresa o al bazar, podría terminar en la cárcel que era algo mucho peor.

Por vez primera, sentí arrepentimiento al no haber hecho las cosas de manera distinta. ¿No hubiera podido pedir prestado el dinero, y comprar legalmente el reloj?

Capítulo 5
― Me ha preguntado por los fallos que creía haber cometido, pero no me ha explicado los fallos que usted detectó. ― Le inquirí.

― Verás, ibas bien encaminado, pero ha sido un conjunto de circunstancias. Tu plan comenzó bien, no se dieron cuenta de la ausencia del reloj hasta que la empresa que realiza la limpieza del local los domingos, mientras éste permanece cerrado al público se dio cuenta de la ausencia del reloj.

El personal de limpieza tiene órdenes de dejar todos los relojes exactamente como se encontraban. De tratarlos con cuidado. Además, en los modelos solares, que son solamente unos pocos como bien sabes, las instrucciones se extienden a que se aseguren que les va a dar la luz. La tienda no puede permitirse que un reloj así se apague por falta de carga, y transmita una mala imagen al público.

La mujer que siempre se encargaba de ese mueble se dio cuenta que faltaba ese “modelo gris” solar, e informó a la empresa. Éstos a su vez notificaron al bazar, y ellos a mí. Había transcurrido casi una semana, tiempo más que suficiente para que todos hubieran olvidado tu presencia allí.

En cuanto a tus conjeturas, efectivamente el vendedor recordaba que ibas a marcharte sin llevarte la correa antigua. Una correa que por otro lado estaba usada, pero en relativo buen estado todavía. Tú mismo me explicabas que te percataste que ese dependiente sabía de relojes. Identificó el tuyo fácilmente y supo qué modelo de correa llevaba, tal y como me acabas de relatar.

― Así es. Era un buen profesional. ― Puntualicé.

― Y no te parece raro, al menos para alguien que sabe de relojes, que entre en su tienda un cliente que lleva una correa genérica y que todavía está en buenas condiciones y, ¿qué solicite cambiarla?

Alguien que ha montado una correa genérica sabe lo que le costó, no va a ponerle después una original sabiendo que le va a costar casi tanto como un reloj nuevo.

― Franz continuaba explicándose: “Ambos sabemos que este tipo de recambios los montan sólo los entusiastas a los que no les importa gastarse esa cantidad de dinero o los ingenuos que desconocen la existencia de correas compatibles.

Obviamente no eres un entusiasta con dinero, o tendrías el LIN-155 por tus propios medios. Tampoco eres un inexperto, pues tu anterior correa ya era un modelo compatible.

Son de esos detalles sin mayor importancia cuando los evaluamos de manera aislada. Aspecto que incluso la persona que te atendió pasó por alto en su momento. Pero que son como una palanca. Cuando salta uno de ellos, saltan todos.”

La revisión de piezas que hicimos concluyó con que solamente el Lineage había desaparecido. Por de pronto, descartaba un robo mientras la tienda estuvo cerrada. Una operación así implicaba forzar puertas o escaparates, y siempre terminaba con multitud de productos robados. No había indicio alguno de fuerza en las cosas. En pocas palabras, si alguien hubiera pretendido robar de noche, no sólo se habría llevado el Lineage.

Estaba claro que el robo había ocurrido a pleno día, y mientras la tienda se encontraba abierta al público. Franz me contaba que, al entrevistarse con los empleados, siguió el procedimiento estándar. La experiencia demuestra que estos robos, casi siempre provienen de dentro. Un empleado descontento, un trabajador con urgencia de dinero, ….

Pero la plantilla de la tienda era muy estable. De hecho, el último empleado en incorporarse lo hizo hacía poco más de un año. La idea de un robo desde dentro se difuminaba.

Me dijo que para él estaba claro. No tenía sentido obtener dinero robando un reloj de ese precio. En la tienda había relojes que costaban veinte veces más, y los empleados lo sabían. ¡No había más que mirar las etiquetas con los precios!

