Paul Davis, día de Reyes

Desde años recientes, he adoptado la buena costumbre que me contagió Bia Namaran de regalar un relato en fechas señaladas. El año pasado fue el día de Navidad con Paul Davis, el regalo. En este caso, hoy Dia de Reyes hay una sorpresa para vosotros, algo que va un poquito más allá de la Felicitación de Año Nuevo.

Se trata del relato del mismo nombre (Día de Reyes), publicado en A contrarreloj 25. Paul Davis, Compañía Internacional de Coches Camas y recopilado en A contrarreloj. Paul Davis, cuarta temporada

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Disfrutad de la lectura, ¡y que os tráigan muchas cosas esta noche!

Día de Reyes (Por J.G. Chamorro)



Capítulo 1
No soy una persona demasiado navideña. Quiero decir, que estas fechas para mí son más deprimentes que festivas. Una bonita tradición religiosa, llena de generosidad y amor, ha terminado de algún modo, convirtiéndose en una retahíla de compromisos y de compras. Para terminarlo de rematar, la fría temperatura de enero, acompañado de las pocas horas de luz natural, convertían esas fechas en algo triste y sombrío.

Por suerte para mí, no recordaba cuando había sido la última vez que había tenido unas Navidades libres. Siempre recuerdo estas fechas viajando por trabajo, así que como no las vivía, tampoco las sufría.

Ese año había sido diferente, daba la impresión que todos los clientes se hubieran puesto de acuerdo para hacer vacaciones. Salvo un par de pequeños asuntos que no requerían demasiada dedicación por mi parte estaba bastante ocioso y aburrido. Los primeros días logré disfrutarlos: descansé, monté mi pista de coches de slot en el salón, leí mucho, corregí algunos relatos, y en suma, intenté ponerme al día de todos los asuntos que había ido aplazando durante el año.

Antes de que llegara Nochevieja, ya estaba cansado de todo aquello. Y lo que era peor, se me habían ido pasando las ganas de descansar, de los coches de slot, de leer, y de corregir relatos. Es algo extraño, pero cuando más productivo soy, es cuando más trabajo tengo. En épocas de poca carga como aquella, era como si mi cuerpo y mi cerebro se fueran aletargando poco a poco.

Franz se había ido de viaje a Bali, Anabel estaba ocupadísima con su trabajo, Mac se había marchado a pasar las fiestas con sus parientes del sur del país, así que esencialmente me encontraba solo, y sin nada que hacer (o al menos sin ganas para hacerlo).

Los paseos durante el frío invierno me despejaban, los cafés en el bar de cerca de casa me reconfortaban. Pero aparte de eso, me seguían dejando muchas horas libres durante el día, demasiadas.

Fue entonces cuando empecé a visitar con más frecuencia a Adela Crowdler, la propietaria de la en otros tiempos, brillante relojería «La Elegante». Todo comenzó sin que apenas me diera cuenta. Uno de aquellos aburridos y eternos días, durante uno de mis paseos por la ciudad, acabé cerca de su tienda. Sin pensarlo me encaminé hasta la fachada de la relojería, y tras comprobar desde los escaparates, que como casi siempre, no había clientes en su interior, decidí pasar.

Pese a la característica oscuridad del lugar, el ambiente de aire rancio, como de otra época, y lo descuidados que estaban algunos detalles, por ejemplo las viejas baldosas de cerámica, el interior de la relojería me parecía hasta confortable. Tal vez fuera solamente por la agradable temperatura de la calefacción, pero estaba a gusto allí. Pensé que me iría bien poder ver relojes, más aún con las joyas de otra época que adornaban sus vitrinas.

La melodiosa campanilla había anunciado mi visita unos segundos después de que abriera la puerta. No tenía pensado molestar a Adela, seguro que en su taller de la trastienda, a diferencia de mí, ella tendría mucho que hacer. Entonces surgió un ligero destello de claridad, debía ser la dueña abriendo la cortina del taller para atender a su visita.

