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Paul Davis, robo lento en Diari Andreuenc

El singular y carismático detective privado especializado en relojería Paul Davis vuelve al Diari Andreuenc, casi un año después de que se publicara El hombre de los dos relojes (Una aventura de Paul Davis) y la Entrevista a J.G. Chamorro.

J.G. Chamorro cede el protagonismo a su personaje, ya no es el escritor el «Autor de la tardor» (autor del otoño), sino que ahora es su Paul Davis quien encabeza el título de «Novel.la de la tardor» (Novela del otoño).

Para esta ocasión he seleccionado «Paul Davis, Robo lento», la aventura número 24 del investigador privado especializado en relojería (A contrarreloj 24. Paul Davis, robo lento), y que se encuentra recopilado dentro del volumen publicado en 2019, «A contrarreloj. Paul Davis, cuarta temporada».

Espero que la disfrutéis.

A contrarreloj. Paul Davis, sexta temporada (2020):
• La imaginación de un niño.
• El vendedor ambulante.
• El ministro de interior.
• Tarde de domingo.
• Conflicto de intereses.
• El viejo barrio.
• Yo, el ministro. Demasiado fácil como para resistirse. Primera parte: Gerard.
• Yo, el ministro. Demasiado fácil como para resistirse. Segunda parte: Paul Davis.
• Terminal de contenedores de Barcelona.
• Paul Davis: Código Pelagos.
• El cazarrecompensas.
• El Cartier de platino y brillantes.
• América, América.
• Los casos de la inspectora Castela. El caso del atrapa-ladrones atrapado.
• Tiempo perdido.

A contrarreloj. Paul Davis, quinta temporada (2020):
• Guerra de containers.
• Los Rolex de oro.
• Cazadores de vampiros.
• El Rolex de la actriz.
• Gana la banca.
• Paquetes perdidos.
• La caja fuerte del exmarido.
• El furgón de Cartier.
• Un juego de ingenio.
• Un caso duro.
• Una noche en el calabozo.
• Estafados en La Bolsa.
• Día de Sant Jordi.
• Un trabajo inesperado.
• La confesión.
• Los detectives durante la pandemia del Coronavirus.
• La persecución.
• Desde Polonia con amor.
• Luna Nueva.
• El Gruen Continental perdido.
• Jornada de puertas abiertas en el Padre Calvet.
• El hombre de los dos relojes.
• La invitación de Robin Masters.

A contrarreloj: Paul Davis, cuarta temporada (2019):
• Relatos cortos (II).
• Falso culpable.
• El Ferrari del pasado.
• Robo lento.
• Compañía Internacional de Coches Camas.

A contrarreloj: Paul Davis, tercera temporada (2019):
• Fiesta en Ibiza.
• Relatos cortos.
• El empleado de correos.
• Misterio en las WorldSBK.
• Bonsoir Monte-Carlo.

A contrarreloj: Paul Davis, segunda temporada (2019):
• Robo entre ladrones.
• Ataque a la relojera Tudor.
• La chica de ojos claros.
• Relojes españoles.
• Relojes de altos vuelos.
• Robo en el banco.

A contrarreloj: Paul Davis, primera temporada (2018):
• El caso del Bell and Ross robado.
• El reloj de la condesa.
• El comienzo.
• Bienvenido a Miami.
• Un Apple Watch no hace tic tac.
• El reloj de carey.
• Control de aduanas.

J. G. Chamorro volverá a entretener los fines de semana del otoño con las aventuras del detective Paul Davis

Mañana se publica la primera entrega y los próximos fines de semana las nueve siguientes hasta el sábado 4 de diciembre.

El sagrerense J.G. Chamorro, que fue el autor del otoño en Andreuenc el pasado año, sigue colaborando con Andreuenc durante este 2021, cediendo una más de las aventuras de su investigador privado especializado en relojes, Paul Davis. Las entregas de los capítulos empezarán mañana y las siguientes pasarán a ser sábados y domingos, concretamente los días 6, 7, 13, 14, 21, 27 y 28 de noviembre y 4 y 11 de diciembre.

Al más puro estilo de Arthur Conan Doyle y Sherlock Holmes, las narraciones de este detective son también historias cortas e independientes y que, por tanto, pueden ser leídas de forma aislada y desordenada. Éste es un ejemplo, pues ‘Paul Davis, robo lento’ fue publicada en agosto de 2019, mientras que ‘Paul Davis, el hombre de los dos Relojes’, que pudisteis disfrutar el otoño anterior, lo hizo en en abril de 2020.

Su protagonista es Paul Davis, un detective observador, metódico y excéntrico. Su trabajo es encontrar y recuperar relojes. Y lo hace muy bien, rehuyendo de los convencionalismos. Armado siempre con su tarjeta suiza y con una despierta y viva sagacidad, resuelve los casos más escabrosos y los misterios más oscuros superando cualquier tipo de dificultad que se presente.

Davis, a diferencia de Holmes, muestra un panorama de actualidad donde sus investigaciones aprovechan la tecnología disponible inexistente en el siglo XIX y un relato social de cómo es la vida en nuestro tiempo, explicado de forma cercana en primera persona, con la naturalidad y la proximidad de la que hace gala el detective.

‘Robo lento’ es la 24 aventura del detective y está incluida dentro del volumen “A contrarreloj. Paul Davis, tercera temporada”. Este tipo de robo progresa poco a poco, por lo que los afectados no se dan cuenta de las pérdidas hasta que es demasiado tarde y resultan muy considerables. En este caso, los perjudicados son grandes almacenes que han perdido unos relojes muy valiosos.

Esta entrega sigue los parámetros argumentales y estilísticos de la saga A contrarreloj que han dado pie a opiniones críticas muy elogiosas provenientes de plumas muy reconocidas y de medios especializados diversos. A modo de ejemplo Arturo Pérez-Reverte decía en Twitter: “Interesante y especializado”; y Librodebolsillo hacía este comentario: “Suspense, aventura, intriga y glamour con unos escenarios incomparables y en los que se hilvana estupendamente nuestra afición favorita, el mundo de la relojería. Esto, unido a una ambientación magistral al más puro estilo James Bond y con unos diálogos absolutamente proverbiales, hace que no puedas desviar la mirada de los párrafos, sumergiéndote en la trama cada vez más.”

Tal y como anticipamos a Andreuenc, el autor lanzó recientemente su último trabajo: “A contrarreloj Paul Davis, sexta temporada” que junto a las anteriores tiene disponibles en el Marketplace de Amazon, tanto en formato digital como en papel.

Si se perdió su anterior publicación la encontrará en “El hombre de los dos Relojes, por J.G. Chamorro”. Para aquellos que quiera profundizar más en su obra, tiene mucha información en su página web: www.javiergutierrezchamorro.com/category/libros/.

Paul Davis, robo lento (Incluido en «A contrarreloj 24» y en «A contrarreloj. Paul Davis, tercera temporada)
Por J.G. Chamorro

Paul Davis, robo lento en Diari Andreuenc

Capítulo 1
Paul Davis, robo lento en Diari Andreuenc

Aquel mes de agosto de 2019 fue bastante particular. Tuvimos cuatro o cinco días de extremo calor húmedo, debido a lo que bautizaron con un término tan poco significativo como Ola de calor. Como si darle un nombre explicara sus causas. Hubo además cuatro o cinco días de tormentas con lluvias, en algunas ocasiones torrenciales. O sea que si de treinta y un días, diez fueron de climatología no habitual en esas fechas, algo ocurría. Los que aún dudan de los efectos del cambio climático, no tienen más que echarle un vistazo a los fenómenos como esos, que cada vez, ocurren con mayor frecuencia.

Rememoraba como unos años atrás, agosto era un mes inhábil. Toda la gente se iba de vacaciones, las calles quedaban desiertas y, por supuesto, la mayoría de comercios estaban cerrados. Solamente un bar jalonado aquí o allá, y algún negocio perteneciente a grandes cadenas que entonces eran los menos, estaba abierto en la época estival.

Hoy en día el mes de agosto no es muy diferente al resto del año. La mayoría de empresas trabajan, la mayoría de locales comerciales abren, y si bien la afluencia de público y trabajadores es menor, no se asemeja en nada al panorama desangelado de antaño.

