Risky Business, traducida en algunos países como Negocios riesgosos, fue una película estrenada en Estados Unidos en 1983, pero que no llegaría a España hasta bastante tiempo después, y que no vería en video VHS, hasta más tarde aún. Quizás en 1987, con 12 años. Tenía la base de esas películas de chicos que destacan de diferentes modos, ya fuera como en Juegos de guerra (Wargames), o como en Todo en un día (Ferris Bueller’s day off). Los protagonistas eran algo mayores que yo, así que eso abría las inabarcables puertas de los sueños. La diferencia es que Risky Business, combinaba las dos ideas. Por un lado era rebelde, y transgresor; mientras que por otro, era una historia de éxito.



He contado alguna vez que suelo ver las películas una vez, dos a lo sumo, pero unas pocas las he visionado más veces, y Risky Business es una de ellas. En vídeo cuando pude, con unos 16 años, cuando la repusieron en la televisión, y con unos 25 años con las primeras descargas de copia privada por internet. Por supuesto, con diferentes edades, mi percepción sobre la película fue cambiando a la par que capturaba nuevos matices. Ahora 41 años, he vuelto a visionarla, y me reafirmo en ser una fuente de inspiración, tal cual lo fue la primera vez que la vi, hace casi 30 años.

Aparecía un jovencísimo Tom Cruise (21 años), en el papel protagonista de Joel Goodsen, y la preciosa Rebecca De Mornay (24 años) como Lana, un nombre que si os digo la verdad, me atrae a más no poder.

Una banda sonora a la altura de las mejores: In the air tonight de Phil Collins; D.M.S.R. de Prince; o The dream is always the same, No future (Get off the babysitter), Guido the killer pimp, Lana y especialmente Love on a real train de Tangerine Dream. Algo que combinado con las escenas nocturnas, y el legendario Porsche 928, le dan un aire del estilo a Corrupción Miami.

Si a eso añadimos, el cigarrillo, o las Rayban Wayfarer, vemos que estamos ante un nuevo icono estético de los 80.



Es obvio que un chico adolescente, algo mayor de lo que yo era, que descubría el amor, y con unos padres de alto poder adquisitivo, era el reclamo que no podría fallar en mi generación. Por su fuera poco, le añadían unas escenas nocturnas llenas de neón, el conducir el super-deportivo de tu padre, las universidades de prestigio, o el éxito empresarial poco heterodoxo.





Bajo el paraguas de la crisis de la selectividad, que todos sufrimos en mayor o menor medida, tal vez te parezca un tanto ingenua y adolescente, y admito que algunas secuencias lo son. Por contra, las escenas nocturnas, están llenas de encanto y belleza. Mientras que la secuencia en el tren, no puedo menos que calificarla como sublime. Contraluces, y un inicio con In the air tonight, que se encadena a Love on a real train, mientras la cámara captura la emoción, y la pasión.









La película está llena de buenas frases, desde las que son más o menos vacías, pero que permanecen en la memoria como:
¿Has visto? No hay otro como mi Porsche.

Además quería hacer el amor en un vagón de tren de verdad. Y, ¿quién era yo para decir que no?

A veces en la vida hay que decir ¡Pero qué coño!

De vez en cuando hay que saber decir: “¡Pero qué coño!”, y tomar una decisión, pase lo que pase.

A las más brillantes, y que destilan significado:
Si no puedes decirlo, no puedes hacerlo.

-Hijo, no te he dicho nunca, que a veces hay que saber decir, ¡pero qué diablos!, ¿y aceptar el riesgo?

De vez en cuando di: ¡pero qué coño! “Pero qué coño” te da libertad. La libertad tiene la oportunidad. La oportunidad hace tu futuro.



La historia destila esperanza, ambición y sueños. Pero pese a su rebeldía, defendiendo los valores, y en cierta forma, la modernidad, y el porvenir. En lo que a mi respecta, el principio es toda una declaración de intenciones:

El sueño siempre es el mismo. En vez de entrar en casa, me meto en la de los vecinos. Llamo al timbre pero no acude nadie. La puerta está abierta, así que entro.
Busco alrededor, pero parece que en la casa no hay nadie. Entonces oigo correr el agua de la ducha, y subo a ver que pasa.
Es cuando la veo… ¡Que tía! Una tía increíble…
No se que ha ido a hacer allí, porque no vive en la casa. Pero como es un sueño, me dejo llevar.

– ¿Quién hay ahí? -Pregunta.
– Soy Joel -Contesto yo.
– ¿A qué has venido?
– A nada. -Contesto. -Y tu, ¿a qué has venido?
– Me estoy duchando… ¿No lo ves?
– Entonces le pregunto: ¿Quieres que me vaya?
– No cariño. Quiero que me frotes la espalda.

Yo empiezo a ponerme cachondo con el sueño. Así que me acerco a ella, pero no puedo encontrarla con tanto vapor. La pierdo una y otra vez. Cuando por fin consigo abrir la puerta de cristales de la ducha, me encuentro con un aula llena de estudiantes, que están haciendo el examen de ingreso a la universidad. He llegado con tres horas de retraso. Tengo dos minutos para hacer el examen. Sé que he cometido un gravísimo error. Acabo de tirar por la borda mi carrera.