Hace casi un año que publiqué mi último relato, DV02, que tenéis disponible para leer, y descargar gratuitamente en Mis libros en formato epub además de Lo mejor de J.G. Chamorro.

Pero había algo que aún no había probado, vale, en realidad hay muchas cosas que todavía no he probado, pero quiero decir algo a nivel literario, y eran aquellas historias por entregas que en el pasado publicaban multitud de revistas y periódicos. Como las Aventuras de Sherlock Holmes en el Strand, o los cuentos de ciencia-ficción que aparecían en Playboy.

Con cerca de 6.000 palabras es lo más largo que he escrito en los últimos años, exceptuando código de programación. Unas 15 páginas A4, que se leen fácilmente, y me han permitido dividirlo en 3 estregas, que se publicarán cada 10 días.

Os dejo con Diamantes positrónicos (© 2017 Javier Gutiérrez Chamorro).

La joven Susan Calvin, se encontraba en el laboratorio de la “US Robots and Mechanical Men, Inc” de Schenectady (Nueva York). Contaba 20 años de edad, de estatura media, con el largo cabello de color castaño oscuro, y la piel de un tono blanco-amarillo, era exótica y atractiva. Tanto que, vista fuera de su entorno habitual de trabajo, pocos podrían pensar que se encontrasen ante una de las más brillantes promesas de la firma.

Tras un agitado día de trabajo, leía tranquilamente el último ejemplar de “Practical Electronics”. Un extenso artículo, retomaba la idea del antiguo transistor de silicio descubierto hacía ya casi 50 años, y del que no se había encontrado ninguna aplicación práctica, o al menos, ninguna aplicación práctica que ofreciera aplicaciones comerciales. El opúsculo en cuestión emplazaba al lector aficionado para que pudiera construirse por su propia cuenta, un receptor de radio en miniatura.

La idea sonaba cuanto menos divertida, pero Susan, imaginaba los nuevos robots parlantes que, ataviados con una de esas radios, pudieran recibir, ¡o incluso responder! a las órdenes de sus dueños en la distancia.

Como experta en cibernética y psicología, era plenamente consciente que el cerebro positrónico, gracias a los contactos entre la antimateria del positrón (o antielectrón), y las placas de iridio y platino, era la que posibilitaba el pensamiento difuso en las máquinas. Daba cierto margen al cerebro electrónico para que éste llegara a sus propias conclusiones. Como en los humanos, el juicio de valor podría arrojar ahora un resultado, y al evaluarlo nuevamente dos minutos después, otro completamente distinto. Dependía del análisis de todos los factores involucrados. Solamente unas reglas sencillas, limitaban estos resultados, evitando que la máquina, fuera peligrosa para sí misma, o para los seres humanos. Era lo que se conocía como Leyes de la Robótica.

Susan se dirigió a la Sala de Experimentos 101, 6 robots de la gama Easy (EZ-27) se movían libremente por la diáfana sala de color blanco, y suelo de goma negro, mientras el doctor Alfred J. Lanning, Director de Investigaciones en “US Robots” los observaba atentamente a través de diferentes pantallas de rayos catódicos.

Alfred era delgado, y como el típico sabio, apenas conservaba pelo en la cabeza. Tenía cerca de 70 años, y si bien debería haberse jubilado, o al menos retirado de la primera línea hacía años, como él decía, aquello era su vida y no pensaba en el descanso.

— ¡Hola Alfred!

— Buenas tardes Susan. ¿Qué te trae por aquí?

Sin mediar palabra, Susan le mostró al investigador el número de “Practical Electronics” que había estado leyendo unos minutos antes. Estaba abierto directamente por la página del artículo de la mini-radio a base de transistores.

Alfred comprendió de inmediato la idea. En una sociedad como aquella, en la que la mayoría de las regiones del mundo habían prohibido el uso de robots, utilizar la radio abría nuevas posibilidades. Nada impedía al operador estar cómodamente sentado en su despacho de Manhattan mientas que, a 1300 millas de allí, en Little Falls, los robots dirigidos por él realizaban sus trabajos de extracción de diamantes en “Treasure Mountain”.