No recordaba cuando fue la última vez en que me tomé unas vacaciones como tales. Siempre digo, y no es a modo de queja, que así es la dura vida del empleado autónomo.

Lidia, mi secretaria, se había tomado las dos últimas semanas del mes libres. La cantidad de trabajo en verano solía descender un poco, a menos movimiento, menos robos también y por ende, menos trabajo para mí. Salvo en las viviendas claro, donde los amigos de lo ajeno aprovechaban las largas ausencias de sus propietarios, y se llevaban todo lo que tuviera valor.

Con tantos años juntos, habíamos aprendido a organizarnos. En su ausencia, me encargaba de cubrir sus tareas organizativas y administrativas. Así es como ocurría en la mayoría de empresas. Los empleados hacían turnos, y se repartían las vacaciones, de modo que aunque con menos personal, el negocio pudiera proseguir su actividad. La excepción eran todas las actividades relacionadas con el turismo, en verano iban a más, en especial en una ciudad con tanta afluencia de visitantes como la mía. Para ello recurrían a contratos basura, a empleados eventuales.

Aquella mañana, tenía una cita con el subdirector general de bienes de lujo de El Corte Inglés. Supongo que todos conocéis esa cadena de grandes almacenes. Empezaron en un lejano año 1935, adquiriendo una sastrería en Madrid, y cuatro años después, inauguran lo que sería su primer gran almacén. Llegaron a tener más de un centenar de centros en la Península Ibérica (dos de ellos en Portugal). En los tiempos de bonanza, adquirieron a su principal rival, Galerías Preciados, multiplicando con ello la cantidad de centros comerciales de que disponían, la mayoría de ellos, en propiedad.

Los cambios en los hábitos de consumo les han afectado, y ahora más que española, es una empresa qatarí y china.

En lo que a mi respectaba, ninguna de las filiales de El Corte Inglés era cliente de “Franz LZ Insurances”, tenían sus negocios de seguros repartidos con diferentes firmas, incluso una parte estaba en manos de su propia correduría: Seguros El Corte Inglés. Aún así había sido Franz Lengyel Zsoldos el que me había contactado, el propietario y máximo responsable de la “LZ Insurances”.

Iba a ser una investigación que yo llevaría a cabo de manera privada, pero que le convenía que tuviera éxito, debido al gran nombre que tenía El Corte Inglés, y que sería una referencia que le podría proporcionar nuevos clientes.

Sin prodigarse en detalles, como era su estilo, me expuso que se habían robado un número indeterminado de relojes. Desconocían hasta qué punto el responsable pudiera ser un empleado, o que la trama ascendiese hasta escalafones más elevados, quizás implicando a miembros del propio personal de seguridad de la empresa.

La entidad no quería revelar demasiada información, siquiera a Franz Lengyel, pero no tendrían inconveniente en proporcionármela, si finalmente llegábamos a un acuerdo. Suponía que habrían intentado resolver el problema internamente, y que si me llamaban, era porque no lo habían logrado. Aquello me ponía ante un caso difícil, de los que me gustaban.

Capítulo 2
Paul Davis, robo lento en Diari Andreuenc

Tras presentarme en el vestíbulo del edificio, e identificarme, me hicieron ascender hasta la onceaba planta. Si la seguridad les importaba, aquello no parecía ser lo más inexpugnable del mundo. ¿Qué ocurriría si mi documentación fuese falsa y yo no fuera quién decía ser? El procedimiento habitual era que un extraño nunca accediese sólo a las dependencias de la empresa. Bien porque le acompañase el anfitrión en persona, alguien de su equipo, o un miembro del cuerpo de seguridad.

Mientras me encaminaba a su despacho, mentalmente planeaba mi ficticia incursión ilegal a sus dependencias. Había cámaras de seguridad visibles, así que probablemente habría muchas otras que no veía. Seguramente desde la garita de control, quizás oculta en alguna de las plantas subterráneas me observaban. Pero, ¿con cuánto detalle? Estimé que podría haber en la zona un centenar de cámaras. ¿Cuántos empleados habría observado sus imágenes? ¿Diez como mucho? Tocaban a diez cámaras por persona, demasiado como para que no se les pasara por alto cualquier detalle. Eso sin tener en cuenta que podrían despistarse mirando su teléfono móvil, que tuvieran que ir al baño a orinar…

Era cierto que todo estaría grabado, pero al fin y al cabo, si me adentraba en el edificio, conseguía lo que fuera que en mi plan mental quería conseguir, y lograba abandonarlo, estaría a salvo.

Se abrieron las puertas del ascensor en el piso once. El suelo era de parqué, como el de un bufete de abogados de prestigio. En el distribuidor había un pequeño directorio colgado en la pared. Figuraban nombres y cargos de la empresa, la mayoría directivos de medio rango como era el caso del subdirector general de bienes de lujo al que yo iba a ver.

La única medida de seguridad era una guapa pelirroja de no más de veinticinco años. Ocupaba un taburete elevado tras un mostrador. Hubiera sido fácil vencerla y colarse en las dependencias de la planta. Había un cartel que anunciaba los servicios. Podría dirigirme a ellos, esperar dentro, aunque fueran dos horas, y en cuanto la pelirroja se ausentara para recoger documentos de una impresora, o para hablar con algún compañero, colarme.

Esta vez sí que salió un hombre a recibirme. Vestía con un traje azul marino de líneas clásicas, me dio la impresión que sería un Emidio Tucci, una de las marcas propias de la empresa. Así todo quedaba en casa. No llevaba reloj, sólo una pulsera inteligente. Aquello me dio mala espina, no por nada, pero ¿cómo de amante de los bienes de lujo podría ser alguien que no lleva reloj? Miré el Kronos Pilot de mi muñeca, eran las diez y diez de la mañana.

—Buenos días señor Davis. —se presentó el hombre estrechándome la mano.

Se llamaba Máximo Campos, algo que yo ya sabía, obviamente había preguntado por él en la recepción, pero que creo que no os lo había explicado. Tenía una voz grave y pausada, un tanto desesperante.

—Buenos días señor Campos.

Me hizo pasar a un confortable despacho decorado con mobiliario moderno y bastante minimalista. Estaba ornamentado con algunos posters enmarcados de Cartier, TAG Heuer, y uno de Omega en donde se veía la Luna llena de cráteres y que conmemoraba el cincuenta aniversario de la llegada del hombre a la luna a bordo del Apolo XI.

Me explicó que El Corte Inglés o ECI, además de vender joyería y relojería en sus centros, dispone en algunos de ellos de boutiques. Algo que yo ya sabía. Son unos departamentos que parecen independientes, y donde ofrecen joyas y guardatiempos mucho más selectos que los que exponen en las áreas generalistas.

Las boutiques pertenecen a El Corte Inglés, aunque en ellos actúan como una especie de intermediarios. Cobran a las marcas por tener su espacio privilegiado en esa zona, más dinero cuánto más grande sea el espacio, y en general, los dependientes, también los pone la propia marca y no El Corte Inglés. Ellos se limitan a proporcionarles el espacio, y los servicios básicos en cuanto a limpieza, seguridad, facturación, etcétera.

En las últimas semanas, habían ido encontrando estuches vacíos de relojes, la mayoría de TAG Heuer, pero también de Omega, Breitling y Panerai. Aquello tenía su lógica, dentro de los relojes de lujo, probablemente TAG Heuer era la marca más popular, y asequible, se vendían más, de manera que eran los más fáciles de sustraer sin despertar sospechas, y los más fáciles de revender.

En varias ocasiones había acudido a alguna de sus boutiques, eran sobre todo visitadas por extranjeros, solían estar bastante masificadas, y la variedad no es que fuera muy amplia. No eran de mis favoritas, desde luego. Sí que recuerdo que tenían expositores, cerrados con llave, que estaban dispuestos sobre armarios que también estaban cerrados. Si querías probarte un reloj, el dependiente o “concierge” como a veces los llamaban, abría el expositor, y ataviado con unos guantes de terciopelo negro sacaba el reloj, te lo limpiaba con un paño, y te vigilaba mientras te lo probabas. Al terminar, invertía el proceso y volvía a depositar el reloj en el expositor.

