Cuando hablaba sobre el placer de escribir, me di cuenta que podía hacerse una analogía rápida con los relojes.

Mucha gente ni siquiera lleva reloj, y los que lo llevan, suele ser más como complemento estético o moda, que porque disfruten de él. Me considero afortunado siendo capaz de gozar con la relojería, porque un reloj es algo que siempre va contigo, y que por tanto puedes aprovechar todos los días, en cualquier momento, y en cualquier lugar.

Basta un instante para contemplar como avanza el segundero. La yema de un dedo para acariciar las texturas pulidas y cepilladas del acero. La muñeca para sentir la calidez del titanio. Los oídos para escuchar el tic-tac mecánico, o la señal horaria de los digitales a las horas en punto. La muñeca para sentir como tu reloj te acompaña durante el día. Una mirada a las lineas estéticas de su exterior. Y si tienes más tiempo, quedarte embobado mirando como el tiempo transcurre, mientras tu contemplas la hora, o tu reloj.

Desde un humilde Casio F-91, hasta los más exquisitos miembros de la alta relojería suiza, todos son válidos para hacernos disfrutar. Sólo es cuestión de saber hacerlo.