Si indago en mi memoria, hay unas pocas cosas que lamento haber perdido. No me refiero a objetos como cuando perdí la cartera, donde las molestias fueron de índole práctica, sino aquellos, que tenían cierto valor sentimental.

Un teléfono móvil Nokia 3330 de color azul con una bonita funda roja. Un encendedor Zippo de color ahumado. Y por último una agenda electrónica Casio DATA-CAL.

No recordaba el modelo exacto, así que como me pasó con el reloj Casio F-87W, tuve que ir indagando en catálogos de la época, hasta que descubrí que era un Casio DC-750.

Para que os pongáis en contexto, la tuve durante dos años, entre 1990 y 1992. Era una época donde la telefonía móvil no era accesible a la mayoría de gente, y mucho menos a los adolescentes. Así que íbamos cargados con nuestra pequeña agenda de papel, donde anotábamos lo números telefónicos que queríamos conservar. En nuestros ratos libres, en vez de mirar Facebook, aprovechábamos para aprendérnoslos de memoria. Casa, familiares, compañeros de clase, las chicas que nos gustaban, …

Si en aquellos días, aún triunfaban las calculadoras extraplanas tipo Film Card, como las SL-760, y lo máximo en inteligencia wearable eran los Casio Databank, imaginaros lo que significaba combinar las dos cosas. Una calculadora del tamaño de tarjeta de crédito, pero algo más gruesa (similar en dimensiones a la actual SL-787). Era super ligera, 18g incluyendo la pila, y con una práctica funda tipo sobre.

Tenía una capacidad de almacenamiento de hasta 50 entradas de agenda (8 caracteres alfanuméricos para el nombre, y hasta 36 dígitos para el teléfono). Es decir, si el teléfono ocupaba 12 o menos números, entonces nos cabrían 50 entradas, si ocupaba menos de 24 entonces serían 33, y si ocupaban más, entonces serían 25 entradas como máximo. Como en aquel tiempo, el prefijo telefónico no era obligatorio para llamadas provinciales, los números tenían 8 dígitos. 10 con el prefijo. Naturalmente era impensable necesitar el código de país, que en cualquier caso quedaría justo dentro de los 12 dígitos.

La memoria era permanente, es decir, aunque se quedase sin pilas, no su contenido no se perdía. Por cierto, que llevaba una pila de botón CR-2016, la misma que llevan por ejemplo los Casio F-91W, que por cierto, era bastante más cara y difícil de conseguir que las más comunes LR-44 y LR-43.

La primera pila no me duró demasiado, quizás es que estuvo en la tienda algunos meses, y con la segunda pila, estuvo hasta que desapareció del bolsillo interior de mi cazadora. ¿Pérdida? ¿Hurto? Nunca lo sabré.

Me gustaba que se pudiera proteger el acceso a la información con una contraseña (lo de PIN, sólo se usaba en los cajeros automáticos). Como calculadora de bolsillo, era bastante completa. Ofrecía las 4 operaciones básicas con un LCD de 8 dígitos, pero añadía, memoria (M+, M-, MR y MC), porcentaje y raíces cuadradas. La pena es que no fuera además solar. Para eso teníamos que haber esperado algunos años más, hasta la Casio DC-E700.

En fin, la sensación de llevar el poder electrónico en el bolsillo, algo que no volvería a experimentar hasta las PDA de Q-Tek, pero eso es otra historia.