Desde siempre me he sentido entusiasmado por cómo el reloj ha contribuido a nuestras vidas. Además de ser pura pasión horológica, me atrae esa visión de instrumento capaz de medir el tiempo, y que apenas sin habernos dado cuenta, han cambiado nuestras vidas. A lo largo del tiempo, un tiempo que de hecho, los relojes han sido quienes lo han contabilizado, se han ido adentrando en nuestras vidas.

Los relojes inteligentes (Smartwatches), o las pulsera inteligentes (Smartbands) que cada vez vemos con más regularidad, no sólo son capaces de medir ese devenir del tiempo, sino también de muchas de nuestras actividades cotidianas. Mediciones completas, e individuales para cada uno de nosotros. Qué distinto es, de cuando los primeros relojes de sol, o de agua (clepsidras), ayudaba a coordinar las tareas de los pueblos. Con la introducción de la mecánica, en el siglo XIV, los relojes en las iglesias, facilitaron a los feligreses la planificación de los oficios religiosos.

Podemos comenzar por el siglo XVII y XVIII, cuando la relojería, era imprescindible para marineros y navegantes, muchas veces, dejando en manos de estas herramientas mecánicas el rumbo de sus naves, y muchas veces sus vidas. Eran relojes de bolsillo, creados por artesanos, y que además disfrutaban aquellos personajes notables cuyo acaudalamiento se lo permitiera: nobles, científicos, …

Las mejores casas, contarían con relojes de pie y sonería, y más tarde de pared. Los despachos de hombres de negocios, comerciantes y abogados, sin duda tenían relojes de mesa.

Ya en el siglo XIX, aún con relojes de bolsillo, surgiría la siguiente revolución: el ferrocarril. Con las velocidades que obtenían los trenes, se produjeron desafortunados accidentes. A partir de entonces se instauró la obligación que tanto maquinistas como interventores y jefes de estación, dispusieran de un reloj para cumplir su cometido con precisión. Estos relojes ferroviarios, estaban homologados, debiendo cumplir determinados criterios en cuanto a usabilidad (esfera blanca, números arábigos negros y legibles), como en cuanto a precisión en diferentes condiciones. Sería el primer estándar cronométrico, y que curiosamente, con una tolerancia máxima de 30 segundos a la semana en 5 posiciones, era en algunos aspectos más exigente que COSC.

Multitud de compañías aparecieron, cumpliendo y mejorando esos requisitos: Elgin, Waltham, Hampden o Illinois, de las que hoy solamente nos queda Hamilton. Tal vez hoy en día, la mayoría asocien reloj ferroviario con los suizos Mondaine, pero el logro de éstos, fue instaurarse en las estaciones de tren, no en los bolsillos de los trabajadores clave.

Esa misma época, llevaría a que las damas más elegantes, tuvieran en su poder un reloj joya, en definitiva, un ornamento, que a modo de herramienta y de complemento, sería el primer reloj de pulsera décadas antes de que se estableciera su uso en el sexo masculino.

Tal vez el siguiente hito, fuera el mundo de la aviación. Primeramente con relojes aún de bolsillo, y luego sus adaptaciones a la cabina como los Molnija. Finalmente acabarían siendo de pulsera. Donde nuevamente, una medición precisa del tiempo, era indispensable para los cálculos de navegación. Debido a las elevadas velocidades de estos aparatos, aún en mayor medida que en los navíos. Así tendríamos aún a Hamilton, Poljot pero también el Breitling Navitimer o incluso el Omega Speedmaster que llegaría a la luna. No podríamos olvidarnos del Heuer Autavia, quizás el primer cronógrafo automático del mercado.



Tras la aeronáutica, le seguiría la automoción, principalmente deportiva y de competición, donde los pilotos confiaban sus mediciones a relojes como los Heuer Carrera y Monaco o los Hanhart y Doxa. En la actualidad, quizás Sinn sean los únicos que siguen fieles a ese concepto.

No debemos olvidar a los buceadores que se equipaban con Rolex Submariner, el primer reloj sumergible del mercado, cuando como os contaba en Los relojes y los precios, éstos eran más un instrumento de calidad y precisión, que un artículo de lujo. Si continuamos con Rolex, podemos ampliarlo a los científicos, que en la época de la Guerra Fría, con los campos magnéticos en auge, bien fuera gracias a la electricidad como a la energía atómica, o la informática, usaban un reloj como el Milgauss, diseñado y construido especialmente para resistirlos.

Los relojes digitales tienen por supuesto un hueco especial. Abanderados de la tecnología japonesa, que nos ofrecían multitud de funciones imposibles de implementar en relojes analógicos: calculadora, agenda, juegos, cronógrafos, cuentas regresivas, alarmas, … Funciones que venían a llenar un hueco que nadie cubría, y en donde marcas como Elektronika o Casio, brillaron, no por el hecho de ser pioneras, sino por el hecho de hacerlas accesibles y baratas para todos.



Si en aquella época, los ricos y poderosos empezaban a llevar también Rolex (ahora prefieren IWC, Audemars Piguet, Patek Philippe o Hublot), no hay que olvidar justo lo opuesto, es decir, aquellos relojes que inundaron al pueblo llano, haciendo de ellos una herramienta accesible a casi todos. Desde Casio con el F-91W hasta los indios de HMT o los soviéticos de Slava y Vostok. En nuestras tierras, quizás recordemos como más cercano los Duward, Cauny, Justina o Thermidor.

Y a la par que los civiles contábamos con nuestros relojes, los militares hacían lo propio, con Benrus, Vostok, Hamilton, Seiko y G-Shock. Curiosamente, este nicho militar, muy extendido actualmente a la sociedad civil con marcas como Marathon, o los citados Casio G-Shock



Me gustaría terminar con otras profesiones y oficios como los médicos y las enfermeras con sus relojes de colgante, que calculaban las pulsaciones por minuto; los ajedrecistas con sus relojes de mesa; los deportistas con sus cronógrafos de bolsillo; los estudiantes con los timbres de escuela controlados por reloj; y hasta los infames, con sus bombas de relojería. A fin de cuentas, a todos los que nos levantamos con la ayuda de despertadores.

Ahora la mayoría de marcas intentan sacar partido de esa herencia, resaltando las virtudes de sus relojes en aquellos tiempos, pese a que en general, ya no les demos esa utilidad, ni sus virtudes nos hagan tanta falta. No tenemos más que echar un vistazo a las campañas de Casio G-Shock y los bomberos. Sin embargo, yo me quedo con esa imagen de utilidad romántica de la década de 1970. De caballeros en sus locos cacharros, acompañados de sus preciados relojes en la muñeca o el bolsillo. El recuerdo de una época que no volverá, pero que nada nos impide rememorar cada vez que lo deseemos.