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J.G. Chamorro y Paul Davis, relojes de altos vuelos en La Sagrerina

Después de Paul Davis, robo lento en Diari Andreuenc conocí la asociación «La Sagrera es mou per les lletres un grupo colaborativo dentro del colectivo La Sagrera es mou que promueve la lectura y la escritura en el barrio.

Llevo más de 30 años viviendo en La Sagrera, así que pensé que estaba en deuda y que debía aportar algo. Decidí cederles la aventura Paul Davis, relojes de altos vuelos como forma de facilitar el acceso a la lectura a aquellos que no quisieran o no pudieran pagar por ella.

No doy abasto haciéndome eco de todas las publicaciones de «A contrarreloj, Paul Davis», así que disculpad el retraso, aunque reconozco también que lo hago con mucha ilusión y ganas.

El relato escogido se titula «Relojes de altos vuelos» incluído dentro del libro «A contrarreloj: Paul Davis, segunda temporada«. Fue publicado por entregas a razón de un capítulo semanal, haciendo un total de 10 semanas que abarcaron desde diciembre de 2021 hasta febrero de 2022 y que podéis encontrar en el Diario La Sagrerina.

Como es habitual os dejo el índice de volúmenes y narraciones para que si os interesa tengáis algo de contexto, y sino, podéis bajar y leer la narración completa de manera totalmente gratuita.

A contrarreloj. Paul Davis, sexta temporada (2020):
• La imaginación de un niño.
• El vendedor ambulante.
• El ministro de interior.
• Tarde de domingo.
• Conflicto de intereses.
• El viejo barrio.
• Yo, el ministro. Demasiado fácil como para resistirse. Primera parte: Gerard.
• Yo, el ministro. Demasiado fácil como para resistirse. Segunda parte: Paul Davis.
• Terminal de contenedores de Barcelona.
• Paul Davis: Código Pelagos.
• El cazarrecompensas.
• El Cartier de platino y brillantes.
• América, América.
• Los casos de la inspectora Castela. El caso del atrapa-ladrones atrapado.
• Tiempo perdido.

A contrarreloj. Paul Davis, quinta temporada (2020):
• Guerra de containers.
• Los Rolex de oro.
• Cazadores de vampiros.
• El Rolex de la actriz.
• Gana la banca.
• Paquetes perdidos.
• La caja fuerte del exmarido.
• El furgón de Cartier.
• Un juego de ingenio.
• Un caso duro.
• Una noche en el calabozo.
• Estafados en La Bolsa.
• Día de Sant Jordi.
• Un trabajo inesperado.
• La confesión.
• Los detectives durante la pandemia del Coronavirus.
• La persecución.
• Desde Polonia con amor.
• Luna Nueva.
• El Gruen Continental perdido.
• Jornada de puertas abiertas en el Padre Calvet.
• El hombre de los dos relojes.
• La invitación de Robin Masters.

A contrarreloj: Paul Davis, cuarta temporada (2019):
• Relatos cortos (II).
• Falso culpable.
• El Ferrari del pasado.
• Robo lento.
• Compañía Internacional de Coches Camas.

A contrarreloj: Paul Davis, tercera temporada (2019):
• Fiesta en Ibiza.
• Relatos cortos.
• El empleado de correos.
• Misterio en las WorldSBK.
• Bonsoir Monte-Carlo.

A contrarreloj: Paul Davis, segunda temporada (2019):
• Robo entre ladrones.
• Ataque a la relojera Tudor.
• La chica de ojos claros.
• Relojes españoles.
• Relojes de altos vuelos.
• Robo en el banco.

A contrarreloj: Paul Davis, primera temporada (2018):
• El caso del Bell and Ross robado.
• El reloj de la condesa.
• El comienzo.
• Bienvenido a Miami.
• Un Apple Watch no hace tic tac.
• El reloj de carey.
• Control de aduanas.

Introducción al autor

Él es Javier Gutiérrez Chamorro, un sagrerense de adopción desde hace más de tres décadas y que firma sus obras como “J.G. Chamorro”. Aficionado a la novela detectivesca y a los relojes decidió continuar la obra del autor Fenix ​​Hebron, protagonizada por el investigador privado Paul Davis.

Paul Davis es un detective pero que no investiga asesinatos, divorcios ni robos; aunque de vez en cuando en sus aventuras se den estas temáticas, su especialidad es la recuperación de relojes, habitualmente en colaboración con las entidades aseguradoras: Robos, fraudes, contrabando…

Bebe de clásicos como Sherlock Holmes o James Bond, aunque con su propio estilo y adaptado a las nuevas tecnologías que cualquier detective del siglo XXI debe conocer y dominar. Las aventuras de Davis son escritos independientes, a veces con escenarios o personajes secundarios comunes, pero que se pueden leer de forma separada sin ningún problema.

J.G. Chamorro compagina la escritura con su profesión en el sector tecnológico. Además escribe en javiergutierrezchamorro.com, una de las webs más antiguas del país, y el referente en cuanto a relojería, Made in Spain y afeitado clásico (otras de sus pasiones).

A día de hoy lleva seis novelas publicadas, disponibles en el Market Place de Amazon tanto en formato electrónico o eBook como en el de papel. Esta aventura titulada “A contrarreloj 12. Paul Davis, relojes de altos vuelos” forma parte de su segundo libro: “A contrarreloj. Paul Davis, segunda temporada”.

Se trata de un relato bastante especializado y técnico, pero al mismo tiempo, escrito con el estilo ameno del autor. Ha sido elegido por sí mismo, pues según confiesa introduce a su colaboradora femenina, además de demostrar la meticulosidad del protagonista; poniendo de relieve que la vida de un investigador privado no siempre debe estar rodeada de rasgos y persecuciones.

Paul Davis, relojes de altos vuelos (Incluido en «A contrarreloj 12» y en «A contrarreloj. Paul Davis, segunda temporada)
Por J.G. Chamorro

J.G. Chamorro y Paul Davis, relojes de altos vuelos en La Sagrerina

Capítulo 1
Por los emails (y alguna carta) que recibo, parece que pensáis que todos los relojes que tengo me los regalan. No había pensado explicar esta anécdota -ya sabéis que no me gusta demasiado hablar de mí-, pero el caso es que ahora mismo llevo el nuevo Zenith El Primero Chronomaster 03.2091.410/01.C494. Un reloj que he pagado de mi propio bolsillo. Bueno, subvencionado gracias a los honorarios percibidos por parte de Maphre unos meses después de resolver el caso de los relojes sustraídos a José Ortega [NE: Ver «A contrarreloj 11. Paul Davis, relojes españoles»]. Era un dinero que, a esas alturas, ya no esperaba recibir, así que lo destiné a un capricho… Vale, tenéis razón, con lo que recibí no me llegó ni para la mitad de lo que costaba el reloj, pero digamos que un conocido de una relojería que visito regularmente me hizo una oferta ventajosa. Si os habéis incorporado a mis aventuras en esta entrega, o sois de los que valoráis más mis capacidades deductivas que mis conocimientos relojeros, os diré que es un reloj que cuesta diez mil cien euros exactamente. A mí siempre se me han hecho raros esos precios, ¿para qué esos cien euros de pico sobre un importe total de diez mil? ¿De verdad a Zenith, o a su empresa matriz LVMH (Louis Vuitton Moët Hennessy) le viene de ahí? ¿Qué tenía de malo la cifra redonda de diez mil euros?

En fin, que me voy por las ramas. Pues resulta que ese amigo relojero me lo ofreció a siete mil y lo acepté. Puede que os parezca una burrada, que me estéis criticando ahora mismo, o tildando de comprador compulsivo, de capitalista, de consumista, de caprichoso o de un largo etcétera de adjetivos calificativos similares. Está bien, ¿cuántos de vosotros tenéis, por ejemplo un coche que cueste más que ese reloj? Pues ahí está mi argumento… Os molesta porque vosotros decidisteis compraros otra cosa, no por su precio o por lo que yo pagué por él. De modo que no me molesta vuestro razonamiento, es un discurso al que estoy acostumbrado. Durante estos años he escuchado de todo, quizás lo más habitual sea «Paul, ¿para qué quieres otro reloj más? ¿Es que no tienes suficientes con los que posees? Si no lo entendéis, no vale la pena que os lo explique ni que sigamos discutiendo. No lograré hacéroslo comprender, por más que insista. Si, por el contrario, sí que lo entendéis, entonces ya sois de los míos. En ese caso, no hay nada que aclarar tampoco.

Aquel martes había salido de casa en armonía y gran parte de la culpa era del Zenith Chronomaster que llevaba en la muñeca y que acariciaba el espíritu, porque, para mí, el día empieza cuando me pongo el reloj.

Había quedado con Franz Lengyel, el dueño de la aseguradora especializada en relojes y joyas “Franz LZ Insurances”, al que, además, podía considerar amigo mío. Como de costumbre, no me había proporcionado demasiada información sobre lo que quería de mí. Sólo que era algo diferente y que me presentara en su despacho, situado en la quinta planta del edificio de su empresa. Ahora que lo recuerdo, quizás era el incentivo por algo nuevo lo que me hacía sentir en avenencia y conformidad con la situación, no sólo el Zenith.

Me sorprendió comprobar que Franz no se encontraba sólo, tenía una visita, así que, educadamente, llamé a la puerta de cristal, esperando que Franz me hiciera un gesto indicando que esperase unos segundos hasta que él se “deshiciera” de ella. Sin embargo, sólo me sonrió y me instó a que entrase.

La chica que le acompañaba me sonaba de algo, aunque no sabía exactamente de qué. Tenía el pelo cortado en forma de media melena e iba teñida de rubio. Sus facciones eran, a la vez, suaves y altivas, una extraña y exótica mezcla.

De pronto, la reconocí. ¡Era la chica perspicaz! La que me atosigó a preguntas inteligentes cuando expuse el caso del ataque a la relojería Tudor en la sala de convenciones de “LZ Insurances” [NE: Ver “A contrarreloj 9. Paul Davis, ataque a la relojera Tudor”].

