Cuando a principios del 2000, yo me dedicaba a la consultoría en Java, cosas que tiene la vida, un colega era fanático de NeXT.

Había programado bastante en Smalltalk, y me hablaba de Objective-C como la panacea del futuro. El discurso me encajaba, yo ya era un entusiasta de C hacía muchos años, y el concepto de un lenguaje C con objetos, pero sin las complicaciones de C++, sonaba prometedor.

Curiosamente el tiempo pasó, abandoné ese puesto, y por supuesto Objective-C desapareció. Pero en tecnología, igual que en la moda, muchas cosas se van, y luego vuelven.

Es el caso de Objective-C, que a raiz de MacOS X, y mayormente de iOS está viviendo una época dorada, en lo que a mi respecta, más por imposición comercial, que por sus ventajas intrínsecas.

Recordemos que Objective-C tiene sus raices en 1981, cuando no era más que un preprocesador de C, es decir, transformaba los archivos fuente Objective-C a C, y el compilador de C era el encargado de compilarlos. Fue un gran avance proporcionando OOP, sin necesidad de nuevas herramientas, pues esencialmente seguía sirviendo el mismo C.

No sería hasta 1983 que se crearía C++, un lenguaje por aquel entonces mucho más potente, pero que por contra, requería de un nuevo compilador.

Los compiladores de C++, empezarían a popularizarse a principio de los años 90, tanto es así que en muchos casos, causaron la extinción de los de C, pues era habitual que el mismo compilador de C++, tuviera también un frontend de C, con lo que a efectos prácticos, la misma herramienta era capaz de compilar C y C++.

Objective-C me sigue resultando complicado de leer, nada que ver en ese sentido con C. Se que es puramente un problema de sintaxis, y que si fuera necesario no impediría que acabase dominándolo, como ya me ocurriera con Pascal.