—Paul. ¡Qué sorpresa! —me saludó ella. —Felices Fiestas.
—Igualmente. —le desee yo en tono neutro.
—¿En qué te puedo ayudar?
—No quería molestarte. Pasaba por aquí, y pensé que no me iría mal ver algunos relojes de los que tienes. Seguro que estás muy ocupada, así que no te preocupes por mí.
—De acuerdo. Estaré dentro si me necesitas. —se despidió ella.

No sé durante cuánto tiempo estuve contemplando aquellas gloriosas reliquias, probablemente más de media hora. Me encantaba ver uno de aquellos guardatiempos, e imaginármelos en su época. Había un Breitling Navitimer, estaba expuesto incluso en su caja original. Era de los años 60, probablemente de principios de aquella década. Por mi imaginación fluían imágenes.

Era enero de 1961, las mismas fechas en las que yo estaba, pero exactamente cincuenta y nueve años atrás. El Breitling lo llevaba un apuesto comandante de la compañía aérea American Airlines, su nombre era Michael Simonds. Las cuatro barras doradas en la chaqueta de su uniforme de piloto comercial hecho a medida, indicaban su rango y autoridad. En su muñeca estaba aquel precioso Breitling, el símbolo relojero de la aeronáutica. El hombre subía a un nuevísimo Boeing 707 en el Aeropuerto Internacional Idlewild de Nueva York, ahora conocido como John F. Kennedy. El vuelo AA1502 tenía por cometido realizar prácticas con la tripulación de seis personas incluyéndole a él. Pura rutina.

En la cabina, acompañado de su copiloto, Lester Abrahams con el que ya había volado en algunas ocasiones, se sentía como un héroe. Era para él un privilegio poder disponer de aquella tecnología tan avanzada. Su Boeing 707-123 Astrojet apodado «Flagship Oklahoma», con matrícula N7502A, se había fabricado en 1958. Naturalmente, la mejor aerolínea del mundo sólo podía ofrecer las mejores aeronaves del mundo. Michael Simonds jamás lo reconocería, pero él también era uno de los mejores pilotos del mundo. A sus treinta y ocho años, acumulaba horas de vuelo que doblaban o triplicaban a la de muchos de sus compañeros, algunos, bastante más mayores que él.

Seguro de sus capacidades, su experiencia y su carácter, se encontraba en actitud tranquila y serena. Miraba la esfera de su Breitling que marcaba las once de la mañana en punto. La torre de control le notificó que tenía pista libre. Advirtió por la radio a la tripulación que se prepararan para el despegue. Podía imaginárselos realizando las últimas comprobaciones de «cross-check», y acudiendo a sus asientos especiales, para abrocharse los cinturones durante el despegue.

Simonds clavó los frenos que bloquearon las enormes ruedas del aparato. Entonces, puso en marcha el cronógrafo de su reloj y empujó hacia arriba la palanca de gases. Cuando los cuatro motores Pratt & Whitney JT3C-6 empezaron a rugir, soltó el freno. Durante las primeras décimas de segundo no pasó nada. A partir de ahí, el avión ligero como una pluma al no llevar más pasaje que sus tripulantes, y con una carga de combustible de solamente cuatro mil kilos, suficiente para las maniobras que iban a realizar, salió disparado como una exhalación.

Con fulgurante velocidad, devoraba los metros de la pista de despegue 13L/31R. Veinticuatro segundos después, y tras poco más de dos kilómetros recorridos, la mole de casi sesenta y un mil kilogramos de peso alcanzó los doscientos cincuenta kilómetros por hora, la velocidad que requería el despegue o V1. No estaba nada mal, pensaba Michael, una aceleración de «dragster». Ojalá su querido Chevrolet Corvette y doscientos noventa caballos pudiera hacer lo mismo.

