Continuamos con Diamantes Positrónicos, si te perdiste la primera entrega, la tienes aquí.

Los cuatro sonrieron satisfechos, y respiraron tranquilos tras el éxito conseguido. El trabajo había sido impecable, y aunque el mérito fue para ellos, no podrían haberlo hecho sin ayuda del resto de colaboradores que habían intervenido durante todo el proceso, y que probablemente estuvieron siguiendo y disfrutando de la emisión. Era muy comprensible, pues como marcaba la norma de la firma, instaurada desde casi su fundación. “Un empleado no comete el mismo error dos veces. Es despedido la primera vez”.

Unas jornadas de trabajo más, permitieron al equipo aplicar los ajustes necesarios sobre Easy para la siguiente fase. Llevarlo a la mina de “Treasure Mountain”. No iría sólo, pues para este nuevo reto, serían dos los robots en vez de uno. Otro Easy como clon exacto del primero. Lawrence Robertson y Susan Calvin supervisarían personalmente el trabajo de los robots, mientras como ocurriera en la presentación frente a las cámaras, Alfred Lanning, daría de viva voz las órdenes.

Para el público, que de nuevo estaría pendiente de sus pantallas tras esa nueva exhibición, les impresionaba poder controlar máquinas desde tal distancia. Imaginaban las dificultades de tener que manejar el retraso de las ondas, que tendrían que viajar desde Nueva York hasta la mina en Minnesota.

No obstante, eso no era lo verdaderamente preocupante. Viajando a la velocidad de la luz, las señales tardarían menos de 0,01 segundos entre ir y volver. La dificultad, consistía en hacer que las ondas pudieran viajar a tal distancia, y aún más, en su destino, adentrarse en la profundidad de la mina a más de 900 pies en el subsuelo.

Afortunadamente estaba previsto. Las antenas y emisores habían sido convenientemente reforzadas, y las señales eran emitidas mediante un amplificador de 100 kW, lo cual garantizaría que se adentrasen en lo más profundo del terreno, hasta llegar a su objetivo. En cualquier caso, los responsables habían tenido en cuenta un descenso progresivo. Si en cualquier momento, las órdenes no llegaban, o no volvían satisfactoriamente, detendrían la prueba de inmediato y de manera automática.

Como medida de seguridad, un conmutador especial, a modo de “hombre muerto” esperaba a que se recibiera alguna instrucción al menos cada 5 minutos. En caso de que no ocurriera, se cortaba el suministro energético de los robots, abortando automáticamente el experimento, y salvaguardando la integridad de todos los participantes, robots incluidos.

Las dos máquinas comenzaron con su descenso. Habían acordado que cada 60 segundos, Alfred emitiría por la radio la palabra “Ping”. A ella, las dos máquinas, deberían responder unas después de otra, y de manera invariable la palabra “Pong”. Este sencillo esquema garantizaría que todo transcurría normalmente, e impediría que el conmutador de seguridad actuase tras los 5 minutos de silencio.

Los robots iban descendiendo por el ascensor. Ni siquiera Alfred que estaba en la mina, podía verlos, puesto que no era viable la instalación de un cable de televisión móvil. Hasta que no llegasen al nivel de trabajo, donde sí se habían instalado unas cámaras de observación, irían a ciegas. Ni Alfred, ni Lawrence ni Susan, verían nada. El único contacto con los robots, sería la radio de Alfred en la superficie.

“Ping” y “Pong”, “Pong” con las respuestas sucesivas de cada máquina, se iban enviando y recibiendo según lo previsto. La tensión de nuestros protagonistas, iba aumentando a medida que la profundidad del descenso lo hacía.

Tras 45 minutos, les vieron aparecer desde las pantallas de circuito cerrado de televisión. ¡Habían llegado sin ningún problema hasta el nivel de trabajo!

Los dos EZ comenzaron a trabajar. Seguían el procedimiento de extracción artesanal, como se hacía hace siglos. No era el método más eficiente, pero era fácil de adaptar a las máquinas. Así que, usando unos periféricos adaptados a sus manos, iban tamizando la tierra arcillosa de la mina, filtrando sucesivamente las partes más duras, hasta quedarse con los elementos más duros de todos, los preciados los diamantes.

Vistos desde las cámaras en directo, eran incansables, y mucho más productivos que un ser humano. Susan estimó un rendimiento entorno al 400% y el 500%, comparado con un operario humano. Dicho de otro modo, los dos robots, desempeñaban el trabajo equivalente a entre 8 y 10 hombres.