Cuando un cliente adquiría una pieza, algo que yo había podido ver de primera mano, abrían el mueble inferior. Estaba repleto de los estuches con las piezas que se exponían en la parte superior de la vitrina. Cogía el modelo que el cliente deseaba, lo inspeccionaba, volvía a cerrar el mueble, y acompañaba al comprador a una dependencia más discreta donde podría pagarlo o financiarlo.

Con lo que me explicaba Máximo Campos me podía hacer la composición de lugar. El “concierge” tomaba el estuche del reloj que quería el cliente, y a la hora de inspeccionarlo, se daba cuenta que estaba vacío. Guardando las apariencias, sonreiría discretamente sin mediar palabra, y discretamente cogería otro estuche lleno. Quizás al principio los dependientes pensasen que sería un error, o que incluso las cajas vacías perteneciesen a relojes que estaban en exposición. Sin embargo, tarde o temprano alguno reportaría el problema a la marca relojera que les tuviera contratados.

La marca, volvería a pensar lo mismo, que podía ser un error puntual. De nuevo se repetirían las incidencias, y la queja llegaría hasta El Corte Inglés. Podían haber transcurrido meses desde que comenzaran las sustracciones.

Capítulo 3
Paul Davis, robo lento en Diari Andreuenc

Campos carraspeó, el aire acondicionado estaba bastante fuerte en la estancia, y me dijo:

—Es en ese punto, cuando los hechos se transforman en quejas de nuestros clientes, es decir, las marcas que exponen sus productos, que el problema deja de ser económico y se convierte en algo más importante. Un problema de imagen. Las relojeras pierden la confianza con nosotros, tal vez incluso puedan aventurar que somos partícipes de los robos, y ahí es donde nos ponemos a investigar.
—¿Y que descubren?
—No queríamos despertar sospechas ni que saltaran las alarmas. Ni con los empleados, ni con las marcas relojeras. Durante la noche, cada centro por vez, inspeccionamos la cuantía de los daños.
—¿Contaron cuántas cajas vacías había?
—Exactamente. Hicimos un repaso de todas las boutiques para ver cuántos estuches había vacíos en los muebles. Encontramos diecisiete en el centro de Plaza Catalunya.
—Y ¿en el resto de centros?
—Nada. No se vieron afectados.
—Los estuches vacíos eran sólo de relojería, ¿o también tuvo efectos con otro tipo de artículos? Si no recuerdo mal, se exponen también piezas de joyería y algunos instrumentos de escritura.
—Sólo relojería.

Era un típico ejemplo de robo lento. Aquel que se efectúa paulatinamente, tan con cuenta gotas, que cuando los afectados se dan cuenta de lo ocurrido, la cantidad de género desaparecido no es para nada despreciable.

Lo mejor que podía hacer era visitar aquella boutique, hacerme pasar por un cliente más, y ver con mis propios ojos lo que ocurría. Estaba a punto de despedirme del subdirector general de bienes de lujo cuando me surgió una idea:

—¿Es posible que hayan desaparecido más relojes?
—¿A qué se refiere?
—Saltó la liebre, si me permite la expresión, al constatarse los estuches vacíos. Pero se me ocurre que, si también desaparecieron esos estuches, entonces los daños pueden ser superiores a esas diecisiete unidades. Que falten más relojes de los que todavía han descubierto.
—Descartamos esa hipótesis. Si le soy sincero, más bien no reparamos en ella. Pensamos que con las medidas de seguridad no cabría la posibilidad de que algún empleado abandonara la boutique ocultando un reloj. Tenemos cámaras de seguridad y todos los empleados son registrados discretamente cada vez que abandonan la boutique.
—¿Sospechan de alguien en concreto? ¿O al menos de dónde puede estar el punto débil? Miembros del equipo de seguridad, dependientes, empleados del equipo de limpieza.
—En este momento, sospechamos de todos. El incidente nos ha superado, por eso decidimos contratar a “Franz LZ Insurances”.
—De acuerdo. Esta madrugada hagan inventario en Plaza Catalunya. Verifiquen que no falte ni una sola de las cajas que los albaranes de entrega indican. En un par de días tendrá noticias mías. —le dije tendiéndole una de mis nuevas tarjetas de visita.

Habéis leído bien, he dicho nuevas tarjetas de visita. Ya sabéis que llevo dos tarjetas de presentación, las mías, y las de “Franz LZ Insurances”. Hasta hace nos días, en las dos decía lo mismo, coincidiendo con el cartel en la entrada del despacho:

Paul Davis – Detective
Investigaciones especializadas en relojería

Franz se había empeñado en “reorganizar” la empresa, en darle un aspecto más moderno y global. Eso implicó algunos cambios de identidad corporativa, con un logotipo más elaborado que el que tenía hasta entonces. El caso es que ahora mi cargo era el de “W.S.P.I.”. El P.I. no significaba otra cosa que “Private Investigator”, o sea investigador privado. Seguro que lo habéis visto en bastantes películoas. Sin embargo, lo precedió por “Watch Specialized” (“W.E.”), o sea “Especializado en relojería”. Decía lo mismo que decía antes, pero seguía esa tendencia tan en boga actualmente que persigue que la gente no sepa exactamente a lo que te dedicas. Ya no hay encargados sino managers, directores financieros sino C.F.O, o Key Account Managers en vez de comerciales. Mi tarjeta ahora rezaba:

Paul Davis – WSPI
Franz LZ Insurances

—Si tiene cualquier novedad, llámeme a cualquier hora. —le expuse. —Yo haré lo mismo.

Mientras abandonaba el edificio observé la tarjeta de visita de Máximo. Figuraba su nombre, su cargo, la dirección, el email, y un número de teléfono fijo. Debía ser el número de la centralita, así que difícilmente iba a poder contactarle fuera del horario laboral. No dejaba de sorprenderme el desinterés que demostraban muchos directivos.

Capítulo 4
Paul Davis, robo lento en Diari Andreuenc

Me acerqué hasta la boutique, asegurándome que entraba al local con las gafas de sol puestas, como si fuera un turista más de los que abarrotaban la tienda en aquel momento. Era un recinto de medianas dimensiones, pequeño en comparación con otras relojerías como Rabat o Unión Suiza, pero bien amueblado y decorado. Seguía gozando de una gran afluencia de público, exactamente tal como yo lo recordaba.

El género estaba dividido en tres secciones. La de relojería era la más amplia, seguida de la de joyería, y finalmente la de complementos e instrumentos de escritura. Decidí reservar el plato fuerte para el final, así que opté por recorrerlas en orden inverso.

En la parte de escritura, estaba casi todo copado por la marca Montblanc, ni Graf von Faber-Castell, ni por supuesto Inoxcrom. Conté dos o tres empleados atendiendo a la clientela, que en esa zona que, era más bien poca.

En el área de joyería la mayoría de visitantes eran parejas, y quienes atendían la subsección eran mayoritariamente de sexo femenino, tres dependientas y un dependiente. Se representaban firmas como Tous, Cartier, Bvlgari o Tiffany & Co.

La sección de relojería era la que más trajín experimentaba. Muchos curiosos, es cierto, pero de tanto en tanto alguna venta. Conté ocho “concierges”, siete hombres y una mujer. Quizás el stand de más éxito era el de Omega, que estaba en plena campaña de sus Omega Speedmaster que llegaron a la luna en 1969. Claro que también lo hicieron mis gafas Randolph Engineer, y nadie me miraba. Los mostradores de TAG Heuer tenían mucho material gráfico dedicado a la automoción y la Fórmula 1, llamaba la atención un recortable de tamaño real donde aparecía el joven piloto Max Verstapen luciendo un cronógrafo de edición limitada de la marca.

Solicité ver un Breitling Navitimer que el hombre extrajo del expositor tal y como Máximo me había explicado. Me lo probé en la muñeca. Era bonito, pero al lado de mi Kronos, ni de lejos valía los 6.760 euros que marcaba la etiqueta. Su esfera blanca saturada de información con las manecillas plateadas no era demasiado legible, ni siquiera con la buena iluminación de la tienda. Así se lo hice ver al dependiente, que entonces me mostró otro Breitling Navitimer, esta vez con la esfera azul y las subesferas blancas. Respondí con que no me acababa de encajar y me apetecía probar otra marca. Con educación el concierge me hizo un gesto y me dejó marchar.

