Según datos recientes, el porcentaje de mujeres desempeñando tareas de programación en el ámbito informático, es del orden de 12%. Nada que nos sorprenda, a poco contacto que tengamos con la profesión, eminentemente masculina. Si bien es cierto que en tareas que combinan creatividad, como la maquetación web, la cifra puede ascender levemente. La curva es completamente descendente, partiendo de casi un 40% en 1985.

Sin duda hablé de la que podríamos considerar la iniciadora: Ada Lovelace, así como otras contribuciones posteriores de Grace Hooper, Radia Joy Perlman o incluso Roberta Williams.

Haciendo memoria, muchas se quedaron en el tintero, como Evelyn Berezin que en 1968 escribió para Redactron Corporation el primer procesador de texto, justo después de que trabajando para Teleregister, creara el primer sistema de reservas por ordenador para United Airlines.

Lo cierto es que no fue hasta que leí Los innovadores de Walter Isaacson, que pude darme cuenta de que lo que ahora llamamos desarrollo informático, fue una tarea fundamentalmente impulsada por mujeres.

Todo comenzaría en 1941, después del ataque a Pearl Harbor. El ejército estadounidense se lanzó a una búsqueda de mujeres jóvenes con habilidades para las matemáticas. Mientras los hombres combatían, ellas trabajaban en los laboratorios de balística, realizando cálculos y confeccionando tablas de datos que los militares utilizaban en el frente para calcular trayectorias de proyectiles, eran conocidas como las calculadoras humanas.

Con el fin de agilizar ese arduo trabajo, los conocidos John Presper Eckert y John William Mauchly, empiezan a trabajar en el ENIAC (Electronic Numerical Integrator And ComputerComputador e Integrador Numérico Electrónico-), uno de los primeros ordenadores tras el Colossus.

Su hardware consistía en 17.468 tubos de vacío (válvulas); 7.200 diodos de cristal; 1.500 relés; 70.000 resistencias; 10.000 condensadores y 5.000.000 de soldaduras. Pesaba 27 toneladas, y medía 30 metros de largo (2,4m X 0,9m X 30m), ocupando una superficie de 167 m², y hacía subir la temperatura de la habitación hasta los 50 °C, cuando funcionaba a pleno rendimiento. Esto es 5.000 sumas o 300 multiplicaciones por segundo, trabajando nativamente en base 10 (decimal). Consumía la friolera de 160 kW, lo que ocasionaba apagones en la ciudad de Filadelfia mientras funcionaba.

La programación estaba cableada, así que cambiar su comportamiento implicaba conectar y reconectar cables, un procesos que muchas veces llevaba semanas. Las tareas importantes como la ingeniería, eran cosa de hombres, así que se pensó que la programación, que apenas aportaba valor, correría a cargo de un recurso fácilmente disponible y barato. Una categoría subprofesional formada por mujeres con buenas bases matemáticas, curiosidad, y sin miedo a la electricidad. El hardware era lo valioso, y el software no era nada, como posteriormente IBM nos volvería a explicar, para luego retractarse varias veces.

Con Jean Jennings Bartik, Betty Snyder Holberton, Kathleen McNulty Mauchly Antonelli, Marlyn Wescoff Meltzer, Ruth Lichterman Teitelbaum y Frances Bilas Spence empezaron su andadura. O lo que es lo mismo, se les dieron los planos de la máquina, algunas explicaciones, y comenzaron a buscarse la vida, mientras compartían confidencias. Esas 6 mujeres, serían conocidas como las Top Secret Rosies.

El manual de ENIAC, lo escribiría también una mujer: Adele Goldstine en 1946, justo cuando la máquina fue presentada al público (al menos dos años antes ya funcionaba para propósitos militares), cosa que haría hasta 1955, cobrando cada vez más relevancia y más fama para sus ingenieros. Mientras que aquellas mujeres pioneras, apenas obtuvieron reconocimiento hasta muy recientemente, y en cualquier caso, nunca el suficiente.

Hasta 1980, se creía que las mujeres que acompañaban a ENIAC en fotografías y películas era modelos, que a modo de atrezzo posaban junto a la máquina. Algo habitual en la publicidad de la época, tanto civil como especialmente militar, y por lo que eran conocidas como Refrigerator ladies.

Ya no queda ninguna de estas 6 entre nosotros, pero todas tuvieron la oportunidad de vivir lo suficiente como para ver de primera mano lo que fueron capaces de crear, y que se les atribuyera algo de mérito.