A excepción de las 4 horas que necesitaban sus baterías para cargarse diariamente, el resto, podía ser una jornada productiva. No comían, no charlaban entre ellos, y no fumaban. El ciclo se repetía siete días a la semana, y 20 horas al día. Un total de unas 600 horas de trabajo por mes. En comparación, los sindicatos humanos, habían logrado reducir las jornadas de los obreros en la minería, a no más de 125 horas mensuales. Dicho de otro modo, realizaban jornadas que eran casi 5 veces más largas que las de un humano.

Considerando su mayor eficiencia, y la mayor jornada de trabajo, un robot, sería capaz de reemplazar a 25 operarios. Ahorraría tanto dinero en salarios, que sus dueños estarían encantados de abonar el generoso alquiler que le solicitase la “US Robots”. Además, no se pondrían enfermos, y los accidentes laborales, siempre serían reparables. Sin vidas en juego, o al menos, sin costes en vidas humanas.

Las posibilidades eran enormes. Si se quería ampliar el número de robots en la cuadrilla, bastaba con fabricar más. No necesitaban estudiar, ni aprender como se hacía el trabajo. Todo venía ya programado en sus circuitos positrónicos. Además, Susan estaba segura que, con el paso del tiempo, serían más y más avanzados, y por tanto más productivos y capaces de realizar una mayor variedad de tareas.

Sólo había un problema. Las normativas generales en la mayoría de estados, impedían que los robots conviviesen o interactuasen con las personas. Legalmente era imposible que, en una mina, fábrica o cualquier otra actividad coexistieran humanos y robots.

La única manera de que los robots no trabajaran junto a humanos, era que no hubiera humanos en absoluto. No quedaba otra. ¿Sería posible que Scott Robertson, obtuviera los fondos necesarios para comprar la mina entera?

Lamentablemente, era imposible disponer de esa cantidad de dinero a corto plazo – Les dijo Mr. Robertson.

Y definitivamente, tenía que ser algo rápido, pues en caso contrario, el proyecto no podría avanzar. Alfred sugirió que tal vez pudieran hacerse solamente con una parte de la mina, quizás una galería aislada, y poco interesante a nivel productivo, que tendría un precio más accesible en el mercado.

En realidad, cuanto más aislada estuviera mejor. Ello les permitiría cercarla fácilmente, impidiendo que en caso de accidente los robots escapasen hasta la “parte humana”. Naturalmente las entidades certificadoras, deberían verificar que incluso en el peor de los casos, humanos y robots estuvieran físicamente separados. Que no estuvieran en contacto.

Si los cálculos de un rendimiento mensual 25 veces superior al de los hombres se mantenía, poca importancia tendría que esa galería ofreciera menos mineral que las otras. Sería un comienzo, y si la cosa iba bien, podrían ir lanzando nuevas ofertas de compra sobre el resto de la mina, a medida que los robots fueran extrayendo más diamantes.

La segunda fase, acababa de comenzar, siete robots explotaban la nueva galería, en turnos que cubrían las 24 horas del día sin interrupción. Eso garantizaba que, en cualquier momento hubiera al menos cinco máquinas trabajando. Desempeñaban un trabajo equivalente al de 175 operarios, lo que dejaba cierto margen en el caso de que alguno de ellos se averiase, o necesitase un aceitado de mantenimiento.

Rápidamente los diamantes eran extraídos, y se vendían a una sociedad holandesa independiente. Ellos se encargarían de seleccionar los candidatos óptimos para ser tallados como lucrativos brillantes, y el sobrante, vendido para usos industriales al mejor postor. En todo caso, en “US Robots and Mechanical Men, Inc”, aquello no tenía importancia. Lo importante era que pagasen buenos dólares, como así era.

Los dólares adquirían nuevos sectores de la mina, que pasaban a incrementar la extensión a minar por los EZ.

Pronto quedó patente, que la explotación minera robotizada no tenía rival. A los tres meses, únicamente los robots estaban empleados en la explotación de “Treasure Mountain”, habiendo relegado hasta al último humano.

Desde sus inicios, la misión de “US Robots” siempre había sido la manufactura de robots. Robots que se vendían o alquilaban, y que generaban ingresos a la compañía. Ahora se planteaba el primer dilema. En vez de vender robots a las empresas mineras, ellos podían ser la compañía minera. El producto ya no serían únicamente robots, sino también diamantes. Así es como se fundó la “US Diamonds, Inc”, una filial de “USR”, especializada en la explotación de minas de diamantes.