Era evidente que los dependientes trabajaban solamente para una marca, que te fueras a otra enseña, por mucho que no distara más de dos metros, para ellos era una venta perdida.

Aproveché la ocasión para preguntarle si tenían baño. Entonces hizo un gesto levantando la mano, y un hombre con el uniforme de una empresa de seguridad vino hacia mí, y me instó a que le siguiera. Me pareció que era algo a lo que estaban acostumbrados. El servicio estaba en una equina de la tienda, pero dentro de sus dependencias. No tuve que pasar por ningún arco RFID, de esos que hacen saltar una alarma si llevas algo que no has pagado, o mejor dicho, si llevas un artículo al que aún no le han quitado la etiqueta RFID.

Para los que no lo sepáis, RFID o identificación por radiofrecuencia (del inglés Radio Frequency Identification) es un sistema de almacenamiento y recuperación de datos remoto que usa dispositivos denominados etiquetas, tarjetas o transpondedores RFID. Las etiquetas RFID (RFID tags) son unos dispositivos pequeños, similares a una pegatina, que pueden ser adheridas o incorporadas a un producto, un animal o una persona. Contienen antenas para permitirles recibir y responder a peticiones por radiofrecuencia desde un emisor-receptor RFID. Las etiquetas pasivas no necesitan alimentación eléctrica interna, mientras que las activas sí lo requieren. Una de las ventajas del uso de radiofrecuencia, en lugar de por ejemplo infrarrojos, es que no se requiere visión directa entre emisor y receptor.

Aún así, a un reloj no se le puede poner una alarma, la llevan adherida junto a la etiqueta que como sabéis, es muy fácil de quitar. Si la ocasión fuera propicia, podríamos incluso salir con el reloj en la muñeca. La dificultad estribaría en convencer a uno de los concierges de que no había visto nada, que hiciera la vista gorda, y que nos dejara salir como tal cosa. Me imaginaba que los tiros de aquella investigación, iban por ese camino. La complicidad de parte del personal.

En las vitrinas de TAG Heuer destacaba el nuevo Monza que rendía tributo a los del mismo nombre de la década de los setenta. Su esfera negra y su caja también negra lo hacía elegante y deportivo al mismo tiempo. No podía ver la cifra que marcaba la etiqueta, así que dirigiéndome a uno de los dos concierges, el que había observado que me había visto cuando estaba con el de Breitling, le pedí que me mostrara el TAG Heuer Monza.

Me lo coloqué en la muñeca, el contraste era ideal, el precio: 4.950€. Le pregunté si estaba disponible en otros colores, algo que yo ya sabía que no, y también si había algún descuento. Me ofreció un diez por ciento confirmándome que no se vendía en otras variantes. Me quedé indeciso con él en la muñeca, meditando la adquisición.

En aquel instante el dependiente extrajo un catálogo de la marca, y con su indefinible acento extranjero me narró alguna de las bondades del modelo. Recubrimiento PVD, calibre 17 de manufactura propia (que en realidad yo sabía que no era cierto, puesto que tomaba como base el ETA 2894-2 y le aplicaba unas pocas modificaciones), cristal de zafiro, …

Fingí que me convencía, y que me lo llevaba. Entonces abrió el mueble inferior. Localizó una de las cajas de cartón de color negro, todas ellas muy parecidas, y revisó el adhesivo que indicaba la referencia “CR2080.FC6375”. Entonces la cotejó con la del catálogo en papel, y retóricamente expuso:

—Aquí la tenemos.

La caja exterior era como la de la mayoría de modelos de la marca, variaban solamente un poco en cuanto a tamaño. No hacían referencia al modelo Monza, sólo unas letras plateadas con “TAG Heuer. Swiss avant-garde since 1860”. ¡Qué bien hacía el marketing TAG!, como si esos relojes, o incluso esa marca tuviera algo que ver con lo que hacía en 1860 Edouard Heuer, cuando aún se llamaban Uhrenmanufaktur Heuer AG.

Abrió la caja, y apareció un estuche recubierto de piel en donde sí se hacía referencia al modelo Monza, y en la cual una alfombrilla naranja mantenía el reloj en su posición.

Asentí satisfecho, y el hombre me acompañó hasta una estancia separada en la cual dos señores, ambos rondando los cincuenta años, y que éstos sí que parecían estar contratados por El Corte Inglés, se sentaban tras una mesa donde cerraban las compras. Me anoté mentalmente preguntarle a Máximo Campos si estaba en lo cierto, y eran empleados de los grandes almacenes o de las marcas.

Uno de los hombres estaba libre, guardando la compostura en su butaca, y con un ademán bien ensayado, me ofreció tomar asiento.

—Gran elección. —me congratuló el hombre con la caja del Monza en la mano.
—Es bonito, la verdad. —complací.

Por sus palabras me di cuenta que apenas sabía nada de relojes, había reconocido la marca, y poco más.

—¿Cómo desea pagarlo? ¿En efectivo o con tarjeta? ¿Tal vez desee financiarlo?
—Con tarjeta, por favor.
—Perfectamente. —repuso él de forma fría. Probablemente el pago aplazado le proporcionaría una mejor comisión, así que seguramente esperaba algo más de mí.

Sabía que una vez asegurasen el pago, entonces sellaríamos la garantía, me emitirían la factura, y en el caso de relojes con brazalete, lo ajustarían a mi muñeca. Aquel no era el caso, puesto que el Monza se vendía solamente con una correa de cuero en color negro y de aspecto muy “Racing”.

Escaneó el código de barras y preguntó al aire:

—Cuatro mil novecientos cincuenta. ¿Correcto? —entonces deletreo la referencia. —Ce, erre, dos, cero, ocho, cero, efe, ce, seis, tres, siete, cinco. TAG Heuer Monza. Si, todo bien.

El dependiente que había efectuado la venta, y que todavía estaba situado a mi espalda, lo corrigió:

—Francisco, aplíquele al caballero el diez por ciento de descuento que le he ofrecido.

El tal Francisco, sonrió teatralmente. Pulsó entonces una tecla en el ordenador que hacía las veces de TPV (Terminal de Punto de Venta), y que era idéntico al que vemos en Hipercor u OpenCor demostrándome que, si con sólo apretar un botón me aplicaban la oferta, quería decir que ya estaba estipulada de antemano. Probablemente era un artificio más de la venta, y lo harían con casi todos los clientes.

—Se le queda en cuatro mil cuatrocientos cincuenta y cinco euros. —me dijo francisco mostrándome los dígitos verdes de la pantalla del terminal para que verificara que el importe era correcto.

Saqué la tarjeta de crédito de mi cartera, y se la entregué a Francisco. Él introdujo la cantidad en el aparato de cobro con tarjeta, y al que curiosamente también denominan TPV, y me lo entregó:

—El PIN, si es tan amable.

Introduje el PIN, y le devolví el TPV. El aparato negoció informáticamente a través de su conexión de datos 3G con uno de los servidores de Mastercard. Éstos evaluaron mi tarjeta de crédito, y procedieron a solicitar a mi banco un aval digital. Por motivos de confidencialidad, la entidad bancaria nunca proporciona al comercio el saldo disponible en la tarjeta. Tampoco lo necesitan. Solamente confirma si puedo o no puedo pagar el importe de la compra. De cara a Mastercard en este caso, no le importa si es porque tengo mucho dinero en la cuenta, o porque tengo capacidad de crédito por parte del banco. Sólo quieren asegurarse de que pueden cargarme esa cantidad, y que con una probabilidad superior al 99,9% con tres decimales no seré un moroso. Su evaluación de riesgo determina que podré abonar esa cuantía. Nuevamente, no les importa si desde el banco lo hago a toca teja, o en pago fraccionado. Mastercard le dice a ECI, que soy de fiar en cuanto a los 4.455€. Naturalmente, si la cuantía fuera diez o cien veces superior, los resultados serían muy distintos.