Espero que no os sorprenda que, en un primer instante, no la recordase. Tal vez penséis que alguien que se las da de ser un buen investigador privado tiene forzosamente que recordar las caras, como si tuviera memoria fotográfica o eidética. En mi defensa, debo decir que, de manera automatizada, mi cerebro es capaz de discriminar el trabajo del ocio. Cuando me encuentro sumergido en una investigación, mis neuronas son capaces de captar y recordar hasta los detalles más nimios. Expresiones faciales, caras, ropas, coches y sobre todo relojes. En contraposición, durante mi tiempo libre, soy un tipo bastante despistado y que, en general, no suele prestar atención al entorno que le rodea, salvo que éste trate de relojería.

―Buenos días ―me saludó Franz mientras la chica asentía.
―Buenos días ―respondí con la mirada fija en la fémina, a la que por fin recordaba.
―Este es Paul Davis, al que usted ya conoce ―le dijo Franz a la mujer, señalándome.
―Encantada de verle de nuevo señor Davis. Soy Anabel Faure Dumont, nos vimos en la charla que impartió en nuestras oficinas hace unos meses.
―¡Qué mal educado soy! ―reconoció Franz. No he debido permitir que la señorita Faure Dumont se presentara por su cuenta. Debí hacerlo yo. Ella no está acostumbrada a esas cosas. ¿No es cierto?

Anabel asintió sin saber muy bien que responder y yo hice lo propio. En su introducción, Lengyel me hizo saber que Anabel Faure Dumont era una incorporación bastante reciente en la estructura de la compañía, pero que, a diferencia de otros “compañeros” con los que yo había colaborado con anterioridad, tenía mucha experiencia. Sólo que en una función distinta de la mía y por eso tenía el convencimiento de que nos complementaríamos a las mil maravillas. Repasó con ella mi currículum, aunque, por la forma en que lo hizo, casi debería llamarlo que repasó mis hazañas. Faure Dumont estaba impresionada. Supongo que era lo que Franz pretendía.

Anabel Faure era de estatura media, de complexión tirando a delgada. Llamaba la atención su largo cuello tipo cisne, acentuado por el corte de pelo, y una elegancia natural que la ropa que llevaba era incapaz de disimular. Tenía labios gruesos y apetecibles y unos pechos que se intuían atractivos y generosos bajo la tela.

Su historia era también peculiar. Llevaba menos de un año formando parte de “Franz LZ Insurances”, ocupando el cargo de restauradora de la compañía. Se había criado entre Francia y Estados Unidos, en donde había vinculado su carrera y sus estudios a las artes. Procedía de una familia acaudalada, gracias a la cual no tenía ninguna necesidad de trabajar. Lo hacía por gusto.

Su padre, un parisino propietario de una cadena de joyerías y relojerías, fue el que le transmitió la pasión por los guardatiempos y las joyas, así que ella decidió combinar ambas disciplinas, las artes con la joyería y la relojería. Había ejercido de tasadora y perista forense en la firma “Jewels & Watches Security” [NE: Ver “A contrarreloj 11. Paul Davis, relojes españoles”], hasta que Franz le dio la oportunidad de dedicarse a la restauración, y que parece ser era lo que más le agradaba.

No sé qué es lo que tendría pensado Franz, pero, de momento, fuese lo que fuese, no me gustaba. Siempre he estado más a gusto trabajando solo. Haciendo las cosas a mi modo, sin tener que coordinar ni informar a nadie más. Con Anabel, la cosa sería peor, no era siquiera investigadora, ¡era una artista!

Capítulo 2
Franz nos fue explicando a ambos que el caso que teníamos destinado era una actividad sospechosa detectada en el aeropuerto internacional de Madrid-Barajas Adolfo Suárez. Los inspectores fronterizos encontraron sospechas en unos relojes antiguos que traspasaban las fronteras con bastante regularidad. No existían pruebas de comportamientos delictivos, pero sí que eran, cuanto menos, actividades extrañas y poco habituales. Se trataba de antiguos relojes de sobremesa y que tal vez pertenecieran a algún tipo de colección privada itinerante que viajaba por el mundo; de ser así, no estaba oficialmente registrada como tal. Los objetos que forman parte de una colección cuya finalidad es la exhibición pública suelen estar catalogados como tales. Es un procedimiento algo tedioso, pero que, al final, acaba agilizando mucho los trámites.

Para hacerlo más extraño todavía, solían viajar acompañados de obras de arte de otro tipo: pinturas, esculturas e incluso alguna pieza de joyería.

La vinculación existente entre los relojes y el arte era donde Franz pensaba que Anabel Faure Dumont podía ser de mucha utilidad. En ese punto, yo estaba de acuerdo con él, aunque algo en mí me hacía creer que las motivaciones de Franz bien podían ser también del tipo “alcahuetense”.

Teníamos que viajar a Madrid y, como caballero que soy, me ofrecí a reservar los pasajes en el puente aéreo para el día siguiente. Anabel me dijo que no me preocupase, que ella me llevaría. Supongo que era de las mujeres a las que les gustaba conducir, después de todo eran solamente unos seiscientos kilómetros que se recorrían fácilmente en coche en seis horas.

A las siete de la mañana, Faure Dumont pasó a recogerme, como habíamos acordado. Conducía un pequeño y deportivo Mini John Cooper Works de color gris antracita, con el techo pintado con una bandera de llegada a cuadros blancos y negros. Me extrañó que, en vez de enfilar directamente la AP-2 en dirección a Madrid, ella decidera tomar la C-31.

A la altura de Sabadell, en el aparcamiento del Aeropuerto del mismo nombre, con identificador LEBL, estacionó su pequeño automóvil. Completamente mudo por la sorpresa, no fui capaz de pronunciar ni una palabra. Simplemente la seguía en dirección a los carteles con el identificativo “Aviación Civil”, sin saber exactamente lo que me esperaba.

Al llegar, nos encontramos con una pequeña sala, donde pudimos consultar la previsión meteorológica del METAR y solicitar nuestro plan de vuelo hacia Madrid. Fue autorizado de inmediato, mientras ella me explicaba que, esencialmente, viajaríamos casi en línea recta hasta Madrid, a una altura de quince mil pies, unos cuatro mil quinientos metros. Los vuelos comerciales usaban rutas al doble de altitud, lo que facilitaba el trabajo a los controladores aéreos, puesto que no había posibilidades de que las vías se solapasen. Igual que os debe ocurrir a vosotros, no sabía lo que significaban las vías en aquel contexto, así que os aclaro ahora que se refieren a las rutas preestablecidas que se forjan a diferentes altitudes. Los caminitos estipulados que siguen los aviones, y que, no sé por qué motivo, han decidido denominarlos como en el ferrocarril.

Nos dirigimos al hangar, donde Anabel abrió la portezuela de una Cessna TU206, también conocida como Turbo Stationair, y me mostró una lista de comprobación prevuelo etiquetada como “Pre-flight Checklist”. Unas actividades normalizadas por la junta de aviación civil y que todo piloto debía ejecutar antes de emprender un nuevo vuelo. Incluía cosas como purgar y comprobar el color de combustibles, revisar que todo estuviera en orden en el libro de mantenimiento, que se hubieran pasado las revisiones requeridas y que no se hubieran encontrado incidencias graves en ellas, que las luces de posición funcionasen, …

El aeroplano era bonito y de moderna apariencia. Una silueta clásica de color blanco rematada con un morro y una cola en azul marino. El lateral mostraba en letras negras la matrícula o identificador del aparato: EC-LTH (Eco Charly Lima Tango Hotel).

―Lima Tango Hotel preparado para rodar ―indicó Anabel por radio a la torre de control.

Después, me explicaría que, como el EC de las dos primeras letras era el distintivo del país, España, en mucha de la fraseología de vuelos locales, esta indicación se omitía. Un recurso práctico en cuanto a economía de la lengua y que tenía mucha lógica, puesto que, en la mayoría de casos, los aviones que vuelan por territorio español son de matriculación española.

Los pilotos y los controladores aéreos estaban autorizados a comunicarse tanto en la lengua local como en inglés, pudiendo incluso cambiar de una a otra en cualquier momento de manera indistinta. Reflexioné acerca de aquello, el verdadero bilingüismo.

―Lima Tango Hotel, autorizado. Ruede hasta pista 3-1. Viento de cola suave a once nudos. ¡Feliz vuelo! ―respondió la torre.

Como podéis apreciar, los mensajes de radio no son como en las películas, nadie dice “Roger” para indicar la “R” de “Recibido”, sino que lo dicen tal cual o lo confirman en el siguiente mensaje de respuesta.

―Lima Tango Hotel, “taxing” hacia 3-1.
―Lima Tango Hotel, recibido. Notifique en cabeza ―radió el controlador de la torre.

“Notifique en cabeza” es otra jerga aeronáutica y que, como tantas otras, forma parte de la fraseología aérea. Su significado era que Anabel estaba autorizada a circular por el aeródromo libremente en dirección a la pista de aterrizaje y despegue, pero que debía avisar a la torre tan pronto llegase al inicio de la misma, y detenerse allí en espera de más indicaciones. Algo interesante era que la pista 1-3 era la misma que la 3-1. El aeropuerto de Sabadell sólo tenía una pista, y 1-3 o 3-1 sólo indicaban su sentido.

―Lima Tango Hotel. Notificado pista ―informó Anabel.
―Lima Tango Hotel, recibido. Espere autorización.

Anabel activó el freno de las ruedas y se mantuvo al principio de la pista con el motor al ralentí y palpable tensión en sus gestos. ¿O tal vez era emoción?

―Lima Tango Hotel, autorizado a despegar. Notifique en Sierra.

Con los frenos clavados, Faure aceleró el motor hasta cerca de las dos mil cuatrocientas revoluciones, bajó los flaps, y soltó el freno. El avioncito emprendió su marcha, acelerando mucho más lentamente de lo esperado, menos que mi scooter. Podéis creerme que en aquel momento tuve muchas dudas de que el aparato pudiera alcanzar la velocidad necesaria para elevarse del suelo.

Rápidamente aumentaba la velocidad, recorriendo los más de mil metros de la pista. Cuando alcanzó los setenta nudos, Anabel tiró de la palanca ascensional con suavidad y el aeroplano se levantó del suelo. El avión comenzó un ascenso bastante pronunciado hasta situarse a los quince mil pies, momento en que, liberado de su fuerza ascensional, empezó a adquirir velocidad hasta conquistar su velocidad de crucero de ciento sesenta nudos, unos trescientos kilómetros a la hora.