Aunque perfectamente podrían haber hecho lo mismo con la extracción de otros minerales, decidieron no hacerlo, y diversificarse. “US Robots” seguiría fabricando robots para su venta y alquiler, y “US Diamonds”, seguiría extrayendo mineral para su venta. Dos compañías independientes, dedicadas a negocios que no tenían nada que ver entre sí.

La compañía estaría más protegida de ese modo. Si ante una eventualidad, la cotización del diamante bajase, o el coste de extracción aumentase, podrían seguir a flote gracias al negocio de los robots. Por el contrario, si el negocio de los robots fuera a menos, podrían centrarse en las explotaciones de diamantes.

A medida que se extraían más diamantes de la mina, se obtenían fondos para adquirir nuevas minas. En 18 meses, la “US Diamonds” controlaba todas las minas del país.

El resto de explotaciones mineras, avanzaban de modo similar. Los recintos reservados para el trabajo de los robots, y físicamente aislados de los recintos para humanos, se iban extendiendo más y más. Ya fuera en la extracción de hierro, de aluminio, o de oro.

Naturalmente en esos minerales, la evolución era más progresiva. La ventaja de “USD”, es que controlaba tanto la técnica minera, como la producción de robots. En cambio, para sus clientes, digamos una mina de cobre en Salt Lake, empezaban alquilando dos robots, y al cabo de 7, 8 o 9 meses, cuando veían que todo iba bien, ampliaban con dos o tres más.

Por supuesto, la extracción de minerales radiactivos como el uranio, imponían la tecnología robótica a mayor velocidad, pero nada comparable a las de diamantes controladas por “US Diamonds”.

Muchas veces, hacer las cosas bien, no significa nada más que seguir haciendo lo mismo que ya hacíamos. Así continuó “US Robotics”, y menos de tres años después, la corporación controlaba todas las minas de diamantes del planeta.

Muchos visionarios anunciaban el colapso de la economía, una vuelta atrás. Pero nada de todo aquello ocurrió. Obviamente, la mayoría de mineros humanos perdieron sus empleos, y les causó un grave percance. Aunque hubo muchas discusiones acerca de la renta básica, esto es, que una parte del ahorro en los costes que generaban los robots, fuera invertido en indemnizar en forma de un sueldo mensual vitalicio a los afectados; aquella idea nunca cuajó. Las consecuencias fueron importantes, pero no más dramáticas de lo que pudieron serlo con la deslocalización China, o mucha antes con la máquina de vapor. Unos pocos se vieron perjudicados, y sin empleo mientras que, para la mayoría, aquello supuso un avance.

El precio de los diamantes cayó ligeramente, algo que tuvo consecuencias negativas para algunos, que estaban en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Para la mayoría, fue beneficioso. La industria podía usar los diamantes a un precio más bajo, reduciendo así sus costes. Los productos que usaban diamantes como parte de su proceso productivo, también bajaron de precio. Así que más gente pudo comprarlos. No fue perfecto, claro. Como siempre ocurre, por cada 10% que se reducía el coste, sólo el 1% se repercutía al público, el otro 9%, pasaba a incrementar las arcas de los empresarios.

Cómo el aumento de productividad fue tan elevado, incluso para el público general los precios cayeron notablemente. Las mujeres (y algunos hombres), podían disfrutar de los brillantes, sin efectuar un desembolso tan alto como antaño. No es que fueran baratos, pero se podían comprar.

Pocos se atrevieron a conjeturar que precisamente porque ahora los brillantes fuesen más económicos, la demanda se iría reduciendo paulatinamente. Una prueba evidente, que la mayoría los deseaban por ser caros y escasos, no por el placer que les ofrecía la contemplación de la gema en sí. Un hecho que realmente, tampoco tenía mayor importancia porque, al fin y al cabo, los que sabían disfrutarlos, ahora los tenían a mejor precio.

Con mejoras en el diseño de los robots, y un número creciente de unidades trabajando en paralelo, el ritmo de extracción fue aumentando. Eran buenos tiempos para la “US Robots” and Mechanical Men, Inc, y esa alegría, se había extendido a zonas como Palm Springs, donde muchos jubilados y retirados que habían confiado parte de sus ahorros a las acciones de la compañía, disfrutaban de un excelente clima, con una tranquilidad sin igual bajo el sol.