Todo eso que os he explicado ocurría en el transcurso de menos de cinco segundos, la mayor parte del tiempo malgastado en encender el chip de radio, es decir, el pequeño teléfono móvil que incorporaba el TPV. Vi como la cara de Francisco se tersaba como si hubiera recibido una sobredosis de Toxina Botulínica o Botox.

—El sistema dice que la tarjeta no es válida. —expuso educadamente. —Pero no se preocupe, estas cosas pasan de vez en cuando. Tanta tecnología, y al final ya ve… ¿Lleva encima algún otro método de pago?

Era una frase hecha que ya había escuchado en alguna otra ocasión. Por algún motivo se referían a un método de pago alternativo. ¿Acaso si hubiera llevado esa cantidad en efectivo habría pagado con la tarjeta? No, por supuesto. El hombre pedía si tenía otra tarjeta bancaria con la que pagar. Como me molestaba la expresión pensé en gastarle una broma, al apurado Francisco. Algo que jugase con el “otro método de pago”. No sabía si mostrarle mi monedero electrónico de Bitcoins, preguntarle si aceptaban monedas de oro, o inquirirle que me lo convirtiera a pesos dominicanos. Pero finalmente, me contuve.

—No lo siento. Es la única que tengo encima.
—Lo volveremos a intentar… —se conformó él.

Capítulo 5
Paul Davis, robo lento en Diari Andreuenc

Sé que sois lectores avezados, así que seguro que os imaginabais que algo así iba a ocurrir. ¿Estaba claro no? Iba yo tan feliz con mi nuevo Kronos Pilot después de deshacerme del Zenith El Primero [NE: Ver “Crisis de identidad” en “A contrarreloj 23. Paul Davis, el Ferrari del pasado” donde Paul Davis decide abandonar la mayoría de objetos que le acompañaron durante buena parte de su carrera], así que no iba a comprarme el primer reloj que viera en el escaparate una tienda.

Como la mayoría de vosotros, llevo en la cartera varias tarjetas financieras. Algunas son de débito y otras son de crédito. Una de ellas, de Mastercard concretamente, tiene un límite fijado a mil euros mensuales. La utilizo cuando tengo que pagar compras por internet, o incluso en negocios físicos en los que no confío o de los que no soy un asiduo. Sé que, si me timan o me roban, al final el banco se encargará de que Mastercard me reintegre el dinero. Pero no me apetece que eso ocurra, así que al menos, limito los daños a mil euros. En el caso que nos ocupa, ese límite era obvio que no era suficiente para pagar el reloj. Yo sabía que fallaría, pero necesitaba ver cómo era el proceso completo de compra. Desde que el cliente entraba en la tienda, hasta que salía con su reloj.

Naturalmente volvimos a probar de nuevo y el resultado fue idéntico, tarjeta rechazada. Francisco me preguntó si tenía otra tarjeta, a lo que respondí que sí, pero que no la llevaba encima. Que descuidase, me pasaría por la tarde, y cerraríamos el trato, algo que no creo que él creyera. Muchas de estas compras se realizan por impulso. Nos encaprichamos del artículo en el momento de verlo, de probárnoslo, de llevarlo en la muñeca. Pasada esa ilusión inicial, volvemos a nuestra vida normal, y solemos olvidarnos del asunto.

Al salir de la tienda, franqueé los arcos de alarma, esta vez sí. Había un par de vigilantes en sus inmediaciones, observaban sin mucho interés a los clientes que entraba y salían. Supuse que estarían allí solamente para casos de ladrones kamikazes. Son esos que sin demasiado que perder, actúan como en un partido de rugby. Una vez han logrado que el dependiente les ponga el reloj en la muñeca, se escabullen corriendo. Aunque salte la alarma, con la confusión reinante ellos ya se encuentran a decenas de metros camuflados entre la multitud. Me imagino que a los concierges les forman en ese sentido, que no presten un reloj a cualquiera, y que en caso de sospechas, llamen la atención de alguno de los vigilantes, de forma que si el landronzuelo pretende escapar, esté suficientemente cerca del guardián como para que pueda impedírselo.

Aguardé en la puerta unos minutos. Esperaba que alguno de los dependientes se ausentara para fumar un cigarrillo. Por lo que había leído hace un tiempo, un fumador medio enciende un cigarrillo cada hora y media. Una cuarta parte de la población es fumadora. Eso me daba que entre tres y cuatro de los dependientes fumarían.

Un cálculo rápido me dio que debería esperar entre veinte y treinta minutos para que uno de ellos saliera a aspirar humo. El doble si aprovechaban ese hábito tan arraigado de salir en parejas.

Sin perder de vista la puerta de acceso, me dirigí a un quiosco cercano, y compré el último número de “Revista Relojes”. Si tenía que esperar casi una hora, al menos tener algo de lectura que me lo amenizara. Miré el Kronos, era casi la una. Localicé un banco libre con visión de la puerta, y me senté. Me concentré en la lectura, atento a mi visión periférica por si algún empleado cruzaba la puerta. Cuando terminé la lectura eran las dos y diez, había transcurrido más de una hora. Yo estaba muerto de hambre, y ninguno de los empleados había salido a fumar en todo aquel rato.

Capítulo 6
Paul Davis, robo lento en Diari Andreuenc

A la mañana siguiente me presenté en la planta once para ver a Máximo Campos. Me tenía algo enojado, para ser sinceros, bastante enfadado. Había quedado en que me llamaría ante cualquier novedad. Me debía los resultados del inventario, si faltaba alguna pieza más o no. Sin embargo, no llegó a llamarme ni a decirme nada.

Aquel desinterés me indignaba, era como si delegara en mí que tuviera que ser yo quien le sacara las castañas del fuego, a él, y a quien le pagaban el sueldo.

—¿Hay noticias del inventario? —le pregunté sin llegar a saludarle.
—Sí. Ejem. —carraspeaba de nuevo. Empezaba a dudar si era por la temperatura del aire acondicionado o una reacción nerviosa. —Tenía usted razón. Faltaban más relojes con sus cajas. Veintiuno en total.
—Por tanto, han desaparecido veintiún relojes con sus estuches, y los diecisiete que ya tenían contabilizados, en los que se hurtó solamente el reloj. Un total de treinta y ocho unidades. —aclaré haciendo una suma mental.
—Le puedo decir más. El valor de mercado de la mercancía sustraída asciende a setenta y seis mil euros.

Era una cantidad notable, sin duda compensaba la factura que “Franz LZ Insurances” les iba a emitir, por mi parte, y aunque no hubiera suplemento por disparos, sería un buen ingreso. Sin embargo, aquello no me calmaba. Eran setenta y seis mil euros, y Máximo ni siquiera fue capaz de coger el teléfono y llamarme.

—Sus recomendaciones no iban erradas. —añadió él de manera conciliadora.
—Gracias por sus palabras… Tengo algunas preguntas, espero que tenga tiempo.
—Sí, por supuesto.

La predisposición de Máximo había cambiado bastante comparada con la de mi anterior visita. Quizás la causa fuera que las pérdidas eran más elevadas de lo que suponían al principio. O quizás ahora que había comprobado que mi predicción fue cierta me respetaba algo más.

—Los empleados en los stands, los concierges, ¿están contratados por ustedes, o por las marcas?
—Por las marcas directamente. Algunos de ellos son extranjeros.
—Es lo que suponía… El caso es que ayer estuve dando una vuelta por la boutique. Me sorprendió que ninguno de los concierges saliera a fumar. Doy por sentado que no se puede discriminar a un empleado por tan nocivo hábito. Sin embargo, fue bastante curioso. De más de diez dependientes, ninguno abandonó la boutique.
—Pues me alegra que fuera así señor Davis. Como usted apunta, la ley no nos permite discriminar, ni tan siquiera preguntar, si alguien es o no fumador. Lo que sí que nos permite, es prohibir que en mitad de la jornada los empleados abandonen la boutique. Es decir, está totalmente vetado el salir a fuera.
—Claro, y como es la misma ley la que prohíbe fumar en las dependencias, ello implica que los empleados no pueden salir a humear. —me adelanté.
—Exacto. Eso no impide que antes de empezar su jornada, una vez terminada, o durante la pausa de la comida, estén autorizados a fumar. En esos momentos, tienen permiso para estar en el exterior.
—Me pareció que los cajeros sí que pertenecían a la plantilla de El Corte Inglés. ¿No los ponen las marcas?
—No. Los administradores —respondió mi interlocutor usando la más elegante alocución de administrador en vez de cajero—, son de ECI, de nuestra firma. Debemos ser nosotros los que controlemos las ventas, porque de ahí sale nuestra comisión.

