Desde que recuerdo, me gustaron los coches. Por ejemplo aprendí a reconocer los modelos y sus características, mucho antes de aprender a restar.

Me gustaban los rallys, tanto en directo, como los pocos especiales que daban por la tele. Me permitía ver coches que conocía, que me gustaba reconocer y que iban realmente rápido, no solamente en carreteras asfaltadas.

Me fascinaba la velocidad, los juegos de volante y pedales, el paso por curva, y sobre todo el ruido. La Fórmula 1, me entretenía, pero no en exceso. Disfrutaba de las cámaras subjetivas, intentando memorizar los circuitos, pero desconocía totalmente el trasfondo del gran circo.

Sinceramente no entendía la gracia de dar vueltas y vueltas al mismo circuito, con coches que no parecían coches, y que por no tener, no tenían ni luces.

No fue hasta finales de los 80, que empecé a encontrarle la gracia. Se trataba de carreras de coches, que me gustaban, pero había también estrategia y mucha tecnología detrás. No se trataba de ver adelantamientos, derrapadas espectaculares, sino de disfrutar de esas entradas en boxes con repostaje incluido (cuando aún se permitían), imaginar esos motores con turbo que superaban los 1000 CV con sólo 1,5 litros de cilindrada, y aprender a observar los tiempos, más que la lucha en pista.

Cuando hablamos de una disciplina donde las diferencias entre ganador y perdedores, son del orden del 0,1%, llegamos a entender que supera las capacidades de percepción humanas, es ahí donde vuelve a entrar la tecnología necesitando de herramientas de cronometración precisas, de forma que el espectador pueda seguir el desarrollo de la competición, muchas veces, contrapuesto al orden de los coches en la carrera.

Pocos somos conscientes de lo que representa una décima de segundo y menos aún una centésima de segundo. Si esa fracción temporal la extendemos al rango de un minuto y medio de una vuelta, sencillamente seríamos incapaces de determinar quién va más rápido. Incluso desde las cámaras on-board, nos resulta imposible de apreciar si se está mejorando o no el tiempo. Y es que la Fórmula 1, más que una competición con otros coches, es una competición con el reloj.

El desarrollo tecnológico, se parece más al de un avión que al de un coche de calle, motor, aerodinámica, simulaciones por ordenador, túneles del viento, pruebas.

En general no me gustan los deportes, lo que hace que en realidad suma puntos para el atractivo de la F1. Importa más el coche (tecnología) que el piloto (deportista), es una disciplina individual, pero donde el equipo tiene mucho que decir, se compite contra el reloj y los demás, etc.

Tiene además una cierta componente romántica, habiendo circuitos en el campeonato del mundo, que siguen siendo más o menos igual que hace 60 años: Mónaco (Montecarlo), Bélgica (Spa-Francorchamps), Reino Unido (Silverstone), Italia (Monza), Alemania (Hockenheim), y escuderías que llevan con nosotros desde el principio.

Lamentablemente sus muchos trapicheos a raíz del auge económico que ha experimentado, le añade complejidad, y le resta encanto. Pero no debemos olvidar que sin ello, no tendríamos un acceso fácil a las retransmisiones televisivas.