Si la emulsión Myrsol, representa para mi la revolución en el afeitado, hoy le toca el turno a mis experiencias con el masaje Floïd, otro clásico entre las marcas españolas dedicadas al afeitado tradicional, y que para mi es el estandarte del post-afeitado.

Joan Baptista Cendrós i Carbonell crea en 1932 el masaje Floïd, como producto de la compañia Haugron Cientifical fundada por su padre en el año 1928, sita en la calle Rocafort de Barcelona.

Circunstancialmente, una de sus hijas, contrae nupcias con uno de los hijos de Josep Colomer Ametller, a la sazón, el fundador de la también barcelonesa Henry-Colomer. De modo que no es de extrañar que en 1996 fuera vendida a éste, que ahora tiene carácter multinacional operando bajo el paraguas de The Colomer Group.

Joan Baptista, dio rienda suelta a su talento para los negocios invirtiendo en editoriales, entidades bancarias, y siendo un activista político del movimiento catalanista. Sin embargo, siempre será recordado como el Doctor Floïd.

Floïd, comenzó con su masaje genuino vigoroso y mentolado, pero con el tiempo fue ampliando su gama de productos: aceites pre-afeitado, espumas, champús, … Y sorprendentemente, el frasco ha mostrado desde tiempos inmemoriales la leyenda de Since 1932.

Se ofrece en tres variantes diferentes, el mencionado clásico, una versión suave, y una versión renovada con nuevo aroma.

Como es lógico, la más característica para el afeitado clásico es la primera, por lo que centraré el artículo en mis experiencias con ésta, el masaje mentolado y vigoroso Floïd, dentro de lo que ahora se llamaría after-shave, bálsamo o loción para después del afeitado.

Se ofrece en dos presentaciones, un frasco pequeño de 150 ml a unos 6€, y otro grande con forma cilíndrica de 400 ml que se vende a unos 13€. Ambos son de cristal, aunque el primero viene además en una cajita de cartón como la mayoría de after-shaves. Los precios son asequibles comparado con las mucho más caras marcas de moda, y algo más caro que las marcas económicas como Williams.

Para probarlo, o usos ocasionales, la primera opción es más recomendable, sin embargo, si como espero, te acaba convenciendo, la segunda opción resulta más económica, y el tamaño del frasco no resulta incómodo de manejar para nada.

Gracias a la omnipresencia de The Colomer Group, y a las acciones de relanzamiento de la marca debidas al auge del afeitado de toda la vida, el masaje es fácil de conseguir en droguerías, perfumerías y centros comerciales, en especial para el tamaño pequeño, lo cual es una suerte.

Una vez terminado nuestro afeitado, y después del astringente en el caso que lo necesitemos, es decir, con la cara ya limpia y seca, aplicamos con la mano el masaje en la cara. Nada más verlo, su color amarillo oscuro ya nos sugiere que estamos ante un clásico.

Lo primero que apreciamos es su fragancia, un olor que te retrotrae a los tiempos de las barberías, o que te recuerde los afeitados de tu abuelo. Es un aroma agradable con notas mentoladas, clásico y atemporal, que resulta muy intenso y reconocible al principio.

Después de la explosión aromática, notaremos el escozor típico de los after-shaves, pero compensado con el frescor que produce la menta, lo que de nuevo, lo convierte en una sensación placentera, que nos hidrata la piel, y en mayor medida nos la calma. Poco a poco el olor va difuminando su intensidad inicial, de modo que a los poco minutos queda solamente un leve rastro que se prolonga durante horas.

Como loción con base alcohólica, actúa como desinfectante, y refresca la piel. Sus componentes cicatrizantes, ayudan además a sellar pequeños cortes, pero si son más grandes, éstos sangrarán, por ello lo del alumbre/astringente.

Terminar el ritual de afeitado, se convierte con Floïd en el momento más placentero. Quizás no sea tan eficaz como otros bálsamos sin base de alcohol, pero es el que mejores sensaciones me transmite.

Podemos estar más o menos de acuerdo con los valores que intentaba transmitir en la época, y que ciertamente han quedado anticuados, pero es indiscutible que ello no refleja nada más que una campaña de mercadotecnia probablemente no demasiado acertada, y para nada refleja los valores del producto, que sigue siendo excelente como lo era hace 80 años.