El presidente, Mr. Lawrence Robertson se encontraba en Bruselas, negociando con Europa Unida el alquiler a largo plazo de máquinas pensantes, que ayudarían inicialmente a repartir la carga marítima en contenedores de tamaño estándar. Se encargarían de repartir de forma óptima las mercancías, aprovechando al máximo el espacio disponible, y en conjunto, permitiendo que los envíos más urgentes, fueran entregados con mayor urgencia. Era sólo el comienzo, porque poco a poco esa tecnología iría ganándose la confianza de la gente, y dando paso a nuevas aplicaciones. La gestión del tráfico rodado y los semáforos; la búsqueda y el almacenaje centralizado de conocimiento y un sinfín de posibilidades.

A falta de un presidente disponible con el que cotejar la idea, Alfred y Susan, decidieron ponerse en contacto por videófono con Scott Robertson. Mr. Robertson era el principal inversor de la “USR”, y estaban deseando confirmar con él que la idea era buena.

Scott Robertson era un hombre elegante, de aspecto joven y saludable, y del que costaba determinar su edad exacta. De estatura y complexión media, tendría entre 50 o 60 años, un cabello de color negro brillante, y la piel bronceada. Siempre iba acompañado de sus gafas de montura negra y su reloj de bolsillo marca Waltham de hace más de 100 años.

No se equivocaban. A Robertson le entusiasmó la idea. Él mismo les animó a hacer una prueba lo antes posible, asegurando que asistiría personalmente cuando se llevara a cabo. Estaba impaciente por verlo con sus propios ojos, y si era posible, compartirlo con su socio y amigo Lawrence Robertson tan pronto regresase de Europa Unida.

Tras agotadoras jornadas de desarrollo, ensayos y ajustes, once días después todo estaba terminado y listo. Las pruebas de integración dieron valores nominales. Las repitieron de manera ciega tres veces para asegurarse. Todo parecía estar bien.

Sólo faltaba la gran presentación. Tras el estrado de la sala de convenciones, se encontraban Susan, Scott, y Lawrence. La charla era dirigida a un auditorio completamente desierto. Solamente los ojos de unas frías cámaras de televisión registraban el acontecimiento, que era transmitido por cable al centro de control de “Cablevision”, y luego distribuida a lo largo y ancho de todo el globo.

Un robot se iba acercando hacia los tres ponentes. Con su caminar lento y seguro, descendió los peldaños del escenario, y cambió de dirección dirigiéndose hacia las cámaras de retransmisión. Sobrepasó el foco de las cámaras, desapareciendo por tanto de sus objetivos, y de la atenta mirada de los espectadores.

Alfred Lanning había ido entrando al estrado quedándose situado en el lateral izquierdo de sus compañeros. Portaba una radio en la mano. La acercó a su boca y dijo:

— Easy, date la vuelta, y saluda a las cámaras.

— Sí, amo. —Se escuchó la voz metálica del robot por el pequeño altavoz de la radio transmisora.

En sus casas, sus puestos de trabajo, en los bares y hasta en los centros científicos más reputados del mundo, la gente vio aparecer de nuevo al robot en el plano principal. Efectivamente se había dado la vuelta siguiendo las instrucciones que a distancia le transmitió Alfred, y en esos mismos instantes, estaba saludando con su mano derecha a los telespectadores.

Muchos comenzaron a aplaudir emocionados por lo que habían visto. Una reacción que obviamente ni Alfred, ni Lawrence, ni Scott ni Susan pudieron percibir. La retransmisión finalizó pocos segundos después tras unas breves palabras de agradecimiento al público por parte de los ponentes, emplazándoles a que pudieran obtener más detalles acerca de la investigación desde cualquier terminal con conexión cablegráfica a “US Robots and Mechanical Men, Inc”.