Durante los interrogatorios se entrevistó varias veces con los empleados, desgranando posibles sospechosos. Según recordaba la lista inicial eran nueve o diez personas. La mayoría hombres, y aunque yo estaba en ella, no me consideraban uno de los principales.

La chispa saltó cuando les preguntó a los empleados quiénes se habían interesado por el LIN-155 robado. Para que no hubiera dudas, fue al mueble rotativo, y mostró donde había estado. Repitió las palabras “digital, titanio, batteryless, solar”.

Al pronunciar la última palabra, “solar”, el vendedor pelirrojo se acordó de mí. Precisamente ese que tenía menos conocimientos, y al que le llamó la atención que un reloj fuera solar.

Un dibujante colaborador de la firma trazó mi retrato robot, un retrato que en efecto podría parecerse a la vasta mayoría de la gente que tenía rasgos poco distintivos. Ya os explicaba que físicamente soy bastante normal. No iba a ser tarea fácil identificarme.

Pero cuando al pelirrojo se le pidieron más detalles acerca de mi fisionomía, cualquier detalle que recordase por pequeño que fuera, y que ayudara a definir el retrato, solo pudo decir “un chico normal de quince o dieciséis años”.

Lo de los 15 o 16 años fue lo que hizo saltar la liebre. ¿Acaso creéis que había muchos chicos de esa edad que acudieran solos a un bazar de electrónica?

― Ya sabía quién fue el artífice del robo. Sabía quién eras, y ahora sólo me faltaba encontrarte. ― Me decía Franz.

Encontrarme fue la parte más complicada. En aquella época no era habitual que las tiendas tuvieran cámaras de videovigilancia. Si las había, las tenían las joyerías, los bancos…

Resultó ser que dos portales más allá del “Bazar del Mar”, había una sucursal bancaria. Y ya os podéis imaginar lo que tenía instalado… ¡Efectivamente, cámaras de videovigilancia!

Los contactos de “Franz LZ Insurances” instaron a la entidad bancaria, y que por esas casualidades era cliente ocasional de Franz a revisar las grabaciones. Teniendo más o menos clara la franja horaria a la que preguntaste al vendedor pelirrojo por el reloj solar, el resto fue fácil.

Me encontró en la grabación, ya sabía cómo era, pero aún no sabía quién era. Era incapaz de identificarme. Me relataba que ahí empezó la parte más complicada del caso. Os podéis imaginar lo difícil que puede resultar encontrar a un chico normal en una ciudad de tamaño mediano. Por mucho que sepas el aspecto físico que tiene.

Además, el bazar no estaba precisamente al lado de mi casa, no formaba parte del entorno por el que me movía, y yo cumplí mi propósito de no volver allí durante una temporada. Así pasaron algunos días en mi búsqueda, sin éxito para ellos.

Capítulo 6
Casualmente un día, ― me decía Franz ― estaba en mi despacho leyendo la revista Guardatiempo. Por nuestro trabajo es algo que nos vemos obligados a hacer regularmente, estamos obligados a estar al día de lo que se cuece en el sector y, además, no eres el único al que le gusta la relojería.

Resultó ser que encontró una carta de las muchas cartas que había mandado a la revista. En aquella ocasión, la relacionada con el manual de instrucciones del Casio LIN-155, y que además de ir firmada por Paul Davis, o sea yo, llevaba una pequeña fotografía mía. Era uno de los privilegios que teníamos los más fieles lectores.

Y es que yo, llevaba años comprando esa revista, y muchos más leyéndola. Lo hacía cada vez que podía antes incluso de ser suscriptor. Participaba y escribía regularmente, ya fuera en la sección de cartas de los lectores como fue el caso, como en las cartas al director, y hasta alguna pequeña colaboración. No era algo que hiciera exclusivamente en Guardatiempo, lo hacía más o menos con todas las publicaciones que leía, pero si es cierto que aquella revista era mi favorita y, por tanto, mi presencia era mayor en ella.