Cuanto más material extraían los EZ, más escasas eran las reservas del yacimiento. Con el paso del tiempo, era cada vez más costoso minar la misma cantidad de diamantes. De vez en cuando, algún avance técnico, suplía sin problemas esa dificultad. Por ejemplo, cuando Alfred J. Lanning logró reemplazar los motores eléctricos que daban vida a aquellos cuerpos de metal, por motores fotónicos, la fuerza de los robots se vio multiplicada por 10, aumentando la capacidad de trabajo en la misma proporción.

Una tarde de domingo, Susan se encontraba cómodamente sentada en el sofá de su apartamento. Para relajarse, contemplaba la febril actividad de las máquinas en la mina original de “Treasure Mountain”. Donde todo comenzó. Iba cambiando la frecuencia de su sintonizador, para así poder conectar con la señal de las diferentes cámaras que había repartidas, y que le ofrecían distintos puntos de visión.

Encontró algo tremendamente interesante, un pequeño equipo de robots se había separado del resto. En vez de continuar la extracción de mineral, estaban haciendo limpieza de las galerías. Veía cómo iban desmontando los restos de las vallas y mamparos instalados en un comienzo a efecto de separar máquinas de humanos en la misma mina.

Sus cerebros positrónicos se habían dado cuenta que eran un equipamiento innecesario, obsoleto. Que probablemente, limitaba sus movimientos, y los hacía más lentos e incómodos. En aras de mejorar su rendimiento, habían decidido retirarlos, y organizarse entre ellos para hacerlo. Aquel comportamiento tenía mucha lógica en la mente de Susan, habían sido programados con el objetivo de ser lo más eficientes posibles, y aquella era una buena forma de serlo, eliminando las barreras físicas que les molestaban y les frenaban.

Sus poderosos músculos artificiales, cargaban con las enormes planchas de acero, como si fueran tan livianas hojas de cartón. Las depositaban en una estancia aparte, donde probablemente no les interfiriera en sus desplazamientos.

Susan estaba a punto de perder interés en la retransmisión, se disponía a apagar la televisión, y preparar su cena. Hasta que uno de los EZ-27 se quedó mirando fijamente a la cámara. Su expresión era tal que parecía como si supiera que estaban siendo observados en la distancia.

Si bien las capacidades básicas de las máquinas, incluían un mínimo de expresividad, suficiente para poder interactuar con los seres humanos, el énfasis de la compañía nunca había sido aquel, por lo que todas las mejoras introducidas en los EZ, eran para mejorar su rendimiento en el trabajo minero.

Tal vez fuera solamente una impresión de ella, pero le pareció apreciar un tono amable y hasta cariñoso en aquellos ojos brillantes que enfocaban a la cámara. Anotó el número de serie que figuraba en su hombro: EZ-27-E1007, y con el lápiz, fue agrupando los dígitos con la familiaridad que dan los años trabajando con esos identificadores. EZ-27 era el identificador de la serie. La E significaba el año de producción desde el místico año 2000. La B era 2001, la C era 2002, así que la E significaba 2004. El 10 indicaba que fue fabricado en octubre de ese año, y el 07 era un autoincremental para el mes. Por tanto, aquella máquina que la miraba de aquella manera tan enigmática, era la séptima unidad construida en octubre de 2004.

Si en algún momento se le hubiera pasado por la imaginación que ese tipo de comportamiento tan humano pudiera ocurrir, lo habría esperado de alguno de los EZ más antiguo. De aquellos con más “vida”, con mayor experiencia, y por tanto mayor contacto con su trabajo y con los científicos de la “US Robots”.

Se dirigió al tejado de su apartamento, y pronunció la palabra TRABAJO. La orden programó el piloto automático de su aeromóvil para llevarla por la ruta más rápida posible hasta la sede de “US Robots”. Veinte minutos después, se encontraba en su conocida Sala de Experimentos 101, conectada mediante un terminal al sistema de información central de la empresa.

En el teclado pulsó F3 (Buscar), e introdujo la expresión “LIKE %EZ-27-E1007%”. Aquello le devolvería los resultados de búsqueda de cualquier información disponible relativa al misterioso EZ-27. El listado le presentó en la pantalla de televisión de su terminal una lista con unos 40 documentos. Fichas técnicas, calendario de revisiones programadas, actualizaciones instaladas en la máquina, etcétera. Pero nada determinante que lo diferenciara del resto de modelos.