Anabel me explicaba que equipaba un motor Lycoming, que generaba trescientos diez caballos de potencia y que funcionaba con gasolina de cien octanos, llamada AVGAS 100/130, permitiéndole lograr una velocidad máxima de más de trescientos setenta kilómetros por hora. Por motivos de consumo, fiabilidad y seguridad, se fijaba el crucero a “solamente” trescientos. En una hora y media aproximadamente estaríamos comenzando el descenso y la aproximación hacia Madrid.

Durante el viaje, el constante zumbido del motor empezó a hacerse incómodo, no era algo retumbante, pero sí molesto. Como si fuera un viaje largo en motocicleta. Por fortuna, los intercomunicadores que hacían las veces de emisora de radio nos permitieron mantener una conversación más o menos normal, con la salvedad de los momentos relativos al despegue, y posteriormente al aterrizaje, que exigían un estricto silencio de radio.

Era extraño que Anabel y yo fuéramos en vuelo hablando de nuestras cosas, mientras de vez en cuando escuchábamos las emisiones de los controladores de diferentes aeródromos que sobrevolábamos y que se dirigían a aparatos de Iberia, Air France o Alitalia. Costaba acostumbrarse a saber que nosotros los escuchábamos a ellos, pero ellos a nosotros no.

Miré mi Zenith cuando empezaban a contemplarse las urbes de Colmenar Viejo y San Sebastián de los Reyes. No pude evitar sentirme un poco como el famoso aviador Alberto Santos Dumont, a quien el joyero y relojero Louis-François Cartier le creó en 1904 el que sería el primer reloj de muñeca para pilotos y que, en su honor, bautizó con el apellido Santos.

Comenzábamos el descenso, habiendo transcurrido una hora y diez minutos de vuelo. La torre nos autorizó a tomar tierra en dirección norte, sobre la pista 32R de Barajas. Eran apenas las diez de la mañana y el parte meteorológico registraba una agradable temperatura de 21 grados centígrados, una presión atmosférica -o QNH como ellos la denominaban- de 982 hectopascales. La humedad relativa era del 68% por ciento. Todo muy agradable, salvo por un viento racheado de cara procedente del este a nueve metros por segundo, que yo estaba a punto de experimentar en mis propias carnes.

Anabel colocó la mano en mi rodilla y me instó a que no perdiera la calma. Me tranquilizó explicándome que la pista de Barajas -o LEMD, porque como ya vais viendo, para los aeronáuticos todo tenía acrónimos-, medía casi cuatro kilómetros y medio de longitud, siendo la más larga de Europa. Surtió efecto y recordé los narcotraficantes colombianos capaces de aterrizar sus Cessna y sus Piper en trescientos metros. Si algo fallaba, a Anabel le sobrarían cuatro kilómetros para imprevistos. No podía pasarnos nada, aquello era normal, me repetía yo.

A trescientos pies de altura impresionaba la anchura de más de sesenta metros de la pista, algo que es apabullante visto desde un gigantesco Airbus A380, pero que, por contraste, en una pequeña Cessna, con una envergadura de alas de menos de once metros, abrumaba.

Redujo el motor al ralentí, tras casi dos horas con ese zumbido acompañándonos, me dio la impresión que se hubiera parado completamente. Tras el silencio repentino, el avión fue reduciendo su velocidad progresivamente, al tiempo que el negro asfalto de la pista pasaba raudo bajo nuestros pies. Temía que se nos acabara el terreno, pero miraba a la piloto, con aspecto tranquilo y concentrado, e intentaba pensar en las gestas de los colombianos, calmándome de inmediato, al menos un poco.

Mi cuerpo percibía como si el aparato fuera volando de lado, en diagonal sobre la trayectoria recta que debía seguir, e instantes después, cuando la racha cedía, se colocaba derecho hasta volverse a torcer. Observaba como Anabel rectificaba los controles cada pocos segundos, con movimientos suaves y controlados. No era una sensación de seguridad, y la voz mecánica de los “call-outs” del GPWS no ayudaban a que ganase confianza. Parecía como una cuenta atrás en la que se nos acabara el tiempo: “One hundred”… “Fifty”… “Fourty”… “Thirty”…

El altímetro rozaba los veinte pies cuando el anemómetro bajó de sesenta nudos. Entonces coincidió la voz del “Twenty”, con el desagradable pitido de alarma por pérdida o “stall”. Sentí como el aparato empezaba a caer casi a plomo, hasta que las tres ruedas del tren de aterrizaje tomaron tierra y el avión se estabilizó.

―Como dicen los aviadores, aterrizaje duro, aterrizaje seguro ―murmuró Anabel con una sonrisa.

Yo también sonreí y, quizás para liberar la tensión acumulada, decidí bromear:

―Señores pasajeros, les rogamos que permanezcan en sus asientos con los cinturones de seguridad abrochados hasta que el avión se haya detenido por completo.

Capítulo 3
Abandonamos la pista por la terminal de aviación privada, algo que yo nunca había experimentado. Como la mayoría de vosotros supongo que tampoco, para que os hagáis una idea, es una terminal específica para vuelos privados o particulares. Por donde sale Bruce Dickinson de Iron Maiden cuando aterriza con su Boeing 757 o Shakira cuando la llevan en avión privado hacia alguno de sus conciertos.

Si viajamos en un vuelo comercial, todos los pasajeros llegamos a la misma terminal casi al mismo tiempo. En hora punta, el ritmo es endiablado, aproximadamente un vuelo cada cincuenta segundos. Lo que representa una media de diez mil pasajeros por hora. Gente que, como tú y como yo, tenemos que hacer cola para recoger el equipaje, esperar turno para pasar por el control de pasaportes, y otra cola más para pasar por aduanas. En los vuelos privados, si hay mucha afluencia, no seréis más de veinte personas, incluyendo políticos, famosos, militares y guardaespaldas. Sales del aparato con tu propio equipaje y la cola en pasaportes o aduanas es virtualmente nula.

Os estaréis preguntando si a los famosos que pasan por el control de seguridad les hacen descalzarse los zapatos o quitarse sus caras joyas o aparatosos relojes, como nos ocurre al resto de los mortales. Pues no, no lo hacen, o al menos no que yo viera en aquel momento.

En cuestión de segundos, habíamos terminado los controles de salida y, para ahorrarnos más tiempo, nuestro interlocutor, el señor Alfredo de León, nos estaba ya esperando.

―Gracias por venir tan rápido ―nos dijo, tendiendo primero la mano a Anabel y luego a mí con gesto educado.

Anabel sonreía discretamente al escuchar las palabras de “tan rápido”. Yo hacía cálculos mentales de lo que había debido costarle el viaje a Anabel.

Alfredo tenía unos cuarenta años, vestía con ese habitual traje de color negro que luce el personal de AENA en los aeropuertos españoles, con camisa blanca debajo y una poco original corbata estampada. Llevaba el pelo más largo de lo normal y usaba gafas graduadas, que, como no podían ser menos, eran de estilo aviador. Unas American Optical, creo recordar.

Nos explicó con mayor profundidad lo que Franz nos hizo hecho saber el día antes. Era una mercancía que habían visto pasar por Barajas al menos en cuatro ocasiones durante el año. Viajaba en valijas que eran transportadas en la bodega de carga de los aviones. Los propietarios siempre eran personas diferentes. A veces una sola, pero normalmente dos. Decían representar a una firma de antigüedades que exponía y vendía sus piezas por todo el mundo.

Hasta ahí, todo era bastante comprensible. Los anticuarios de lujo son capaces de llevar hasta el domicilio del potencial cliente aquellas piezas que éste les haya pedido. Se trata de que pueda examinarlas y contemplarlas en el entorno que le sea más cómodo y, si finalmente son de su gusto, que las adquiera. Teóricamente son visitas sin compromiso, eso quiere decir que el cliente puede rechazar todos los artículos que se le presentan, aunque, si lo hace a menudo, entonces descenderá en la escala y ya no será tan fácil que un empleado les lleve las piezas a su casa para que las vea. Probablemente, deba ser el cliente el que acuda a una de las sucursales por sus propios medios. Después, si vuelve a adquirir unas cuantas, volvería a subir en la escala y nuevamente los comerciales se las llevarían a su domicilio.

Lo que sorprendió al equipo de seguridad del aeropuerto -y, por ende, a Alfredo de León como responsable de la investigación- fue comprobar que muchas de las piezas se repetían. Recordaba una pintura de las que transportaban y que el equipo de seguridad había detectado en cuatro ocasiones. Era fácil de recordar porque retrataba a una madre joven con el pelo rubio y a su hija, como si hubieran salido de un baño. La hija era la representación en miniatura de la madre, casi iguales en cuanto a facciones, expresiones e incluso en el corte de cabello que lucían.

Cabía la posibilidad de que un potencial cliente madrileño rechazase un reloj de sobremesa del siglo XVIII, pero eso haría muy improbable que un par de meses después ese reloj volviera a llegar al aeropuerto de Madrid. Hilando muy fino, podíamos pensar que quizás el comprador original se lo pensó de nuevo, decidiendo finalmente adquirirlo. O que había otro acaudalado cliente en la ciudad al que le interesase. Sin embargo, había ocurrido ya en cuatro ocasiones, demasiado. Y eso solamente empezando a contar desde hacía un año cuando repararon en ello por parecerles sospechoso.

El problema que teníamos era que transportar antigüedades no era un delito, los funcionarios de fronteras no pudieron retener el cargamento en las dependencias aeroportuarias, así que era imposible examinarlos “in-situ”. Sin embargo, sí tenían fotografías y videos de los cuatro últimos viajes, incluyendo las fichas de sus respectivos consignatarios.

Alfredo nos acompañó hasta una de las salas habilitadas en el aeropuerto de Madrid-Barajas Adolfo Suárez y que reservaban para reuniones, inspecciones y almacén de pruebas forenses. Una sala multiuso que utilizaban con regularidad guardias civiles, policías, funcionarios aduaneros y todas las formas de control y seguridad que os podáis imaginar. Era una dependencia un tanto triste, iluminada con tubos fluorescentes a una mortecina temperatura de color de unos 5.000 grados Kelvin.

