Todos los que en alguna ocasión hemos intentado escribir un libro, aunque no lo hayamos logrado, aunque no haya salido como deseábamos, somos conscientes de lo meritorio que es cuando algún autor se decide a hacerlo.

En el tópico de plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo, probablemente la más difícil de las tres, sea la del libro. Plantar un árbol, o tener un hijo son acciones que requieren de una motivación puntual. Te pones, lo haces, y lo cumples. Naturalmente la complicación de ellas no está en el acto inicial, sino en la responsabilidad de su cuidado durante el tiempo. Podarlo, regarlo, cuidar del bebé, darlo todo por su bienestar, …

Una obra literaria es algo totalmente diferente. para ponerse a ello, no es suficiente con un breve impulso inicial. Esas fuerzas suelen agotarse irremediablemente cuando llegamos a las 5, 10 o 20 páginas. Hace falta algo más que inspiración. Necesita constancia, implicación y esfuerzo.

No todo acaba ahí, una vez “terminada”, hay que leerla varias veces, repasar su ortografía, su redacción, y sobre todo, su consistencia. Es un proceso largo, tedioso y aburrido, donde te parece que ya has visto todo lo que deberías ver. Se trata de pulirlo, y como en cualquier otra tarea intelectual humana, en los pequeños detalles es donde está la virtud. La diferencia entre algo mundano, y algo que pueda tener cierta importancia.

Esos son mis motivos por los que considero que no hay libros nefastos. Todos merecen como mínimo, nuestro reconocimiento al trabajo de su autor.

Nunca he comprendido el carácter decorativo de un libro, esas estanterías llenas de volúmenes en nuestros hogares, bestsellers generalmente, que todos tienen pero que nadie ha leído. El valor de un libro, es lo que dice, y como lo dice. Si acaso, nuestra responsabilidad es de leerlos, y cuando son obras antiguas en papel, custodiarlos.

Cuando como en el caso de Juan Antonio Carretero, alguien piensa en que le gustaría que leyeras su narración, me siento orgulloso y honrado.

Hoy os he traído dos casos. Volúmenes completamente diferentes unos de otros, pero que comparten que sendos autores, pensaran en mi como “conejillo de indias”. Labor a la que accedí gustoso, y que estaré encantado de volver a repetir.

Las playas de Venus (Bia Namaran)



Bajo el seudónimo de Bia Namaran, nos encontramos con un lector fiel de este blog. Algo que es recíproco, porque me considero un entusiasta de los suyos.

Una mente inquieta, con la que comparto ciertos valores transcendentales, y al que tras el paso de los años, puedo considerar un amigo. Ello no es ápice para que lo considere mi escritor aficionado favorito. Sus historias, destilan esos anhelos de un mundo mejor y más justo, nos retrotraen a los mejores recuerdos de nuestra infancia, alaban la importancia del amor, sin importar cuan diferentes sean.

Sus relatos suelen tener toques de relojería, tecnología, un añadido más para acabar bordando el conjunto.

Como articulista y editor lo conozco sobradamente, y cada día o cada dos días leo todo lo que publica. He leído todas su anteriores obras. Sus obras anteriores, editadas también con el alias de Nelbu, incluyen El Imperio, Purgatorium: Cuatro tétricos relatos en torno al G-7710 y 19 Minutos. Decía aficionado, porque la de escritor no es su profesión, que tiene que ver más con la tecnología que con las letras.

Me cuesta ser imparcial ante un texto que comienza con un agradecimiento a mi persona, y que me embarga en una especie de emoción intelectual.

En Las playas de Venus nos plantea un interesante futuro cercano en el que la Tierra recibe una invasión alienígena. Su desarrollo, no tienen nada que ver con las batallas o complots a los que estamos acostumbrados en la televisión. Ésta es otra cosa, con un ambiente similar el de Robert A. Heinlein en Brigadas del Espacio, pero con la diferencia de que los malos no son ellos.

La sabiduría de quebrar los huesos (Pablo Matilla)



Mi relación con Pablo Matilla se inició de manera profesional, respetábamos nuestros conocimientos, pero nunca llegamos a tener nada íntimo. Años después, y gracias a las redes sociales, nos convertimos uno del otro en admiradores. Quizás nuestras formas de pensar tan diferentes, pero en otros aspectos tan cercanas fuera la causa de ese tipo de curiosidad que nos invadió, llegado a enfrentar el minimalismo y coleccionismo.

El perfil de Pablo es totalmente distinto. Mucho más experimentado, tras sus colaboraciones en Iceberg (2014), Paraguas para el diluvio (2012), Relatos 02 (2011) y Tiempo narrado (2010) se nota en su técnica literaria. Frases que fluyen, y que siempre utilizan el adjetivo correcto. Que no abusan de la complejidad sintáctica, y que están pensadas y plasmadas para llegar con toda su fuerza al lector.

Desde Historias Minimalistas, nos incita a reflexionar y a cuestionarnos algunos aspectos de nuestra forma de pensar. Abandonado el sector del marketing y la tecnología, se dedica profesionalmente a lo que le gusta, y debo decir que se le da estupendamente. A escribir.

La sabiduría de quebrar los huesos es su primera obra íntegramente propia. Una recopilación de 15 relatos que comparten como temática el miedo. No esperéis algo como los cuentos de H. P. Lovecraft, puesto que este volumen no va a provocarnos miedo.

Se desarrolla en diferentes ambientaciones, pero ninguna de ellas oscura o tétrica. Los personajes resultan cercanos, pero la forma en que se desarrollan las historias, provocan que terminemos la lectura de cada una de ellas con una intensa y desagradable sensación. A veces de tristeza, a veces de pena.

Esa es la habilidad de su autor, hacernos sentir de un modo, que nada tiene que ver con las situaciones que se plantean, sino con su esforzado, y aparentemente casual cuidado de los detalles.