Intuía algo parecido. Así que las grandes superficies cobraban dos veces, una porque las marcas usaran el espacio, y otra, por cada venta que se realizaba en el mismo. Como negocio, no estaba mal pensado…

Le pedí a Máximo que me enseñara las grabaciones de seguridad nocturnas. Mientras la boutique permanecía cerrada. Había conocido a los diferentes empleados que tenían acceso a los relojes, pero no al personal de limpieza. No tardó en entrar en su ordenador, y acceder a las diferentes cámaras de la pasada noche.

Giré el ordenador portátil, y empecé a manipular los controles del video. Podía cambiar entre las diferentes cámaras, y reproducir a diferentes velocidades. Seleccioné las ocho filmadoras que enfocaban con buenos ángulos a las vitrinas de relojes de diferentes marcas. La pantalla del portátil se dividió en una rejilla de ocho celdas, mostrando en cada una de ellas el video de aquella. Reproduje todas ellas a velocidad acelerada por treinta y dos.

Cada vez que veía en una de las secuencias que una empleada de limpieza se acercaba a un expositor, la reproducía a ritmo normal. Me di cuenta que las trabajadoras contaban con una llave, abrían la vitrina, y con un plumero limpiaban los relojes cuidadosamente. Luego con un trapo, adecentaban la parte interior de cristal, y al terminar, volvían a cerrar con llave.

Capítulo 7
Paul Davis, robo lento en Diari Andreuenc

—Ya sé lo que está pensando. —me cortó Campos. —le llama la atención que tengan la llave.
—Al principio sí. Pero en cuanto las observé, me pareció lógico que los expositores deberían limpiarse. —le esquivé yo.
—Cuando abre la tienda a la mañana siguiente, una de las primeras tareas que indica nuestro protocolo, es que los dependientes revisen los expositores. Todos los relojes tienen que estar en su lugar. Sin huecos vacíos. Lo controlamos a rajatabla, y se les requiere que firmen un documento en donde certifican que todo estaba correcto. Si detectan cualquier anomalía, algo que de momento no nos ha ocurrido —dijo tocando ceremoniosamente la madera de su mesa—, avisan al equipo de seguridad, lo que nos permitiría dar con la limpiadora ladrona rápidamente.

La seguridad del establecimiento dejaba mucho que desear. Me molestaba la soberbia de aquella gente. Lo raro era que no sucedieran más incidentes. Estaban plagados de agujeros, de vulnerabilidades. Había constatado en mis propias carnes que los dependientes, al menos los dos con los que traté, no eran expertos en relojería. Sí, eran muy amables, muy apuestos y muy elegantes. Incluso hablarían varios idiomas. Pero lo que se dice expertos en relojes, no eran precisamente. Se limitaban a interpretar el guión preestablecido, y a poner de relevancia las características destacadas en el expositor y en los catálogos.

—¿Nadie se ha planteado que una limpiadora podría, sutilmente cambiar un reloj de los que se exponen por una falsificación? —apunté.
—Mmm. —volvió a carraspear el subdirector general de bienes de lujo. —Bueno… Usted ya lo ha visto… Hay cámaras grabando las veinticuatro horas del día.

Parecía que Máximo Campos no quisiera ver la realidad. Decidí dejarlo por imposible. No hay más ciego que aquel que no quiere ver, como dice el refrán. Debería recomendarle a Franz que les hiciera una visita. Quizás pudiera venderles una auditoría de seguridad en las instalaciones una vez solventado el asunto. Suponiendo que lo solventase, es obvio. Porque si cada vez que miraba, encontraba una debilidad, aquello podría ser enormemente laborioso.

—Entiendo que los empleados son registrados cada vez que abandonan la boutique… —continué yo indagando.
—Sí, sí, sí. Así es. —respondió Máximo con tantas afirmaciones que me dio la impresión que quería camuflar la anterior metedura de pata. —Antes de salir de la tienda se les lleva a la sala de seguridad. Allí todos los concierges pasan por un detector de metales, similar al que tienen instalado en aeropuertos y en organismos oficiales.
—De modo que no podrían llevar escondido un reloj, puesto que el detector lo descubriría.
—Sí.

Tras aquel interrogatorio, ya sabía lo que ocurría, y cómo desaparecían los relojes de la boutique de El Corte Inglés. Ahora necesitaba demostrarlo, y para ello, y muy a mi pesar, iba a volver a necesitar la colaboración de Campos.

—Necesitaría que me contrataran como concierge. ¿Tiene usted la autoridad de solicitárselo a alguna de las relojeras? ¿O debo hablar con alguna otra persona? —ese tipo de presión nunca fallaba con los presuntuosos. Pocas veces admitirían que ellos no tenían tal potestad.
—Descuide. Podré hacerlo. Deme uno o dos días, y será usted oficialmente un concierge en nuestra boutique.
—Estupendo. Que sea para la marca TAG Heuer, si le es posible. Recuerde que es la que más se vende, y la que más dependientes dispone. Ello me permitirá pasar más desapercibido.

Capítulo 8
Paul Davis, robo lento en Diari Andreuenc

Finalmente logré que Campos cumpliera aquello a lo que se había comprometido. Y lo hizo con celeridad, porque si me había advertido que necesitaba uno o dos días para ultimarlo, era aquella misma tarde en la que me confirmaba que todo estaba preparado para mí.

Casi desde el principio de la investigación tuve en la recámara “ser” un empleado. Conocer el negocio y a la gente desde dentro. Si os dais cuenta, fue por ese motivo que la visité la primera vez llevando gafas de sol. Reforzaba mi imagen de turista, pero, además evitaba que me reconocieran si posteriormente pasaba a formar parte de su plantilla.

Máximo Campos me indicó que los trajes Emidio Tucci los ponía la empresa. No tenía más que presentarme a la mañana siguiente vestido de manera informal, y ellos me equiparían con todo lo necesario para el trabajo.

Me quité el Kronos Pilot, y me puse un Tissot PR 516 GL de mi colección. Una marca reconocible entre los que no son expertos en relojería, véanse los concierges, y que a su vez con su estética vintage llama la atención.

Llegué con media hora de antelación a mi primer día de trabajo. En efecto confirmé que sí había fumadores entre los empleados. Algunos estaban a fuera fumando. Me presenté ante ellos con un simple “Soy Pat David, el nuevo concierge de TAG”.

Me acogieron cálidamente, invitándome incluso a fumar, oferta que educadamente decliné aduciendo que era exfumador. Se presentaron con sus nombres, y me ofrecieron su ayuda para aquello que pudiera necesitar. Hubo no obstante dos casos especiales.

El primero, y en positivo, una chica morena que llevaba el pelo largo y teñido de castaño. En seguida se acercó a mí, y tocándome el brazo se ofreció a ser mi guía. “Todos hemos sido nuevos alguna vez, así que cualquier cosa que necesites, ya sabes dónde estoy”. A medida que hablaba con ella la recordé como una de las concierges que estaba en Cartier.

La otra fue en negativo. Un hombre bastante alto y delgado. Llevaba barba de dos o tres días, y se comportó de manera bastante huraña. Quizás fuera tímido, aunque eso no explicaba que ni tan siquiera hubiera sido socialmente correcto, presentándose como hicieron los demás.

El día pasó sin mayor novedad. Mi único entretenimiento era escuchar algunos de los disparates que a veces soltaban los dependientes. He intentado hacer memoria, y así plasmar aquí una selección, pero sólo recuerdo uno. La verdad que fueron tantos… El que me llamó la atención fue “Cristal de zafiro, tan duro como el diamante”. Por si hay algún concierge que lea este relato, sólo aclarar que el zafiro es casi tan duro como el diamante, pero no igual. Según la escala de Mohs el primero tiene una dureza de nueve, y el segundo de diez. Es posible que la confusión viniera porque suele decirse que salvo el diamante, ningún otro material es capaz de rallar el zafiro.