La visibilidad era buena, tal y como le habían informado mientras realizaba el plan de vuelo. El aparato ascendía sin novedad a ritmo nominal. El comandante Simonds agarraba los mandos con firmeza pero con suavidad, como si fuera un as de la aviación. Notificó a la torre que todo iba bien, y autorizó a la tripulación a dejar sus butacas. Eran las 11:21, el totalizador del cronógrafo indicaba veinte minutos de vuelo. Una ligera sonrisa escapó de su cara cuando se giraba en dirección al copiloto Lester Abrahams.

—¿Todavía sigues por aquí? —me dijo una voz. Tardé unos instantes en volver al mundo real, y en darme cuenta que era Adela quien hablaba.
—Mmmm sí. Perdona. ¿Te molesto? —pregunté.
—No molestas. Si lo hicieras te lo diría. Es sólo que no escuchaba tus pasos sobre el enlosetado, y pensé que te habrías marchado ya… Además, parece como si ni te hubieras movido de donde estabas cuando te dejé. Sigues ensimismado con ese Breitling.
—Es que es un reloj precioso. El reflejo de una época en cuanto a tecnología, no sólo en los relojes, yo creo que en todo.

Sin decirme nada, volvió a la trastienda, y al cabo de unos minutos Adela volvió a aparecer ante mí. Llevaba un catálogo en sus manos, me sorprendió que no pareciera antiguo. Incluso en la penumbra de la tienda se reconocía el logotipo de Breitling. Ella se acercó a mí, y cuidadosamente lo abrió.

—Mira, tengo aquí el último catálogo de Breitling, de 2019.

Entonces empezó a explicarme:

—En 1952 pudo contemplarse la aparición de un prototipo de reloj sin precedentes que sigue conservando hoy su carácter emblemático: el Navitimer de Breitling. Su nombre es un compuesto a base de los términos «navigation» («navegación») y «timer» («temporizador»). Equipado con la regla de cálculo específica para aviación que había presentado el Chronomat, el modelo, y no es de extrañar, ha sido desde entonces la elección de innumerables pilotos, líneas aéreas y fabricantes aeronáuticos.

Adela Crowdler detenía su lectura de vez en cuando, y me mostraba algunas fotografías en el catálogo. Estas sí, antiguas. Luego continuaba:

—En 1962, el Navitimer vio nacer un hermano: la versión del clásico original diseñada por el astronauta Scott Carpenter. El nuevo modelo exhibía esfera de 24 horas, por la razón de que en el espacio no se distingue entre el día y la noche. Carpenter utilizó el reloj el 24 de mayo de 1962, en su misión a bordo de la nave espacial Aurora 7. En la película de 1965 Operación Trueno, James Bond, interpretado por Sean Connery, recibe de Q un modelo Top Time muy especial. La versión cinematográfica del reloj, en efecto, va equipada con un contador Geiger que servirá a 007 para evitar una catástrofe nuclear cuando localice unos misiles robados que están escondidos bajo el agua, misión en que le será imprescindible el Top Time que lleva en la muñeca. Gracias a su audaz forma cuadrada, la publicidad del Top Time se dirigió también intensamente a la generación más joven, en particular al sector femenino. Tal como decía un anuncio de la época, “Todos piensan en cronógrafo”, y así aquellos relojes que marcaban tendencia, se vendieron estupendamente entre mujeres con estilo en busca de un accesorio que las ayudara a destacar entre la multitud.

Me mostró algunos fotogramas de mi ídolo de ficción, James Bond, interpretado por uno de mis actores favoritos, el mejor 007 de todos los tiempos, Sean Connery. Acto seguido, prosiguió con su lectura.

