No estoy seguro de si los años 80 fueron una época en conjunto feliz, pero si de que fue una época llena de cambios. La tecnología empezaba a popularizarse en el mercado de consumo, avanzaba rápidamente, y España se abría al mundo, o al menos permitía que las novedades de fuera entraran.

Puede que la gente tuviera menos cultura, pero era más educada y respetuosa. El esfuerzo tenía recompensa, y por tanto había esperanza. Se les veía contentos gracias a la revolución que el futuro les deparaba, o eso es lo que pensábamos.

En pocos años pasamos de ver la tele en blanco y negro a tener una en color, poder grabar y reproducir usando una videograbadora (luego simplemente vídeo), o conectarla a un ordenador personal, que en aquellos años, era sensiblemente diferente a lo que IBM bautizó con el mismo nombre.

Íbamos al videoclub, y en el colegio nos intercambiábamos música y juegos de ordenador, sin saber que pagábamos un canon por copia privada, y sin plantearnos si era bueno o malo sacamos provecho a los equipos de música con doble pletina, y a los copiones. Cuando se terciaba, grabábamos canciones incompletas de la radio, habitualmente de los 40 principales. En el mejor de los casos los CD eran para música.

Disfrutábamos de nuestros ordenadores de 8 bits, aprendiendo mucho que todavía no se había inventado, y a la hora de jugar, lo hacíamos con imaginación y con “amigos en local”. Cuando la imaginación se quedaba corta, pasábamos la tarde en bares y salones recreativos, a los que no teníamos edad de entrar, pero en los que no pasaba nada, e invertíamos gran parte de nuestra paga en monedas de 25 pesetas en esos pequeños pedazos de placer que nos hacían soñar tan pronto mirábamos esos gráficos en la pantalla, esas luces, y ese espectacular sonido cuando se iluminaba el Credits 01. Agarrábamos el mando, y nos disponíamos a vencer a esas máquinas endiabladas que te engatusaban y jugaban de maravilla. Cuando el dinero se acababa, aprovechábamos para ver como otros jugaban, dando consejos, o memorizando pantallas y fases a las que no habíamos llegado.

El súmmum del entretenimiento personal, eran oficialmente las maquinitas tipo Game & Watch, o los Walkman, y otros de sus imitadores de asombrosa tecnología japonesa, pero podíamos pasarlo igual de bien parando el cronómetro con las centésimas a cero en un reloj Casio, viendo las rallas de la pantalla mientras un juego cargaba, o yendo con la bici en plan Michael Knight, o El halcón callejero.

Por la noche alucinábamos con los coches de Corrupción en Miami, y la espectacularidad y el artificio de 1, 2, 3. Si venían familiares o amigos a casa, raudos como el rayo montábamos el Scalextric, o el TCR.

Nuestro punto de encuentro era mucho menos respetuoso con la intimidad que Facebook, y eso ya es mucho decir, pues quedábamos en la calle, o en la plaza, incluso a las 4 de la tarde en agosto, impregnados de ese olor especial de calor, vacaciones, y verano. Aunque hubiéramos tenido la suerte de que nos regalasen una cámara fotográfica para nuestro cumpleaños, no solíamos llevarla nunca encima, y las fotos no se podían ver al momento, ni retocarlas con Instagram, o hacer previews.

A diferencia de hoy, los productos de calidad, lo eran porque duraban, y el que fueran comparativamente más caros que ahora, sólo hacía que cuando llegaban los disfrutásemos con mayor plenitud.

No había teléfonos inteligentes, pero las cabinas telefónicas eran lo suficientemente listas como para funcionar sin problemas, ni había Coca Cola Zero, ni descargas directas Bluray RIP, y en la nube sólo estaban los Osos Amorosos.

Así que cuando 30 años después me calzo las New Olimpo, pongo en mi muñeca el GW-M5610, uso las Wayfarer, lanzo Target Renegade u Operation Wolf en el Spectaculator, veo The Master, o escucho algún tema de Europe o Bon Jovi, muchas de esas sensaciones vuelven a aparecer, aunque sea por un instante, y entonces, soy algo más feliz.