Pasé por el escaneo de seguridad al terminar el día, era tal y como Máximo me había explicado. Hacíamos una fila, y uno a uno los empleados íbamos cruzando por el detector de metales. Un vigilante de seguridad se aseguraba que nadie se lo saltara.

Me quedé en el exterior un rato con mis nuevos compañeros. Unos pocos aprovechaban para fumar. Otros se habían vuelto a sus casas, pero la mayoría, seguían ahí, hablando sobre cómo les había ido el día, las cosas que tenían que hacer en casa cuando llegaran, etcétera.

El segundo día fue más o menos que el anterior. Nada de importancia ocurrió, salvo que hice mi primera venta. Un TAG Heuer Carrera Calibre 5. Como detalle interesante, el vigilante de seguridad que había tras el escáner de metales era uno distinto al del día anterior. Tenía lógica, así se evitaba que se conchabasen.

Durante mi tercera jornada, confirmé que había aprendido a interpretar a un concierge. Puede que sólo fuera fruto de la casualidad, pero vendí dos TAGs más. Al concluir la jornada, Alba, que así se llamaba mi guía, la chica morena del pelo teñido, me invitó a si me apetecía tomar un café con ella. Estaba intentando mezclarme con los empleados, y aquella era una buena forma de integrarme. Por supuesto, acepté.

Alba no era particularmente bonita, su cuerpo era atractivo, es cierto, pero con lo que verdaderamente seducía era con su carácter extrovertido y atento. Un comportamiento que no podía decir si conmigo era o no más intenso de lo que había podido observar con el resto de compañeros y compañeras.

Era una chica que estaba muy preparada, hablaba español, catalán, inglés y francés. Me explicaba que los requisitos mínimos exigían al menos inglés y español, en ese orden de preferencia. Era extraño que yo desconociese los requisitos de acceso, a fin de cuentas, había entrado por enchufe, pero me alegré que al menos en cuanto a idiomas se refería, estuviera capacitado para el puesto.

Mientras ella seguía contándome acerca de su vida, hablaba bastante pero no se hacía pesada, fui dándome cuenta que los mejores ratos en el trabajo los había pasado con mis compañeros. No soy especialmente sociable. El trabajo no representaba ningún reto intelectual para mí, los clientes, sin importar si tenían o no mucho dinero, solían ser altivos y a veces maleducados con nosotros. Desde El Corte Inglés nos ninguneaban. No es que nos tratasen mal, sino que no nos trataban. Estábamos entre dos aguas, porque, aunque estábamos con ellos, no éramos sus empleados. Lo mismo podía decirse de nuestras respectivas marcas, las que nos pagaban el sueldo desde Suiza. Estábamos tan lejos de ellos que ni nos veían, no éramos más que una transferencia a final de mes.

Sin embargo, los compañeros, tenían ganas de hacer las cosas bien, demostraban interés, incluso el huraño. Cuando llegó el turno de hablar sobre nuestros compañeros, y pasando por alto a dos de ellos que, estaban liados, algo que Alba me confesó con cierta picardía, aprovechaba para narrarme los detalles que ella conocía de sus currículums. Todos estaban bien preparados, algunos sustentados por títulos académicos, y otros por experiencia laboral. No había caído en la cuenta de ello hasta entonces. Si el primer día me reía de sus barbaridades, no era por su culpa. Las marcas, apenas les proporcionaban información. Ni novedades de nuevos lanzamientos, ni memorias históricas, ni cursos básicos de relojería. En ECI no se quedaban atrás, ni técnicas de venta, ni protocolo, … Nada. Aquellos chicos estaban dejados de la mano de Dios, y lo hacían lo mejor que podían.

La chica me explicaba como cuando estaban juntos, en “el fumadero” que es como llamaban a la puerta de acceso, o en un bar cercano, se explicaban trucos, cosas que habían aprendido y les habían funcionado. Compartían conocimientos.

La tarde dio paso a la noche sin que apenas me diera cuenta. Miré el Tissot y vi que eran casi las nueve de la noche.

—¿Te espera tu novia? —observó ella al ver que miraba el reloj.
—No. No tengo novia. —respondí con franqueza. No sé si fue la mejor respuesta, pero así ocurrió.
—No llevas anillo de casado. Me he fijado.
—Tu tampoco. —le repliqué.
—No estoy casada… Ni tengo novio, por el momento.

Podría decir que me gustaba lo poco que conocía de Alba, pero no me gustaba aquella situación. Estaba infiltrado, no era realmente uno de ellos como ella pensaba. Si no iba con cuidado, ella podría sentirse traicionada cuando terminara mi caso y me fuera de allí. E, injustamente, parece que siempre se hace daño a la gente que menos lo merece, gente como aquella chica.

Capítulo 9
Paul Davis, robo lento en Diari Andreuenc

Tras el fin de semana, transcurrió un día de trabajo más en la boutique. Alba había estado más atenta conmigo que de costumbre, por lo que rechacé su oferta de quedarnos juntos después de la jornada. A ella no le debió sentar bien, pues en cuanto terminamos, se marchó de camino a la parada de autobús, sin permanecer más de un minuto junto a sus compañeros.

—¡Que raro que Alba se haya marchado! —apuntó uno de los compañeros.

Me hice el muerto, y dejé que el resto hablaran entre ellos.

—Estaría cansada, o de mal humor. —expuso una de las chicas.

Lo del mal humor hizo crecer en mi un sentimiento de culpabilidad. Si no estuviera en medio de un caso, me habría ido a casa en aquel mismo instante. Pero no podía, tenía algo que hacer.

—Bonito reloj. —me dijo uno de los chicos.
—¿Sí? Es un Tissot Automático. —respondí.
—Vaya, vaya. Pues o algunos cobran más que otros, o no me lo explico.
—Qué va. Ya me gustaría. Fue una oportunidad… Debió ser de esos que se caen de un camión. —dije riendo.

El chico con el que había estado hablando, no era el huraño, del que yo sospechaba. A veces las apariencias engañan. Era uno de los concierges que trabajaba conmigo en TAG Heuer. Alba me había dicho que se llamaba Daniel, y que era uno de los que más tiempo llevaba trabajando allí.

Tenía a mi sospechoso, sólo me faltaba el, o los, cómplices. No obstante, decidí no tensar la cuerda, y cuando terminó la conversación, me fui a mi apartamento como hizo el resto.

El día siguiente fue bastante movido. Había atracado un gigantesco crucero en el cercano puerto, y los cinco mil turistas que viajaban en él estaban deseando pisar tierra y gastarse su dinero. Fue un día de locos para nosotros, igual que le ocurriría a la mayoría de tiendas próximas. Ese día vendí cuatro relojes.

Cuando terminamos la jornada, noté que Daniel me buscaba. Se separó ligeramente del grupo para encenderse un cigarrillo protegido de la brisa, y yo me acerqué a él, dispuesto a jugármelo a todo o nada.

—Oye… Me ha dicho Alba… —le dije.
—Alba, ¿eh? —me dijo con retintín. —¿Qué tal con ella “latín lover”?

Sonreí sin responder su pregunta, y continué a lo mío:

—Eres uno de los más antiguos de aquí.
—Sí, el más antiguo.
—No creo que esté mucho tiempo aquí. Me gustaría dedicarme a lo mío, al marketing. No me veo de concierges toda la vida.
—Ya. ¿Y quién se ve haciendo esto para siempre?
—El caso… —intenté encaminarle yo. —Es que cuando ayer hablábamos sobre el camión del que se cayó mi Tissot, se me ocurrió que tu quizás…

Daniel no soltaba prenda. Con mi experiencia, yo ya estaba acostumbrado a eso. Normalmente todos empezaban igual. Sin embargo, lo iba observando con detalle, atento a cualquier mínimo gesto de nerviosismo. Noté que cambiaba el apoyo de un pie al otro, un gesto común y tal vez sin importancia, pero no me pareció que fuera por cansancio e incomodidad. Me dio la impresión de que estaba diciendo “Yo soy el que manda aquí”. Eso me incitó a seguir:

—Soy un novato aquí. El más nuevo de todos. Pero he estado en otros sitios. Creo que podríamos sacar algún reloj de aquí. Venderlos a mitad de precio, y tener un buen colchón económico. Sé cómo hacerlo.
—¿Por qué me lo cuentas? Si sabes cómo hacerlo, ¿en qué me necesitas?