Estaba claro que hubiera sido lo que hubiera sido, el desencadenante de aquella actitud no tenía nada que ver con su fabricación, así que sólo quedaba como explicación, que hubiera sido causado por “su experiencia”.

Era ya tarde, y decidió quedarse trabajando y aprovechar el viaje. De repente, se fijó en las pantallas que retransmitían la mina, los robots que continuaban desmontando los paneles, parecía que ahora estuvieran construyendo algo nuevo usando aquellos amteriales de deshecho.

Susan estaba tan absorta con la televisión, que hacía tiempo que había olvidado parpadear y los ojos resecos le lloraban. Las máquinas se movían perfectamente coordinadas, construyendo una especie de estructura esférica.

Estaban ensamblando lo que parecían ser esferas metálicas de aproximadamente un metro de diámetro. Había 10 de ellas depositadas sobre el suelo, en diferentes estadios de construcción. La primera solamente tenía la estructura, mientras que la última, que Susan suponía estaba casi terminada, contaba en su interior con una compleja estructura de capas y elementos que no se apreciaban en detalle.

De pronto, un escalofrío recorrió la espalda de Susan. ¡Esperaba que no fueran bombas atómicas!

Su cuerpo empezó a temblar, con esa sensación que mezcla el miedo más atroz, con la emoción más intensa. Por más vueltas que le daba a lo que había visto, no tenía ninguna explicación razonable. ¿Qué motivos podrían tener los EZ para construir bombas atómicas? ¿Iban a utilizarlas sobre la mina, o contra nosotros?

Hasta donde ella era capaz de ver, detonarlas en la mina no tenía ningún sentido práctico. Utilizarlas como arma contra seres humanos, era totalmente imposible. La Primera Ley de la Robótica, que incorporaban todos los robots que salían de la cadena de montaje, sin excepción alguna, lo impedía tajantemente: “Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño”.

La comunicación vía radio con los robots, se diseñó únicamente con el objeto de intercambiar mensajes del tipo ORDEN-RESPUESTA. Los EZ no estaban programados para dar explicaciones sobre sus actividades. Por supuesto, ella, o cualquier otro miembro del equipo, podría ordenar que detuvieran la construcción de esas 10 esferas, aunque entonces nunca sabría que intenciones tenían entre manos.

Le quedaba una esperanza. Quizás una opción improbable, pero opción, al fin y al cabo. Intentar ponerse en comunicación directamente con EZ-27-E1007. La expresión de su cara mirándola, le daba cierta confianza. No perdía nada por intentarlo.

Hola EZ-27-E1007, soy Susan Calvin. ¿Me oyes?

— Hola doctora. La escucho perfectamente -respondió el robot. Nuevamente su expresión parecía más humana que la de sus compañeros. Era una sensación extraña.

— Me gustaría que me explicaras para qué es lo que estáis construyendo con los restos de las estructuras. -le preguntó Susan con naturalidad al Robot.

— Cada vez nos es más difícil extraer todo el mineral que demanda la raza humana. Las necesidades aumentan, mientras que la extracción, es cada vez más lenta. Así que estamos construyendo un dispositivo que nos permita satisfacer la demanda creciente de diamantes que tienen los humanos, que tenéis vosotros -dijo el robot EZ-27-E1007.

Susan se quedó pensativa. Los robots estaban programados para servir a la especie humana. Para atenderla en todas sus necesidades, para cuidar de ella. Si en efecto, los diamantes cada vez eran más escasos y difíciles de extraer, porque el yacimiento comenzaba a estar sobre-explotado, una manera de seguir proporcionando la cantidad necesaria, era hacer que la cantidad de diamantes que necesitábamos fuera menor. Dicho de otro modo, si hubiera menos humanos, haría falta menos diamantes en la misma proporción. Todo volvería a estar equilibrado, y los robots serían capaces de satisfacer nuevamente la demanda de diamantas de todos nosotros. Tal vez no hubieran evaluado que reducir la cantidad de humanos implicase matar

No entendía muy bien cómo se enfrentaba el deber de servir a los humanos en cuanto a sus deseos y necesidades, con las leyes fundamentales que les instaban a protegerlos.

Indudablemente tendría que consultarlo con Alfred Lanning, tampoco estaría de más exponer el dilema al resto del equipo. Incluso los puntos de vista de Lawrence Robertson y Scott Robertson serían valiosos.

— Muchas gracias por tu explicación. —Se despidió Susan del robot Easy.