El ambiente en ella era silencioso y la temperatura mucho más fría que en las zonas públicas del aeropuerto. Aquello me indicaba que esa sala había estado cerrada y sin uso durante algún tiempo. Desocupada y alejada del calor corporal de los trabajadores, pero que la hacía parecer como si fuera una morgue. Una horrenda mesa de formica, de tipo industrial barato en un melancólico color gris, acababa de rematar la poca decoración de la misma.

Nos sentamos en torno a la mesa en sillas tipo escolar con armazón de metal y, al momento, hizo aparición un hombre que respetuosamente saludó a Alfredo y, sin mediar palabra, colocó dos ordenadores portátiles con pantalla de doce o trece pulgadas sobre la mesa. Se fue tal y como había venido y Alfredo de León se nos quedó mirando mientras procedíamos a tomar posesión de las sillas.

―Será mejor que les deje trabajar. Si me necesitan, no duden en preguntar por mí a cualquier empleado del aeropuerto. Él o ella contactará por radio conmigo, y esté donde esté vendré a su encuentro ―dijo, mientras señalaba un walkie talkie Motorola negro, de esos que llevan un panel LCD y que disponen de decenas de canales digitales y analógicos.

Capítulo 4
Encendimos cada uno de nuestros portátiles, unos vetustos HP Celeron que montaban Windows Vista. En aquel momento, no se me ocurría nada peor. A duras penas arrancaron, y en un tiempo que nos pareció horas, pudimos comenzar a revisar una carpeta con imágenes que alguien había preparado para nosotros en el escritorio del PC. Era la única que existía y, según el conteo del sistema, contaba unos mil quinientos archivos. El equipo no tenía conexión a internet, supongo que además de por desidia, como una medida cautelar de seguridad para impedir la fuga no autorizada de información. Tampoco tenía permisos de administrador, así que no pude instalar XnView para visualizar las imágenes en modo de “thumbnails” o miniaturas.

Anabel me sugirió ordenar la lista en orden alfabético, que yo empezara por el principio y ella por el final, y así repasaríamos al doble de velocidad todo el material.

―Prefiero que no ―le dije, en un tono demasiado brusco que no fue mi intención. Será mejor que ambos hagamos una primera ronda viendo todas las fotos. Podemos ir copiando las que nos parezcan interesantes a otra carpeta y así, al terminar ambos, comentarlas los dos juntos. ¿Qué te parece? ―la pregunté de un modo exageradamente tierno, intentando compensar el tono autoritario inicial.
―Me parece bien ―repuso ella con cierta indiferencia. Me imagino que tú haces el papel de investigador y yo de tasadora y perista, así que estoy a tus órdenes.

No sabía si Anabel estaba enfadada o realmente aceptaba que, en aquel momento, yo fuera el que mandase.

Comenzamos a ver las fotos a pantalla completa, una secuencia tediosa y aburrida que se reducía a: Imagen en pantalla; Observar; Clic en la flecha de siguiente.

El material que Alfredo nos había proporcionado no era demasiado interesante. Fotografías de maletines de transporte de diferentes marcas, tipos y tamaños, donde parecía que cada uno usara un continente distinto, y luego, instantáneas individuales tomadas desde diferentes ángulos de pinturas, esculturas más bien pequeñas y relojes de sobremesa de, aproximadamente, el mismo tamaño.

La primera centena de imágenes fue más o menos interesante, o al menos lo fue para mí. Un reloj suizo con armazón de madera maciza e incrustaciones de marquetería de la década de 1920, un Universal Genève construido enteramente en aluminio o en acero pulido, o un bonito Smiths de origen inglés de allá por 1940 con carrillón tipo Westminster y que lucía una placa conmemorativa a nombre de “D.T. Roblin” por su dedicación durante cincuenta años de servicio.

Aparecía también un reloj de avión, un guardatiempo mecánico que llegó equipar a los MIG-25 soviéticos y que comenzó siendo fabricando en la manufactura suiza Jaeger-LeCoultre. Luego pasaría a ser producido por la Primera Fábrica de Relojes de Moscú y, finalmente, en la planta de Chebyalinsk. Era una pieza que llamaba mucho la atención, con su esfera completamente negra, sus manecillas e indicadores en color blanco, y unas impactantes agujas luminiscentes diseñadas para que los pilotos de caza pudieran verlos incluso en la más negra oscuridad de la noche.

Llevaba ya unas quinientas fotografías examinadas y los relojes se repetían constantemente. Pese a mis pocas habilidades artísticas, me daba la impresión que con los cuadros, los grabados y las esculturas ocurría unos tres cuartos de lo mismo. Continuaba con el carrusel de imágenes reflexionando acerca de todo aquello. No terminaba de encajar, no eran relojes notablemente valiosos, quizás con su valor medio fuera de trescientos euros cada uno. Ciertamente, había algún que otro modelo de mayor valor, un Jaeger-LeCoultre Atmos que, a falta de que Anabel lo confirmara, yo cifraba en unos dos o tres mil euros. En todo caso, no era una cantidad tan elevada como para justificar que estuvieran viajando en avión por todo el mundo durante al menos un año. El importe de venta no iba a pagar ni siquiera el primer viaje de ida y vuelta del reloj.

Escuché un suspiro de Anabel Faure Dumont. Reconozco que me reconfortó que empezase a sentirse defraudada y desinteresada, igual que a mí me ocurría. Eso me dio fuerzas para terminar con la lista de imágenes que quedaban pendientes. Apenas copié una veintena de ellas que me parecieron interesantes a la carpeta de selección. Claro que yo me había centrado sólo en relojes, esperaba que Anabel hubiera hecho lo mismo con el resto de objetos.

―¡Faure-Dumont! ―le dije justo al terminar con la intención de que diera por terminado su examen.
―Anabel. Mejor llámame Anabel ―me replicó.
―De acuerdo. Anabel entonces.
―Estoy terminando, Paul, dame un par de minutos ―concluyó ella, dando por sentado que, autorizándome a llamarla por su nombre de pila, implicaba que ella tuviera mi permiso para hacer lo mismo conmigo.

No me molestó que me llamase Pau; de hecho, fue una sensación de cercanía agradable. Además, resultaba que la “artista”, era también concienzuda y sistemática como yo lo era, eso sí que no me lo esperaba de ella.

―¿Qué te parece? ―me preguntó.
―Es cosa rara. Aunque hay muchas piezas, la mayoría se repiten en los cuatro viajes. No sé cuántas obras de arte distintas habrás contabilizado tú, pero no hay más de treinta relojes distintos.
―Sí, más o menos igual. Tal vez cuarenta, entre láminas, cuadros, tapices, grabados y esculturas. Y también se repiten con demasiada frecuencia.
―En lo que respecta a relojes ―le aclaré yo ―, tampoco es que sean piezas demasiado valiosas ni cotizadas. Te diría que no más de diez o quince mil euros todas ellas.
―Mmmm. ―meditó Anabel―, no las he inventariado; en lo que a obras de arte se refiere, probablemente su catalogación sea más compleja que en los relojes. Los precios fluctúan con mucha rapidez y el autor es un valor de importancia capital en una obra. Mucho más que en un guardatiempo su marca… Pero así, a bote pronto, te diría que tu cifra encaja también como valor de las piezas.
―Está bien ―resumí yo―. Hablamos entonces de un lote que rondará los treinta mil euros de valor en el mercado. Una buena suma, pero que no justifica la de kilómetros que han recorrido en avión. ¿Qué porcentaje puede llevarse un marchante como intermediario en una operación de este tipo? ¿Un veinte por ciento?
―Depende de cómo se venda. Si asumimos que es una venta en un círculo selecto y exclusivo, podría llegar al cuarenta por cien de margen. Un cincuenta por ciento si quisieran abusar y sus objetos fueran muy deseados.
―Eso nos pone entonces con que el vendedor sacaría un máximo de quince mil euros de beneficio ―reflexioné en voz alta. Tenemos constancia de cuatro viajes al menos, lo que da una cifra cercana a cuatro mil euros de margen por viaje.

Me quedé pensando en aquello, mientras, de manera inconsciente, mis manos jugaban con el puntero del ratón sobre la lista de archivos en pantalla. Cuatro mil euros por viaje de beneficio para quien los vendiese apenas pagaban el billete de avión, menos aún los honorarios de los dos guardianes que lo acompañasen. Y claro, todo ello asumiendo que vendieran todas las piezas del conjunto, tanto relojes como obras de arte. Si vendían sólo la mitad, algo que ya era una previsión muy optimista, el beneficio no llegaría ni a dos mil. Definitivamente, aquello era, económicamente hablando, un mal negocio en mayúsculas.

Entonces me di cuenta de que en la lista de archivos había otros formatos además de imágenes. Al usar el “Visor de imágenes de Windows”, sólo se recorrían las fotografías, el resto de contenidos en la carpeta se ignoraban.

―¡En la carpeta hay más cosas además de fotografías!
―¿A ver? ―inquirió Anabel mientras se acercaba a la diminuta pantalla de mi portátil.

Habrían transcurrido seis o siete horas desde que nos despertamos, pero ahora que ella estaba tan cerca de mí, todavía podía apreciar el calmante aroma que destilaba su cabello, oliendo a champú de Acqua Di Parma. Tras abandonar el mundo en el lapso de tiempo que mi cronógrafo Zenith habría contabilizado en menos de una décima de segundo, volví al mundo real.

―Hay algunos archivos de video, documentos de “Word” y librerías “Excel” ―observé.

Capítulo 5
Los documentos contenían las fichas policiales de los custodios de la mercancía en los diferentes viajes. En el primero, procedente de Beijing (o Pekín), dos hombres. En el segundo, procedente de San Francisco, una mujer. El tercero venía de Melbourne, otros dos hombres. Y en el cuarto, con origen Abu Dabi, dos hombres, uno de los que vino desde Pekín y otro más del que no quedaba constancia. Que hubiera un hombre que se repitiese incitaba a pensar que se trataba de una banda organizada.

El equipo del aeropuerto no había hecho un gran trabajo habilitando salas, pero sí seleccionando el material que nosotros estábamos examinando. Accedimos a los detalles de aquel hombre, el principal sospechoso, pues era el único al que se le había “descubierto” en dos de los viajes, Beijing y Abu Dabi. Era un tipo de nacionalidad estadounidense de nacimiento, nativo de San Antonio, en el estado de Texas. No constaba que tuviera antecedentes penales, al menos ni en EE.UU ni en España.