—Scott Carpenter y Sean Connery no fueron los únicos famosos que mostraron en la muñeca relojes Breitling. También la actriz Raquel Welch lució con su inconfundible glamour un modelo Co-Pilot en la película La espía que cayó del cielo. La leyenda del jazz Miles Davis usaba un Navitimer, al igual que los pilotos de Fórmula 1 Jim Clark y Graham Hill. Es sabido, asimismo, que el medalla olímpica de oro, el esquiador Jean-Claude Killy, pese a su célebre vínculo con otra marca de relojes (Rolex), usaba también un Breitling, incluso en las pistas. Y, más recientemente, los hermanos gemelos astronautas de la NASA Scott y Mark Kelly confiaron también en sus relojes de pulsera Breitling tanto en el espacio como en tierra firme.

Como buen conocedor de relojes, estaba familiarizado con la historia del Navitimer, aunque había información extra en aquel catálogo que para mí era nueva y al mismo tiempo curiosa. Lo del esquiador Jean-Claude Killy, un adelantado a su tiempo, que como la mayoría de «influencers» actuales, venden su imagen a una marca, pero luego utilizan otra.

—Estos catálogos son alucinantes. —observé yo. —La calidad del papel, las fotografías, el texto, las composiciones gráficas, …
—Sí, da gusto ojearlos, ¿verdad?
—Sin embargo, nunca dicen toda la verdad, sólo lo que les interesa. No mencionan que desde hace años James Bond, en sus encarnaciones cinematográficas con Pierce Brosnan y Daniel Craig, lleva relojes Omega, o que el Navitimer no fue un reloj rompedor, sino solamente una mejora sobre el Chronomat.
—Bueno, es su negocio, refuerzan lo que les interesa… A ver, ¿tú que añadirías? —me retó ella.
—Que el Breitling Navitimer es solo una evolución del Chronomat, un reloj que apareció en 1942, al que de hecho, solamente le añadió la regla de cálculo en el bisel. Nada más que eso fue el «Navi». Si hay un Breitling que merezca ese reconocimiento, debería ser el Chronomat.
—Cierto, pero eso no quita que el Navitimer sea también un reloj legendario.
—Por supuesto que no. —concedí yo.

Al día siguiente volví a presentarme en «La Elegante», algo que a Adela pareció no sorprenderla.

—Hola Paul.
—Hola Adela… tengo algo que confesarte.

Capítulo 2
Le expliqué a Adela todo lo que me había transmitido el Navitimer del expositor, como había hecho que mi imaginación viajase a un pasado remoto, a 1961. Le conté lo del vuelo de prácticas, lo del comandante Michael Simonds en su 707…

—Es una cosa que me fascina de los relojes. —dijo ella comprensivamente. —No sólo nos permiten medir el tiempo, sino a veces, viajar en él, aunque sea a bordo de la imaginación, como a ti te ha ocurrido.
—Eso es lo que yo pensaba, que había sido mi imaginación. Pero ¿sabes? Empiezo a dudarlo.
—¿Por qué?
—Ayer cuando regresé a casa tenía una sensación extraña, como un presentimiento. Y entonces busqué en internet sobre Michael Simonds y el American Airlines 1502.
—Venga Paul. ¡No me digas que existió! —exclamó ella.
—Sí, y aún hay más. ¿Quieres saber la historia?

Veintitrés minutos después del despegue, justo dos minutos después de que Adela interrumpiera mi ensoñación, el Boeing 707 «Flagship Oklahoma» fue visto en una caída en picado ladeado hacia la izquierda. En aquel momento, la tripulación de vuelo probablemente estaba llevando a cabo un apagado y puesta en marcha del motor, un ejercicio que se realiza con cierta frecuencia. Se aproximaban a gran velocidad a un cañón, una maniobra que requiere treinta grados de flaps, o bien acelerar el motor al máximo, y levantar el morro. El último contacto de radio sucedió a las 11:57:57, es decir diez o quince minutos después del problema. El avión terminó chocando en el océano, a ocho kilómetros de Montauk Point, los seis tripulantes murieron. No se sabe qué ocurrió exactamente, los técnicos indicaron como causa probable de la catástrofe algo tan genérico como «Pérdida de control por razones no determinadas».

