Durante mi niñez, en la ya lejana década de los 80 del pasado siglo XX, la mayoría de nosotros sentíamos admiración por las zapatillas de Nike. Era lo que llamábamos ropa de marca.

Artículos de importación a precios astronómicos, que más que un calzado deportivo, parecía algo de lujo. Tan exclusivos, que simplemente por ese motivo eran deseables. Toda la industria del entretenimiento estadounidense contribuía a reforzar aquella idea. Nos moríamos por las deportivas de Regreso al Futuro y por el Casio CA-53.



Si teníamos suerte, nos caían unas Paredes, que aunque baratas, seguían siendo muy buenas como ahora. En otros casos, eran unas Yumas, que eran también económicas y duraderas (ahora no son ni lo uno ni sobre todo lo otro). Pero lo normal no era ni siquiera eso, sino las marcas de mercadillo o de oferta de tercera linea.

Digo que las deseábamos (en pasado), porque para la mayoría de nosotros fueron una quimera, algo que no logramos, al menos hasta bastante tiempo después. Obviamente tiempo después pude hacerme con unas Nike Air, y el Casio CA-53.

Curiosamente ahora ya no quiero unas Nike, las veo tan extendidas que apenas tienen personalidad. Ya no se hacen tampoco en USA como antaño, y las que quiero son unas J’hayber.

Caminando por la calle, me fijo de tanto en tanto en los pies. Me cansan esas Adidas, Puma, Reebok o New Balance que son todas iguales. Productos chinos que se copian unos a otros en diseño y tendencia, y que lo más valioso que llevan es su marca y su marketing.

Como antaño, luzco mis J’hayber. Diferentes, cómodas, duraderas y Made in Spain.