Tomé mi nueva cartera portadocumentos Porsche Design (antes Studio F.A. Porsche) que, cuidadosamente, había depositado sobre una de las sillas libres que quedaban frente a mí y extraje mi libreta de notas y mi estilográfica. Sé que estaréis pensando que la fama me está convirtiendo en un “pijo”. Empiezo contándoos lo de mi nuevo Zenith y ahora descubrís mi nueva adquisición. O quizás os estéis riendo de lo fino que me he vuelto cuidando mi nueva bolsa. Estoy seguro que vosotros haríais lo mismo, porque, lo cierto es que no es una cartera, es “La Cartera”, con mayúsculas. La nueva “Carbon Brief Bag SHZ” construida a base de fibra de carbono. Un capricho en forma de genialidad que sólo podríais esperar de alguien que dijo: «Reflexionando sobre la función de un objeto, el diseño aparece en ocasiones por sí solo», o sea, del Profesor Ferdinand Alexander Porsche. ¿A que ahora sí os da envidia?

Anoté con mi pésima caligrafía las ciudades de origen y los nombres. Era una costumbre adquirida hacía años, algo que realizaba de manera automática. Inmortalizaba aquello que me parecía relevante, tal vez por miedo a que se me olvidara o no le atribuyera la importancia que tenía. Después me di cuenta de lo innecesario que era anotarlo. Tenía esos nombres y esas fichas en el ordenador, bastaba con solicitarle a Alfredo de León una copia de los ficheros. Así que anoté debajo: “Pedir a Alfredo una copia de los documentos” y entonces taché la lista de nombres y ciudades.

Anabel miró lo que había escrito, continuaba a escasos centímetros de mí, y pese a mi mala letra, digna de uno de los facultativos médicos que peor escribiera, su expresión ligeramente complaciente me dio a entender que había sido capaz de leer mi última anotación. Entonces me vino otro pensamiento, y lo apunté justo debajo del anterior “Necesitamos saber el resto de destinos de aquellas personas”.

Continué el examen del resto de contenidos en la carpeta del ordenador. Había un libro de cálculo, una hoja electrónica que básicamente era un inventario de todas piezas de las que se había tomado las fotografías. En diferentes columnas se indicaban las características de cada una:

– Fecha: 2 de abril
– Tipo: Reloj de sobremesa de madera
– Marca: Hermle
– Modelo: Desconocido
– Dimensiones: 31cm X 23cm X 15cm
– Peso: 1,8 Kg.
– Descripción: Esfera en color plateado, parte central dorada, tres cuerdas (a las 9, las 3 y las 6), indicador de fases lunares. Asa superior y refuerzos de bronce
– Referencias: Ver fotografías DCF_0019.JPG a DCF_0048.JPG

Procedimos a repasar los videos, no tenían nada interesante, era lo mismo que ya habíamos visto en las fotografías. Planos de la mercancía vista en conjunto, y grabaciones de cada una de las piezas en diferentes ángulos y niveles de aumento. También grabaciones de cómo se abrían los maletines o las bolsas, para así dejar constancia de que nada en ellas había sido manipulado durante el proceso.

Mi cerebro se puso a barajar posibilidades, las ideas fluían y, sin meditarlo, me puse de nuevo a escribir:

“Si Madrid fue el destino, ¿cuánto tiempo estuvieron aquí? ¿Dónde se alojaron?”
“¿A dónde viajaron después? “¿Hay copias de las tarjetas de embarque?”

Y la más importante de todas:

“¿Hay controles fronterizos de otras ciudades que también los hayan visto?”

Esta vez, “mi compañera” me confirmó que era capaz de leer mis ininteligibles grafías:

―¿Por qué no hacemos venir a Alfredo ahora? Que nos haga una copia de todo en un pendrive y que nos traiga los archivos que tenga sobre el resto de itinerarios que siguieron los relojes.

Capítulo 6
Llevábamos casi ocho horas trabajando, lo que, para muchos, representa una jornada laboral completa… ¡Ayyy, qué dura es la vida del trabajador por cuenta propia! Eran casi las tres de la tarde y no habíamos comido nada todavía. En mi caso, salvo un café, no había ingerido nada sólido desde la cena del día anterior.

Arranqué una hoja en blanco de mi bloc y le dejé una nota a Alfredo, indicándole que habíamos salido un rato a almorzar, que no tardaríamos en volver. Como buen entusiasta de los relojes que era, escribí también la hora que marcaba el Zenith, las 14:43. Era una costumbre que tenía con los recados y que Lidia, mi secretaria, aprendió rápidamente. Si Alfredo de León viniese a buscarnos a la sala, digamos a las 15:43, leería que nos acabábamos de marchar al almuerzo, pero no sabría con certeza a qué hora salimos. Claro que tendría cámaras de vigilancia y podría examinarlas para saber, pero escribir cuatro números representando la hora le facilitaría mucho las cosas.

Anabel y yo acordamos de que, en el camino de vuelta al “cuartucho”, hablaríamos con el primer empleado del aeropuerto que nos encontrásemos y le instaríamos a que localizase a Alfredo. Así ganaríamos algo de tiempo.

Un aeropuerto no es que sea el paraíso de los gourmets precisamente. Servicio desganado, alimentos regulares y precios abusivos. Tras dudar entre un Enrique Tomás y un Burger King -en el que, después de todo, al menos sabes lo que vas a comer-, nos topamos con un restaurante de afiche en fondo negro sobre letras blancas que anunciaba: “Paul: Maison de qualité fondée en 1889”. No me suele gustar la comida francesa, pero me hizo gracia que aquel Paul se llamara como yo. La casa probablemente existía desde 1889, sin embargo, no resultó de tanta calidad como prometía el rótulo. Unos bocadillos con un pan tirando a bueno, y un relleno tirando a malo. Por supuesto, bien caros.

Concluido el frugal ágape, deshicimos el camino en dirección a nuestra “sala de secuestros”. Frente a una tienda libre de impuestos nos encontramos con un funcionario de traje negro y camisa blanca con el mismo identificador de AENA que también llevaba Alfredo de León.

―Buenas tardes, caballero. Perdone las molestias ―le inquirió Anabel. Alfredo de León nos dio instrucciones que en caso de necesitarle, cualquier empleado del servicio de tierra del aeropuerto le localizaría.
―Ahora mismo, señorita ―respondió el empleado, sin tan siquiera preguntar el motivo por el que le buscábamos.

Se apartó unos pasos de nosotros, sacó su radio y pronunció una o dos frases que no pudimos escuchar.

―El señor de León pasará a recogerles por la sala 54E. Los acompaño ―se ofreció.

Me pareció un gesto de buena educación, pero innecesario. A esas alturas, Anabel y yo conocíamos perfectamente el camino hasta la denominada 54E. Tal vez formara parte del protocolo de seguridad. Lo cierto es que, cuando llegamos a la estancia, la puerta estaba cerrada con llave y nuestro guía tuvo que abrirla. Probablemente, alguien en nuestra ausencia se había presentado en la misma, dándose cuenta que se quedó abierta y cerrándola.

Al acceder a su interior noté que todo había quedado exactamente igual como lo habíamos dejado al abandonarlo, con la salvedad de que mi nota dirigida a Alfredo ya no estaba allí. En el momento que nuestro acompañante se disponía a abandonar la dependencia, hizo acto de presencia Alfredo.

―Espero que hayan almorzado razonablemente bien ―dijo él, confirmando que había leído la nota que dejé escrita.
―Todo depende de lo que uno entienda por razonablemente bien ―repliqué yo.
―Tiene razón, no hay muchos buenos sitios aquí dentro. Pero si vuelven en otra ocasión con algo más de tiempo, les llevaré al Asador Nuevo Porche, en la población de Barajas, pero fuera de estas instalaciones. Se llevarán una grata impresión. Estoy seguro.
―Muchas gracias, Alfredo ―le tuteó Anabel. Hemos terminado de revisar todo el material en el disco duro de los portátiles. ¿Podría hacernos llegar una copia de todo ello? ―solicitó.
―Por supuesto, no hay ningún problema ―confirmó amablemente.
―Tenemos algunas dudas más, espero que pueda aclarárnoslas ―continuó ella.
―Naturalmente, todo lo que esté en mi mano.
―¿Hay constancia de cuánto tiempo pasan en España esos pasajeros? ―preguntó Anabel.
―Sí, no mucho tiempo. Pernoctaron en España uno o dos días de media y después tomaron un vuelo de vuelta a su ciudad de origen. Algunos incluso regresaron en el mismo día, y otros alargaron la estancia tres o cuatro días en total.

Me empezaba a dar cuenta de que trabajaba a gusto con Anabel. Ella había evaluado las cuestiones que anoté en mi libreta, le parecieron interesantes y, simplemente, se encargaba de que fueran resolviéndose. Tenía que admitir que ella tenía mucho más tacto en el trato con la gente que yo.

―¿Se sabe si los artículos han pasado por algún otro aeropuerto además de éste? ―continuó ella.
―Desgraciadamente, aún no se sabe. Notificamos nuestras sospechas a la Interpol el día antes de ponernos en contacto con “Franz LZ Insurances”. Desde entonces, no han pasado por ningún otro aeropuerto, o, si lo han hecho, han pasado desapercibidos. Si os interesa mi opinión -y es sólo una corazonada basada en los sellos de los pasaportes de los consignatarios-, estoy convencido de que han viajado por medio mundo. Claro que no tenemos pruebas de eso, cualquiera de los hombres y mujeres pudieron realizar sus viajes acompañados de la mercancía, como parte de este misterio. Pero también pudieron hacerlo por otras causas y sin ella.

Se terminaba la lista de preguntas y nos quedábamos sin ideas de las que tirar. Entonces me surgió una nueva posibilidad. Una chispa:

―Alfredo, esos relojes y esas obras de arte no son particularmente valiosas. En todo caso, no lo suficiente como para justificar cuatro viajes transoceánicos con destino a Madrid. La conclusión que se desprende de ello es evidente. Esas piezas son valiosas no por su precio en el mercado, sino por otro motivo.
―Ese mismo es mi parecer ―asintió él.