Adela se quedó pálida, y aún así, demostrando una gran empatía, me dijo:

—¿Estás bien Paul?
—Sí, gracias. La impresión me la llevé anoche, cuando leí el reporte en internet. Y tú, ¿cómo estás?
—Buff, no sé decirte. Como alucinando. —confesó ella.
—Me pregunto si en caso de que no me hubieras interrumpido, el sueño hubiera continuado. Si… —dije.
—Ya. Si hubieras llegado a ver la causa del accidente…

Como decía Adela, los relojes nos pueden hacer viajar en el tiempo, aunque sea solamente en nuestra imaginación.

Notas a «Día de Reyes»
Tenía ganas de poder centrarme en el mundo de la aviación, no tanto en los aviones, que es algo que me gusta, y que ya he tocado con Paul Davis, sino en el de los pilotos y las tripulaciones. Verlos con esos elegantes y autoritarios uniformes, sus escalafones casi militares, la clase que rezuman, y sobre todo, en sus relojes.

Quería escribir un relato navideño, pero cuantas más vueltas le daba, más se alejaba la idea de una típica historia de Navidad. Entonces, como por un presentimiento, lo mismo que le ocurre a Davis, encontré la crónica del AA1502. Ciertamente no ocurrió el Día de Reyes, pero si muy cerca, un 28 de enero. El comandante Michael Simonds, y el copiloto Lester Abrahams son pura ficción. Lo mismo que los detalles que se pincelan de sus vidas. Tampoco se sabe si vestía un Breitling Navitimer, aunque es probable que así fuera.

El Boeing 707 estuvo en producción desde 1958 hasta 1979. Se fabricaron más de mil unidades. Lo curioso de todo, es que la última de ellas, fue retirada del servicio precisamente el año en curso (2019), otra casualidad más. El Breitling Navitimer en cambio, se sigue fabricando, en cierta forma, habiendo transcendido a la vida y la muerte de muchos que lo portaron.

10 comentarios en “Paul Davis, día de Reyes”

  1. Gracias por el regalo, es un bonito detalle (y por el link, aunque esté mal, jaja!). A ver si pronto nos sorprendes con más recopilatorios.

  2. El principio,Guti,es clavado a cómo veo o interpreto la «navidad».
    Mi percepción es igual.De como el supuesto nacimiento de Jesús de Nazareth,que si hilamos fino y le sacamos punta al lápiz,para empezar no nació ni en diciembre,pero bueno, supongamos que si,que nació el 25 de diciembre,una celebración que debería ser de humildad y espiritualidad,acorde al mensaje de Jesús,y a sus enseñanzas,si ahondamos un poco en su visión de vida y no como hace la iglesia,que se queda en lo superficial,se ha convertido,en mi opinión,que nadie lo tome a mal,en una fiesta sinsentido absoluto,que no tiene ni pies ni cabeza.No quiere decir que sea así,pero así lo percibo yo.Estas fiestas se celebran,sin saber porque,porque es una gigantesca bola de nieve que echó a rodar hace siglos que proviene de una fiesta pagana que celebraban el alargamiento de los días,es decir,la victoria de la luz a la oscuridad y derivó poco a poco en una fiesta carente de la espiritualidad del mitraismo o de la propia vida de Jesús.
    Pero,bueno,a quien le gusten, perfecto.Cada uno tiene su visión de las cosas.Ni mejor ni peor.Distintas.Ahí radica lo bueno.

    Un saludo.

  3. Buenas tardes D. Javier y participantes de la magnífica bitácora.

    Gracias de por tu regalo, Conciso relato.

    ¿Cuál es la línea temporal de tus novelas o relatos?

    Muchas gracias.

  4. Gracias por tus palabras Sergi. Como narrador aficionado, es todo un placer.
    La linea temporal suele ser actual. Lógicamente la carrera de Paul Davis es larga, algunos casos son de hace 1 año, otros de hace 5 años, e incluso hay algunos spin-offs en épocas bien diferentes.

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