Franz me identificó en seguida, y a partir de ahí fue fácil localizarme. Os podéis imaginar los pocos reparos que ponía una publicación especializada en relojes cuando contactaba con ellos el propio Franz Lengyel en persona, o sea el dueño de “Franz LZ Insurances”. Algún tiempo después, me enteré que las letras LZ no eran para ocultar la identidad del dueño, sino porque pensaba que los apellidos de Lengyel Zsoldos resultaban difíciles de recordar.

La editorial tenía mi dirección postal y mi teléfono. Lo más fácil era llamarme, y ahí sí que tuvieron suerte. Al primer intento, cogí la llamada.

Terminada nuestra extensa reunión, Franz me indicó que debía hablar con el “Bazar del Mar”, para ver que hacían conmigo. Que durante la siguiente semana recibiría noticias suyas. Me recordó que era inútil que intentase ocultarme, cosa que, a esas alturas, yo ya tenía completamente claro.

Capítulo 7
El jueves siguiente por la tarde me llamó Franz. Justo seis días después de mi entrevista con él. Esperaba su contacto de un momento a otro, y esta vez fui directamente yo en vez de mi madre el que descolgó el teléfono.

Quería verme de nuevo. No me dijo si eran buenas o malas noticias. Era su “voz de Póker”. Para no alargarlo quedamos al día siguiente por la tarde. Un viernes, que como ya os he explicado a mí me iba bien por horario.

Me explicó que a raíz de lo que le conté, se había puesto en contacto en primer lugar con “Bazar del Mar”, recomendándole sustituir los expositores rotativos con cristal con cubierta a presión por unos modelos con cerradura y llave. Una medida simple, pero que a nadie se le había ocurrido por aquel entonces.

El propietario del bazar se sintió tan satisfecho que le ofreció a Franz LZ zanjar el asunto sin más. El perjuicio económico era pequeño, el culpable estaba identificado, y esos nuevos expositores iban a ahorrar al bazar una cantidad muy superior a la que representaba la pérdida del Lineage.

Franz contactó también con Casio, a quien le resumió lo acontecido, y les instó a que produjeran expositores rotativos que llevaran su marca y fueran cerrados con llave. Sin muchos cambios, ese es el mismo mueble que podéis encontrar ahora en multitud de relojerías que venden relojes de Casio.

Así lo hicieron los japoneses, y decidieron cederlos gratuitamente a las tiendas. Mejoraba la notoriedad y la visibilidad de su marca, y a los pocos meses se constataron que también mejoraban las ventas. Decidieron ponerse en contacto con Franz para agradecerle el consejo. Desde entonces, Casio tiene contratados los servicios de “Franz LZ” en todas sus tiendas propias.

De forma que incluso actualmente, cuando entras a una tienda oficial Casio, toda la mercancía está protegida y asegurada por los servicios de la compañía “Franz LZ Insurances”.

Franz, podría haber ofrecido exactamente lo mismo a otras marcas: Citizen, Orient, Seiko, … Pero no lo hizo. Para él la integridad era algo fundamental. Pensaba que contar la misma historia que contó a Casio a otras marcas, hubiera sido poco menos que traición.

Sin embargo, visto el éxito de esos expositores con llave que tenía Casio, se fueron extendiendo a otras marcas. Sin que Franz hubiera dicho nada, todos sabían que habían sido una idea de la compañía que él regentada, la “Franz LZ Insurances”.

En los siguientes meses, la empresa pasó de ocupar el cuarto de planta en el piso tercero del edificio, a disponer de la planta tercera entera. Luego ocuparían la segunda también, hasta que al final las cinco plantas se convirtieran en la sede de “Franz LZ Insurances”.

Capítulo 8
Os estaréis preguntando qué ocurrió conmigo después de tanto crecimiento. Aunque en realidad mi cambio vino justo después de aquel viernes con Franz.

En cuanto el propietario de “Bazar del Mar” dio por cerrado el caso, éste ya había cumplido con su lema. Le importaba solamente la satisfacción del cliente. Ya no era necesario que fuera a la cárcel, ni siquiera que pagara el reloj ni los gastos de la investigación. Tampoco me vería obligado a trabajar como vendedor allí.

