Hace algunos días, charlando tranquilamente con un entusiasta de los relojes, acabamos hablando de horología, en el sentido etimológico de medir el tiempo.

La afición de medir el tiempo, cuenta con dos encantos principales. El primero es el tiempo en si mismo, simbolizado perfectamente en un reloj de arena, que se comporta como un fluido que poco a poco y de manera regular acaba escapándose de nosotros, sin tener vuelta atrás. A nivel transcendental, nunca sabemos el tiempo que nos queda, y es por eso que nos limitamos a medir el tiempo que transcurre.

El segundo son los ingenios que de manera autónoma son capaces de medir ese transcurso, de una manera precisa acorde con los patrones de medición establecidos, y que se remontan a milenios de antigüedad.

En mi caso, siempre me ha atraído más esa segunda vertiente, una combinación extraordinaria de técnica y arte que como civilización nos ha ido permitiendo inventar, y mejorar dispositivos específicos para la medición temporal.

El avance tecnológico actual, permite que tengamos máquinas medidoras de tiempo, relojes los llamamos, que ofrecen un elevado grado de precisión, apenas requieren mantenimiento, y están disponibles a un precio relativamente bajo.

De modo que si tienes un reloj de digamos más de 100€, está claro que no es solamente para saber la hora. Existen modelos más económicos que cumplen perfectamente esa función. Tal vez necesites algo más montado en tu muñeca, conectividad Bluetooth, altímetro, brújula, pulsómetro, etc… y por eso has gastado más dinero. No obstante, ya no hablaríamos de medidores de tiempo, sino de otras cosas. Por otro lado, estamos rodeados de dispositivos a los que tenemos acceso inmediato, y que sirven para la misma función: teléfono móvil, ordenador, y multitud de relojes públicos situados en la calle, comercios, oficinas, etc, que cumplirán la misma función.

Puede que busques la sensación de cariño y cuidado que se desprende de un modelo hecho a mano, o el encanto técnico de un movimiento mecánico, o el lujo en general. Como dice Stephen Urquhart, presidente de Omega: “Con un reloj busco la hora pero sobre todo me hace feliz mirarlo”.

Debido a ese factor personal, obviamente si cuentas con más de un reloj, tampoco es porque lo necesites. Quizás te guste mirar como marchan mientras están guardados en el relojero, vestirlos en un momento concreto para evocar una sensación distinta, o tal vez alargar esa sensación cada vez que lo miras.

Muchas veces los horólogos, cuando giramos la muñeca para ver la hora, lo que hacemos en realidad es ver el reloj, y esa es precisamente la diferencia entre una necesidad, y una pasión.