Entonces proseguí, como reflexionando en voz alta:

―¿Se registraron los maletines?
―Por supuesto, es el procedimiento habitual. Todos los bultos fletados en la bodega pasan por la máquina de Rayos X.
―E intuyo que no apareció nada sospechoso o, de otro modo, no estaríamos manteniendo esta conversación.
―En efecto. Nada fuera de lo normal en el interior de los maletines de transporte, y tampoco nada sospechoso dentro de los relojes y las esculturas. Ni armas, ni drogas, ni explosivos, ni materia orgánica.
―¿Abrieron los inspectores alguno de los relojes? ―Inquirí.
―No, en absoluto. No había motivos para hacerlo. Quiero decir, las inspecciones más a fondo requieren de una autorización. Se efectúan solamente tras una sospecha previa, bien sea por parte de sus propietarios, o como resultado de la inspección por rayos. En ninguno de los casos hubo sospecha, por lo que no hubo lugar a una inspección.
―Me gustaría que pudiéramos ver las fotografías de Rayos X. Doy por sentado que las conservan…
―Claro, claro. Las conservamos al menos durante noventa días, por si detectáramos que son necesarias. La única molestia es que los escáneres no guardan imágenes en formato digital, no son de última generación, de forma que todas las instantáneas se revelan y luego se archivan. Si quieren analizarlas, tendría que solicitarlas.
―Excelente. Haga todos los trámites. Nos veremos de nuevo aquí a primera hora de la mañana.
―Todo estará preparado. Me encargaré de ello.

Capítulo 7
Se hacía tarde y el cansancio empezaba a hacernos mella. Decidimos ir a dormir temprano, y reponer fuerzas para la jornada que nos esperaba al día siguiente.

Nos dirigimos a la parada de taxis de la terminal y le indicamos al taxista que nos llevara al Hotel Melià Barajas. Un confortable alojamiento de cuatro estrellas y que se encontraba a menos de dos kilómetros de distancia de donde estábamos. Pensé que podíamos habernos desplazado caminando, y eso mismo es lo que me dio a entender la cara de enfado del chófer, que debía estar esperando una jugosa carrera hasta el centro de Madrid y, en su defecto, serían poco más de tres euros. No lo juzgué, el hombre no tenía por qué saber que llevábamos un buen “porrón” de horas trabajando. No era culpa suya.

En el diáfano hall del hotel, confiadamente, le solicitamos dos habitaciones al recepcionista. Su respuesta fue que lo sentía mucho, pero el hotel estaba hasta los topes. Nos explicó que habían cancelado tres vuelos durante aquel día y que las compañías solían alojar a los pasajeros afectados en hoteles aledaños como el Melià. El hombre hizo varias búsquedas sobre el ordenador de recepción, al tiempo que, imperceptiblemente, iba haciendo gestos negativos con su cabeza.

―Puedo ofrecerles una habitación doble ―nos informó el recepcionista. Es la única que tenemos disponible en estos momentos. De hecho, debe ser una cancelación reciente, porque hace treinta minutos yo mismo consulté la disponibilidad y teníamos una ocupación plena. Hoy es su día de suerte.

Sin esperar a que Anabel diera su opinión, le di el visto bueno al empleado. En mis viajes, había compartido habitación con variados acompañantes, tanto masculinos como femeninos. [NE: Ver “A contrarreloj 9. Paul Davis, ataque a la relojera Tudor”]. Para mí, la pérdida de intimidad representaba solamente un incordio, pero no un problema. Algo como cuanto te toca comer en un restaurante y compruebas que las patatas fritas son congeladas. No es agradable, pero tampoco nada grave.

―Su habitación será la 410 ―confirmó el hombre. Que tengan una feliz estancia y, para cualquier cosa que necesiten, no duden en llamarme. Recepción está abierta las veinticuatro horas del día, extensión cero, cero.

Habitación 410, como el calibre 410 de mi Zenith El Primero Chronomaster que llevaba en la muñeca. Aquello me dio buenas sensaciones.

Tomamos el ascensor hasta la cuarta planta, experimentando la agradable pisada de los zapatos sobre el grueso alfombrado del suelo. Acercamos la tarjeta a la puerta y ésta se abrió encendiendo automáticamente las luces de la estancia. Era una habitación moderna y espaciosa, de esas tan neutras que apenas tienen personalidad, pero que, al menos son funcionales. Sólo había un problema. Tenía cama de matrimonio.

―Ja, ja ―eché a reír. Debieron pensar que somos los señores Davis Faure. No tiene importancia, ahora mismo llamo a recepción y que nos cambien la cama “King Size” por dos individuales. Ambos estaremos más cómodos.
―Estoy muy cansada. Sólo quiero darme una ducha y dormir. No quiero tener que estar esperando fuera de la habitación mientras la habilitan ni ducharme con unos desconocidos merodeando.
―Yo también estoy agotado. Dormiré ahí ―dije yo, señalando un sofá cama. Dúchate tú primero mientras yo le coloco las sábanas y una manta al diván.

Anabel Faure entró en el cuarto de baño y yo empecé a estirar sábanas sobre el sofá. Me estiré sobre él, comprobando que, efectivamente, era bastante cómodo, pero, sin lugar a dudas, pensado para clientes de corta estatura o niños. Mis piernas sobresalían cosa de veinte centímetros sobre los pies de la cama.

―No puedes dormir así ―me dijo Anabel al verme. Mejor dicho, al ver mis pies y medio fémur por fuera del sofá. Mañana tenemos mucho trabajo y no descansarás. Creo que ese sofá es de mi talla, yo dormiré ahí.

No creo en la igualdad, pero estoy en contra de la discriminación, por lo que no tuve inconveniente en que Anabel cediera su privilegio, del mismo modo que yo había hecho unos instantes antes. Nos acostamos, ella en el sofá-cama y yo en la cama de matrimonio. Cerré los ojos e intenté dormir. No tardé en comprobar que me era imposible conciliar el sueño. Le daba vueltas a todo el asunto del aeropuerto. Creía saber lo que ocurría, pero no podría tener la certeza de ello hasta que se hiciera de día unas pocas horas más tarde. Empecé a anotar mentalmente todo lo que haría con Alfredo. Todo lo que le preguntaría, como examinaría las fotografías de los Rayos X… Son esos ensayos mentales que no tienen utilidad alguna, porque, a la mañana siguiente, todo es distinto a como lo habías imaginado y de poco sirve haberse comido la cabeza.

―¿Estás despierto, Paul? ―me llamó Anabel con tono susurrante.
―Sí. ¿Qué ocurre?
―Es que… ―se interrumpió ella. No puedo dormir aquí. Nunca en mi vida he dormido en un sofá.

Anabel no me había contado demasiado de sí misma, igual que yo tampoco lo había hecho conmigo. Pero la creía cuando decía que nunca había dormido en un sofá. Me recordaba las palabras de Franz cuando me explicó que era una burguesa y que provenía de buena familia. Entre otras cosas, eso explicaba que pudiera disponer de una avioneta.

Cuando quise darme cuenta, ella estaba ya al lado de mi cama.

―¿Puedo dormir contigo? ―preguntó, como si fuera una niña asustada.
―Claro. ¡Somos profesionales! ―respondí con rotundidad.

Capítulo 8
Me la quedé mirando con su corto camisón de color blanco. Debía admitir que tenía unas piernas preciosas. La fragancia del champú Acqua Di Parma volvió a embargarme unos instantes.

―Buenas noches ―me dijo ella.
―Buenas noches ―zanjé yo.

Miré a Anabel, acostada a mi lado y me di cuenta que había cerrado los ojos. Yo hice lo mismo y también los cerré. El murmullo del aparato de climatización era soporífero y escuchar la respiración sosegada de ella me calmó. Me quedé dormido.

Algo me despertó y me sorprendí abrazado a Anabel por debajo de las sábanas. Miré su cara y la vi en paz, no debió desagradarle, al menos mientras dormía, aunque por vergüenza rogué para que ella no se hubiese dado cuenta. Miré las manecillas luminosas del Zenith sobre la mesilla de noche, esperando que fuera aún de madrugada. Eran poco más de las seis, así que decidí aprovechar para ducharme yo primero, intentando no hacer ruido y despertarla.

Salí del baño y me encontré a Anabel ya despierta, sentada en la cama, como esperándome. Empezó a vestirse, y por primera vez me fijé que se ponía un TAG Heuer Carrera Calibre 5 Day-Date con correa de cocodrilo de marrón. Algo me estaba ocurriendo si no había reparado en el reloj que llevaba hasta ese momento. Me tranquilizó concluir que no sería nada grave, puesto que aún era capaz de identificarlo como el modelo con referencia WAR-201B.

Salimos nuevamente hacia el aeropuerto de Barajas. Esta vez, olvidándonos de la fría sala 54E, y utilizando el despacho de Alfredo de León. Una cómoda oficina con una mesa tipo escritorio, y una pequeña zona auxiliar con un bufete circular con para cuatro personas. En la pared, un reloj de cuarzo de marca Festina marcaba casi las nueve de la mañana.

Alfredo portaba un mazo de unas cien fotografías tomadas desde la máquina de rayos. Se lo entregó a Anabel en vez de a mí, no me preguntéis por qué. Ella examinaba una fotografía y, terminado con ella, me la entregaba a mí. Igual que en la carpeta del ordenador, la secuencia empezaba con piezas de relojería, así que ella las miraba rápidamente, mientras que yo me tomaba más tiempo en su análisis.

De León nos iba explicando que los colores sobreimpresionados representaban la densidad del material que atravesaban los rayos. Era imposible saber de qué material concreto era cada objeto, pero sí permitía discriminar fácilmente entre madera y metal, por ejemplo. Por lo visto, personal debidamente entrenado y con práctica en el análisis de las imágenes, podía determinar las diferencias cromáticas que se mostraban entre un metal ligero como el latón, y otro denso como el plomo. Sutiles diferencias de color que para mí resultaban irreconocibles.