Me convertí en el segundo empleado de Franz. Yo lo desconocía, pero durante mis visitas, la “Franz LZ Insurances” estaba constituida solamente por la secretaria/recepcionista y el propio Franz.

Posteriormente se unirían más investigadores y expertos de otras disciplinas que trabajaban para Franz del mismo modo que lo hacía yo. Éramos autónomos, lo que nos permitía cierta flexibilidad y libertad para trabajar por nuestra cuenta, pero al mismo tiempo formábamos parte de esa pequeña familia. En el momento que escribo estas líneas, de esa gran familia.

“Franz LZ Insurances” es el principal grupo asegurador de especializado en relojes y joyas del territorio europeo, el segundo en América, y el segundo también a nivel global.

Yo conseguí lo que quería. Dedicarme a una profesión que me gusta, que me permite estar en contacto con los relojes, y que rápidamente me permitió adquirir mi primera motocicleta.

Ahora sigo desplazándome en mi scooter de 125cm3, desgraciadamente no pudo ser la Vespa que adquirí con mi primera paga, pero sigo siendo el mismo.

La reputación de la empresa me ha traído ciertos privilegios. No me refiero a un sueldo elevado ni nada parecido, porque no lo es. Siempre he dicho que los grandes empresarios lo son, por ser tacaños. Franz no es una excepción, lo era y mucho.

Pero digamos que, gracias a haber sido su mano derecha, mi experiencia me permite encargarme de los casos más complicados. Aquellos que escapan de las habilidades del resto de investigadores en la empresa. Y eso sí que es lo que verdaderamente me gusta.

Epílogo
Repasando toda la narración me doy cuenta que en ningún momento se me pidió que devolviera el reloj. Uno supondría que ese debería ser el primer paso, pero no fue así.

Desconozco las razones de ello, y alguna vez que ha salido el tema con Franz, tampoco las recuerda. Pese al tiempo transcurrido, no diría que somos amigos, pero sí que ambos nos tenemos un enorme respeto el uno al otro.

Si en algún momento acudís a alguna relojería, y sinceramente espero que vayáis más pronto que tarde, os daréis cuenta que los muebles giratorios van cerrados también con llave.

Supongo que esa es la huella que he dejado en el mundo, y que causará que Paul Davis y esta historia os venga a la memoria.

FIN

Notas
Este relato es mi comienzo en el mundo de Paul Davis. El personaje creado por Fénix Hebrón en 2011 y que combina varios aspectos que me entusiasman. La investigación, y la relojería.

Iba a ser un relato corto, un cuento, el estilo de narración con el que personalmente me siento más cómodo. Sin embargo, me ocurrió un poco como con “Diamantes Positrónicos”, me puse a escribir, y cuando me di cuenta, de un tirón, llevaba más de 3.000 palabras.

El Casio F-86W es el precursor de mi primer Casio que fue el F-87W y que aún conservo, tuve que ponerlo para que cuadrasen las fechas. El LIN-155 es mi fetiche uno de esos relojes que aún no he conseguido, y que no se si conseguiré algún día.

La historia es un homenaje a aquellos bazares que nos llenaban de ilusión antaño. Recuerdo con mucho cariño el “Bazar Sagaró” que, aun habiendo ido a menos, todavía sigue, y creo que es la reencarnación del “Bazar del Mar”.

Finalmente, Guardatiempo es un medio digital sobre relojería, un proyecto que me pareció bien comenzar, pero que por otras prioridades no he podido hacer evolucionar.

El resultado, han sido cerca de 12.000 palabras que han surgido de mi pluma una tras otras, y que espero que hayas disfrutado.

Agradezco a Bianamaran todos sus consejos y su revisión final, sin él, nada de esta novela hubiera sido posible.

Si lo quieres leer más cómodamente, o conservar para el futuro, lo puedes descargar en EPUB y PDF (500 Kb. en formato ZIP).