Le iba señalando zonas de diferentes fotografías, a lo que Alfredo me respondía:

―Debe de ser una pieza de plástico.
―Es una superficie plana, de madera o de corcho.
―Eso es metal. De bastante densidad. Acero o aluminio, probablemente.
―Se trata de un objeto poco denso, tal vez de cuero o de tela.
―…

Tras el cursillo acelerado de reconocimiento de objetos y materiales, empezaba a poder apreciar la sucesión de planos que se representaban en las dos dimensiones de la fotografía. Hubo algo que llamó mi atención:

―¿Eso es metálico, verdad? ―le dije, señalando a algo que había en la parte trasera de un reloj de mesa.
―Correcto. Es un metal, un metal blando. Bronce, latón, …

Reconocí las formas como uno de los relojes de las fotografías que habíamos estado examinando el día anterior. Un Miroy con el armazón de madera y mármol. Para asegurarme, lo confirmé con él:

―¿Eso puede ser mármol, y el resto madera?

Alfredo lo confirmó, así que di la vuelta a la imagen, y comprobé el número de referencia que figuraba en el reverso, cotejándolo con la hoja de cálculo Excel del inventario.

―Miroy París ―leí en voz alta.

Anabel, que había buscado en el ordenador las fotografías, me enseñó una de las imágenes del reloj. Efectivamente, se leía claramente en su esfera la inscripción de “Miroy París”.

―¿Qué es exactamente lo que han encontrado? ―interrogó Alfredo, que no había sido capaz de seguir los últimos acontecimientos.
―Esa placa que hay ahí, ocupando casi toda la parte trasera del reloj, en efecto, la que me has confirmado que era de bronce o de latón, es algo que no tiene ninguna función. Sencillamente, es una pieza que no tendría que estar ahí. ¿Estás de acuerdo, Anabel?
―Sí, coincido contigo, Paul. Esa pieza de ahí no tiene ninguna utilidad práctica. Ni en cuanto a la maquinaria del reloj, ni en cuanto a reforzar el armazón. De hecho, si fuera de tipo ornamental, estaría sin duda en su parte externa, no en su parte interna que nadie podrá ver.

Volvimos a repasar las fotografías de rayos X desde el principio, ahora habíamos encontrado algo sospechoso, y sabíamos qué es lo que debíamos buscar. El resultado nos dio tres relojes más que tenían ese mismo tipo de placa metálica en su interior. Las esculturas y las pinturas no contenían nada extraño.

Hice una búsqueda en el teléfono con la App de “Google Images” sobre relojes “Miroy”, y comencé a navegar por los resultados en carrusel. La mayoría de imágenes correspondían a artículos en venta, como era lógico. Casi todas mostraban el exterior de los guardatiempos, y algunas dejaban ver primeros planos con detalles relevantes. Sólo encontré cinco o seis fotografías de su interior. Suficientes para confirmarme que ninguno de ellos llevaba una placa de metal en su interior. Si los relojes no salieron de la fábrica con la placa metálica, eso probaba que alguien la había colocado allí.

Necesitábamos tener acceso, como mínimo, a uno de esos tres relojes, aprovechar mis conocimientos relojeros para abrirlo y la experiencia forense de Anabel para analizarlo.

Capítulo 9
Nos interrumpió en el despacho un hombre. Tenía expresión excitada, y hablaba un poco entrecortadamente.

―¡Señor! ―exclamó él. Han aparecido, están retenidos en París.
―Gracias, Zurriaga. Puede irse ―corroboró Alfredo.

Era la ocasión que estábamos esperando, poder examinar esos relojes en persona, ver si tal y como pensábamos contenían algo de valor en su interior. Anabel se quedó mirándome, como haciendo cálculos:

―Alfredo, ¿cuánto hay hasta Charles de Gaulle? ¿Mil cien kilómetros? ―interrogó Anabel.
―Dependiendo de la ruta, puede que incluso algo menos, mil veinte quizás.
―¡Vamos, Paul! ―me dijo ella, entusiasmada. ¡El Cessna ya debe estar repostado!

Volamos hacia París-Charles de Gaulle, me había acostumbrado a la avioneta y, aunque el viaje nos llevó casi el doble que el primero que hicimos desde Barcelona, fue más agradable. Supongo que mi cuerpo ya estaba acostumbrado al traqueteo y al rumor de fondo del motor. También había tomado más confianza con Anabel y eso nos permitió charlar informalmente durante el vuelo, como si fuéramos un par de buenos amigos.

Ella me explicó que, desde niña, le gustaron las artes y que cursó estudios, primero de Bellas Artes, y después, al descubrir que comprender el arte no es lo mismo que crearla, se pasó a Historia del Arte. Tenía veintinueve años recién cumplidos, aquello me impactó un poco, era mucho más joven que yo. De pronto me quedé estupefacto, de mi boca surgieron las palabras:

―¿Tienes novio?

Me sentía como si fuera otra persona distinta a mí la que las pronunció. Como si me viera a mí mismo desde cierta distancia diciéndolas.

―Tengo varios novios ―respondió ella.

Noté la garganta seca, sin saber que responder. Anabel no me parecía el tipo de chica que creyese en el amor libre y tuviera un amante en cada puerto, o mejor dicho, aeropuerto. Entonces ella continuó.

―Mis novios son la pintura, los grabados, la literatura y, en menor medida, la escultura y los relojes ―me aclaró entre carcajadas.

Descubrí que, además de complementarnos profesionalmente de un modo muy acorde, a nivel personal éramos bastante parecidos. Los dos éramos espíritus libres que creíamos, ante todo, en la individualidad de las personas. Seres que no necesitábamos una vida en pareja para llegar a sentirnos completos. Claro que el amor era un buen extra, algo que, si viene, se debe agradecer, pero no era una cosa que ninguno de los dos buscase.

La aproximación fue mucho más tranquila que en el anterior vuelo, aunque no puedo asegurarlo, quizás era que estaba habituado a ello. Minutos después, tomábamos tierra en suelo francés sin ninguna novedad que reportar.

Nos dirigimos hacia el “Bureau de douane” donde monsieur Jouvet nos estaba aguardando. Era un hombre alto y delgado, más bien feo, pero con un cierto atractivo causado por la elegancia de sus ademanes y de su indiscutible acento francés.

Jouvet nos acompañó a una sala similar a la 54E de Barajas. Por dentro, parecía su hermana gemela, igual de fría, igual de incómoda. Salvo que esta era parisina, y que se etiquetaba como “Cabinet 33”, nada las diferenciaba.

En el centro de la previsible mesa circular de color gris estaba depositado un maletín recubierto de piel vacuna de color marrón.

―Creo que ahora ya saben lo que tienen que hacer ―puntualizó Jouvet. Tengo muchas cosas que hacer. Si me necesitan, no duden en buscar a cualquier empleado del aeropuerto y pregunten por mí. Él o ella sabrá localizarme.

Parecía que aquella era la norma básica que seguían todos los aeropuertos, fueran del país que fueran. Era curioso que todos recurrieran a buscar un empleado para ser encontrados. De “El Maletín”, saqué unos destornilladores de precisión Wiha que intentaba que siempre viajaran conmigo.

Abrí la portezuela del Miroy y, entonces, presté atención nuevamente a la inscripción en la esfera. “Miroy Paris”. París, me repetí, la ciudad donde precisamente me encontraba ahora mismo. Si no fuera porque yo no creía en ese tipo de casualidades habría pensado que era una señal.

Nos colocamos unos guantes de látex y, con sumo cuidado, fui desenroscando los cuatro tornillos que sujetaban la madera trasera. Anabel la aguantó para que no cayera de sopetón sobre la mesa y, haciendo palanca con mi navaja Victorinox, retiramos la tapa. Efectivamente, apareció ante nosotros una fina placa de latón, delgada y que ocupaba casi toda la parte trasera del Miroy.

―Aquí está ―dije yo. Esta es la pieza que no debería estar aquí.

Anabel ocupó mi lugar y, cuidadosamente, fue palpando la lámina metálica con los dedos enguantados. Tenía un color dorado bruñido, síntoma de que, como pensábamos, era mucho más reciente que el resto del reloj. Había sido añadida a posteriori, muy a posteriori.

Ante la presión de los dedos de ella, el metal flexaba ligeramente, estaba colocado a presión, sin anclarlo de ningún modo sobre el armazón. Cogió la navaja de encima de la mesa, y apuntaló con cuidado la placa. Ésta se desprendió con suavidad, y fue a caer en la palma de su mano.

Capítulo 10
El reverso del metal era completamente liso, estéril, sin embargo, cuando ella lo depositó sobre la superficie de la mesa, pudimos observar el anverso del mismo. Una especie de grabados diminutos que a aquellas alturas de la investigación, debían significar algo. Algo valioso.

Muchas veces llevo una lupa Eschenbach en mi maletín. Un práctico modelo de mano que me ofrece hasta diez aumentos. En aquella ocasión la debía haber dejado olvidada en casa, probablemente a raíz de reparar un viejo Luch Monoaguja que me habían regalado.

Ajusté la resolución de la cámara del teléfono al nivel máximo: dieciséis megapíxeles. Activé el estabilizador automático, y disparé una fotografía a la superficie de la lámina. Con la fotografía en mi teléfono, fui haciendo zoom hasta llegar a leer la diminuta letra que había sido grabada.

Contenía información tabular, de aproximadamente doscientas filas. Cada línea era diminuta, no ocuparía más de un milímetro de alto, y el interlineado sería de la mitad aproximadamente. La información que encabezada cada columna fue reveladora:

– Fecha
– Nombre
– Cantidad
– Concepto

Las fechas correspondían a un intervalo de los últimos tres meses. Bajo el epígrafe de cantidad, aparecían números, normalmente positivos, que iban del 50.000 hasta el 325.000.

Bajo la columna de nombres, busqué alguno de mi país. Encontré unos cuantos españoles, dos de ellos que reconocí como altos cargos gubernamentales. Aquello era un libro de cuentas, de sobornos.

El espacio reservado para el concepto apenas permitía encajar tres o cuatro palabras. Muchas de ellas se repetían: “Mensual junio”, “Trimestral 2T”, … ¡Eran muchos pagos, y algún cobro!

―Paul, esto es una lista de sobornos ―aventuró Anabel. Y no iba errada, yo pensaba exactamente lo mismo que ella. Examinamos el resto de piezas que estaban retenidas y, en algunas de ellas, se repitió el mismo subterfugio. Placas de latón dentro de relojes de mesa que ocultaban listas de favores.

Antes de decir nada a Jouvet o a Alfredo, Anabel y yo acordamos en poner a Franz al corriente de nuestras pesquisas. Él era quién nos había hecho el encargo y, por tanto, a quien le tocaba decidir que hacíamos con todo aquello.

Su respuesta fue que él se encargaría de gestionar que el caso se llevara desde España y que, entre tanto, nosotros hiciéramos lo posible por transferir dichas piezas a Madrid.

Jouvet estaba al tanto de que fue España el primer país que sospechó de aquellos transportes, así que no puso ningún inconveniente en que viajaran a su país de origen.

Anabel y yo no teníamos nada más que hacer allí, así que decidimos aprovechar París y pasear por “Les Invalides”, descubriendo la que se denominaba ciudad de la luz, pero también ciudad del amor.

Capítulo 11
Los peritos y analistas lograron recopilar diecinueve de aquellas láminas. Más de tres mil transacciones que habían tenido lugar durante los últimos nueve años. Un conjunto de sobornos que implicaba -y manchaba- las manos de una treintena de empresarios, políticos y altos funcionarios.

Anabel y yo seguimos de cerca toda la investigación. Se trataba de una sociedad fantasma afincada en Madrid y que falseaba sus ventas a Panamá, el que, según los registros era su primer mercado. Nadie había sospechado nada, puesto que eran operaciones de compraventa que pagaban rigurosamente sus impuestos.

Parece ser que la fuente de ingresos en Ciudad de Panamá provenía de dinero blanqueado del tráfico de drogas, el chantaje y el contrabando. Un dinero que, una vez llegaba a Ciudad de Panamá era alegal, pero que en cuanto se convertía en gasto en Madrid pasaba a formar parte de la legalidad.

El alcance de la corrupción fue internacional, de esa parte nunca se llegaron a conocer los detalles de todos los imputados, pero estaba seguro que los casos de fraude que a modo de goteo iban apareciendo en telediarios y periódicos habían sido destapados, al menos en parte, por los relojes de altos vuelos.

Notas
Unos cuantos lectores (Fernando, Bia Namaran, …) me sugirieron agregar una compañera de aventuras en la saga. Inicialmente fui reacio, el roce hace el cariño y se corría el riesgo de que “A contrarreloj” acabase siendo una novela rosa más que una detectivesca.

Sin embargo, era cierto que un compañero o una compañera de aventuras era algo que complementaba la narración. Con Anabel Faure Dumont decidí hacer una mezcla entre Irene Adler y John Watson. Un personaje por el que pudieran surgir sentimientos, pero que, además, fuera un fiel ayudante de nuestro protagonista.

La introducción aeronáutica es algo que me apetecía escribir desde hace tiempo, igual que me apasiona la relojería o la automoción, los aviones es algo que también me atraen, pero que nunca había tenido oportunidad de desarrollar, espero además, que transmitiendo adecuadamente sus sensaciones.

22 comentarios en “J.G. Chamorro y Paul Davis, relojes de altos vuelos en La Sagrerina”

  1. Anabel Faure había «ejercido de tasadora y perista forense» (capítulo 1). Sin embargo, en el diccionario de la RAE la definición de perista es «Persona que comercia con objetos robados a sabiendas de que lo son» [1]

    [1] https://dle.rae.es/perista

  2. Buenas noches amigos de la bitácora.

    Una muy buena historia, curioso lo de las plaquitas dentro de los relojes. Lo de la compañera, pues no está mal… ahora te falta el archienemigo: Moriarti… un alterego muy interesante y que genere una evolución del personaje.

    Gracias por el relato…

  3. Yo iré a capítulo por día, en la pausa para el café y el pincho de tortilla.

    Hoy cayó el primer capítulo, mañana el segundo.

  4. Cesar José Maestre

    Menudo día he pasado leyendo este relato en mis ratos libres! Guti, me parece realmente bueno. De lectura sencilla aunque interesante, es del estilo que me agrada. Y agradezco que no te has sumergido en las aguas del romanticismo. No me desagrada pero prefiero en perfil detectivesco.
    Los detalles técnicos son una pasada, a la vez que claros y bien enlazados, no molestan en la fluidez y ligereza del relato. Dan un toque bastante entretenido.
    Para esta cabeza cargada de embrollos ha sido un gran alivio desconectar un poco con la lectura de esta amena aventura. Sin complicaciones de trama que hoy no podía sobrellevar. 10/10
    Muchas gracias por compartir parte de tu obra con nosotros.
    Mis aprecios a todos.

  5. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Me has dejado alucinado un relojista. Dí por sentado que un perista era alguien encargado de restaurar y valorar mercancía, pero tienes toda la razón. El término sólo tiene una acepción y es efectivamente esa. Mis disculpas por la metedura de pata. La palabra correcta debería ser perita o peritadora.

  6. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Muchas gracias Sergi. Es algo que se me ha ido sugiriendo de tanto en tanto. Davis tiene algunos enemigos, pero no una némesis como sugieres, alguien que esté a la altura de sus capacidades pero en el bando opuesto. Quizás mi imaginación haya sido incapaz de desarrollarlo.

  7. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Me alegra que te acompañe en tu desayuno un relojista, espero que sea un grato compañero. Ya nos contarás que tal, a pesar de la «perista».

  8. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Muchísimas gracias Cesar José Maestre. En la parte romántica se ha entrado puntualmente en alguna aventura, es algo que creo que aporta, pero de lo que es muy fácil abusar y que entonces las aventuras pierdan el carácter detectivesco. Muy orgulloso de ese 10 y que lo hayas disfrutado.

  9. «perita» prefiero ahorrarme el calificativo de como suena… 😀 Creo que eso sería más acorde para una novela de las porno de Raffle, jeje…

    Respecto a lo que comenta Sergi del nemesis, Davis tiene un par de nemesis interesantes aunque ninguno de ellos de la mano de Chamorro, que por otro lado me resultan muy curiosos. Por ejemplo Jairo Yuel, para-investigador de la Merschwellman y con un curioso asistente personal, Sanchís, que confronta con Davis en varias aventuras, o la misma Paulina de Hoz, ladrona de guante blanco especializada en relojeria y que tuvo un turbio pasado con el propio Davis. Cuando se juntaron saltaron chispas, no digo más 😀

    No obstante tambien soy de los que piensan que ponerle una nemesis delante, sobre todo si es de calado, le restaría peso al personaje principal así que en cierta manera agradezco el hecho de que Chamorro no se lo hubiera puesto. Creo que así le da mas libertad. No olvidemos a Mcgyver, que empezó a devaluarse precisamente cuando su nemesis comenzó a ganar peso en la serie.

  10. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Con un némesis estoy de acuerdo en lo que dices Bia Namaran. Al final es fácil que tome demasiado protagonismo o que sea repetitivo. Al final terminas cansándote del tema. Si tomamos como ejemplo a Holmes, aunque Moriarti es su rival, no se referencia en todos los relatos. Eso podría ser un camino.

    Hay otro que sería el de Batman, con diferentes villanos que van cambiando de una aventura a otra, lo mismo que usa Bond, que me parece mejor hilvanado porque la mayoría son de Spectra.

  11. Muy cierto Guti. El problema es que pulir un Moriarti te va a llevar tanto como pulir al mismo Davis. Pero me parece una buena alternativa para ir introduciendo en diferentes relatos. El reto ya lo tienes lanzado, ahora toma el guante si te apetece 😀

  12. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Es una idea que me atrae Bia Namaran. O sino, al menos que me parece curiosa. Pero es lo que tu explicas, el reto es complicado, y no se si será fácil. He probado con diferentes villanos y a ninguno he logrado darle un carisma que me parezca suficiente como para que tenga continuidad.

  13. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Muchas gracias Juan. Estoy contigo en que este relato tiene mucho que ver con las primeras novelas, relatos más frescos y que poco a poco nos van haciendo conocer al personaje.

  14. Muy amable por tu parte colaborar con esta asociación ciudadana carácter social; iniciativas como estas que fomentan la colaboración son las que más satisfacción generan.

  15. Claro, es que para ser un villano a lo Paul Davis, tienes que hacer un personaje «a lo Paul Davis». Mi recomendación es que empieces en una historia donde solo entre el villano y le metas tralla a tope, y ya tendrás mucho ganado. Es lo que yo suelo hacer al menos, y me resulta muy útil: el Mac, Castela, y por supuesto, Arcadia Pármica, que esa se lleva la palma, jeje

  16. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Muchas gracias Jostma. Es curioso como muchas veces lo que tenemos más cerca es lo que más oculto permanece, y sirva mi situación como ejemplo.

  17. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Es el enfoque más lógico que veo Metayer, pero temo que me falte la experiencia que tu tienes y que tu has demostrado. Ninguno de los villanos que he introducido en las aventuras me han apasionado lo suficiente como darles continuidad en más de 2 o 3 relatos. Les faltaba algo, y soy consciente que eso que les faltaba era problema mío. Seguiré en esa línea, aprendiendo y tarde o temprano aparecerá uno que esté a la altura.

  18. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Todos aprendemos Metayer, es lo bonito de querer mejorar. Me gusta que tu también hayas aprendido algo de mi, aunque será una pequeña porción en comparación con lo que yo he aprendido leyéndote.

  19. Saludos a todos.
    Me encantó tu trabajo Guti, el detalle de incluir a una preciosa dama es genial. Acerca de un villano, no creo que haga falta en este tipo de relatos, pues aquí el villano es plural (organizaciones criminales, grupos particulares delictivos,etc.). Lo que me atrapa de esta amena lectura es la descripción de herramientas, vehículos, relojes, etc., en la que se dan datos para conocer más de cosas reales que se usan en esta novela. Muchas gracias amigo por seguir usando tu pluma.
    Abrazo desde México.
    SALUD.

    PD. Investigué acerca del Zenith y es extraordinario ese reloj. Ciertamente ese Paul tiene buen gusto.

  20. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Un enorme placer leer eso RICARDO. Modestamente pienso que pese a ser ficción, tiene muchos elementos de realidad que lo hacen más creíble. Sobre el Zenith El Primero, en breve tendremos a un entrevistado que lo lleva en su muñeca.

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