Entonces empecé a relatarle exactamente lo que yo sabía que él ya estaba haciendo. Lo hacía como si fuera mi plan, por supuesto. Podía salirme mal, pero había que confiar.

—Me eres necesario porque tú eres el que más tiempo lleva aquí. Conoces a todos, y sabes quién más nos podría ayudar.
—Ahora ya no sólo me necesitas a mí, sino a más gente. —respondió haciéndose el tonto.
—Mira, de vez en cuando, sin que se note demasiado, pongamos una vez a la semana, un día en el que tengamos muchísima gente. —le explicaba yo. —Cuando enseñemos un reloj a un cliente, en vez de devolverlo al expositor, nos lo guardamos en el bolsillo.
—Ajá.

Daniel no me había saltado con lo evidente, con un “¿y qué hacemos cuando al día siguiente vean el expositor vacío?” Era señal que sabía por dónde iba mi entramado.

—Cuando hagamos una venta, y sin llamar la atención, abrimos el mueble inferior, dispuestos a sacar el reloj que el cliente quiere llevarse. Aprovechamos ese gesto, y en vez de una, sacamos dos cajas. Reponemos el reloj del expositor que habíamos dejado vacío, y guardamos el estuche vacío en el mueble. Al cliente le va a parecer un movimiento normal, como si estuviéramos reponiendo el expositor, no va a sospechar nada. Acompañaremos al comprador hasta los administradores (cajeros), y nos aseguraremos que pague.
—Ajá. —volvió a decir.
—Para ECI seremos unos héroes, alguien que acaba de vender un reloj de lujo., y, por tanto, de quién menos deberían sospechar. Al terminar el turno, y con el reloj aún en el bolsillo, nos quedamos los últimos de la fila, pero en vez de pasar por el detector de metales, lo esquivamos. Seguro que tu conocerás a alguno de los vigilantes que tenga mi visión, que sea más flexible y le vaya bien un dinero extra.
—Es posible sí.
—Finalmente, llevo el reloj a un contacto que tiene una tienda de segunda mano. Sabes que la ley les obliga a verificar que son auténticos, y que no son robados. Pero este amiguete, digamos que es como nosotros. Tiene visión de negocio. En vez de pagarte cuatro chavos por el reloj, nos dará la mitad de su valor en la calle. ¿De dónde crees que he sacado mi Tissot sino?

Percibí la mirada de Daniel. Ganar la mitad del valor del reloj era mucho dinero. Podrían ser 500€, 1000€, 2000€, o incluso 3000€ por semana. ¿Cuánto podría estar consiguiendo él en sus hurtos? No más de una cuarta parte del precio del reloj, eso seguro.

—Ese contacto tuyo es muy interesante. Si logra la mitad del P.V.P., podemos llegar a formar un buen equipo.

Capítulo 10
Paul Davis, robo lento en Diari Andreuenc

Daniel, “Dani”, como le gustaba que le llamasen, me invitó a tomar una copa en un local cercano. Todos nuestros compañeros se habían ido desperdigando, así que acepté. Entramos en un pub con cristales tintados. En su interior reinaba la oscuridad y la música trance.

Nos sentamos en un par de taburetes detrás la barra, y después de pedir un par de consumiciones, Dani llevó la mano a su bolsillo, y me tendió un TAG Heuer Carrera.

—Empezaremos por aquí. Llévaselo a tu amiguete esta noche. Tráeme mañana dos mil cien euros, que es la mitad de su precio, y seremos socios.

Los hechos admitían que Dani había ejecutado el plan que yo le sugería. Nos despedimos, y me fui a casa.

A la mañana siguiente me desperté algo más temprano de lo habitual. Pasé por un cajero automático, y saqué dos mil doscientos euros de mi cuenta bancaria. Los guardé en el bolsillo, y volví al trabajo.

Aquella tarde cuando salíamos, le dije a Alba que había quedado con Dani. Le di dos besos, y nos marchamos. Espero que ella entendiera que era una despedida.

Sin preguntarle me dirigí al pub de la noche anterior, y tras la misma barra, le entregué dos mil doscientos euros.

—Toma. Mi contacto dice que la mitad son dos mil dos cientos, no dos mil cien como dijiste.

Dani se preparaba para entrechocarme la mano, y dijo:

—¡Socios!

En vez de replicar con lo mismo, le di importancia al asunto.

—Ya ves que he traído el dinero. He cumplido.
—Sí. Me alegra haberte conocido. Nos va a ir muy bien socio.

Realmente dudaba que Dani se alegrase de haberme conocido, sobre todo, porque además del dinero a quien había traído conmigo era a un par de hombre de “Franz LZ Insurances”.

Todo había quedado grabado con una diminuta cámara que llevaba en el cuello del polo que yo vestía. La evidencia de quién era el ladrón había quedado registrada desde el momento en que cerramos el trato.

Faltaba encargarse del vigilante, pero aquello era fácil. Era martes, así que Dani me entregó el reloj el día anterior: lunes. ¿Quién era el vigilante asignado al escáner los lunes?

***

Cuando al día siguiente volví a la fría planta once donde estaba el despacho de Máximo Campos, éste ya estaba al corriente de la captura de Dani. Quedaba por averiguar la identidad de su cómplice. Ya estaba familiarizado con el software de las cámaras de videovigilancia en el ordenador del subdirector general de bienes de lujo, hice unos cuantos clics, y segundos después, con la imagen parada le informé a Campos que aquel era su cómplice.

Lo que había vivido no dejaba de ser un dilema de la filosofía clásica. Se resumía como “¿Quién vigila al vigilante?”. Llamé a Franz y le dije que todo estaba resuelto.

—Por cierto, a esta gente deberíais ofrecerles una auditoría de seguridad. —le recordé.
—Ya lo he hecho Paul. Con ellos no hay manera.

Vistas así las cosas, no me cabía duda que no a mucho tardar volverían a llamarle para que les resolviera un nuevo caso. De ellos dependía, si preferían curar a prevenir, era su decisión, no la mía.

Me encaminé hacia mi apartamento. Las calles estaban repletas de gente. Debería encontrarme satisfecho, pero no era así. Me preguntaba hasta qué punto mis antiguos “compañeros” me considerarían un traidor una vez que se enteraran de todo el asunto. Echaba de menos la candidez de Alba, su sinceridad conmigo que yo no logré igualar.

Miré el Tissot PR 516 GL, estaba deseando cambiármelo por el Kronos Pilot, quizás eso me animase. El día comienza cuando me pongo el reloj.

Notas
En unos instantes, mi mente dio forma a la trama completa de este caso. El problema era que al día siguiente me iba de vacaciones al extranjero. No podía dejarlo sin escribir, de otro modo, sería incapaz de terminarlo a la vuelta. Así que, en una jornada maratoniana, a la que debo agradecer que me permitiera pensar en otras cosas, y así calmar mi nerviosismo, la esbocé completa.

Empecé a escribirlo ocurriendo en “Galerías Preciados”, la cadena de grandes almacenes ya desaparecida y que terminó siendo adquirida por su rival “El Corte Inglés”. Sin embargo, pensé que sería una marca que pocos recordarían, que le quitaría veracidad a la aventura. Finalmente, decidí que fuera ECI.

Como lector, me ha gustado la temática. Abandona el glamour y el lujo en el que nos tenía sumido Davis últimamente, agradeciéndose la variedad y el cambio de escenario.

Que yo sepa no existe el término robo lento, al menos no con más significado del que proporcionan las dos palabras por separado. Me gustó como sonaba. Creo que se me ocurrió tras leer una noticia, en la que denominaban “vuelco” a la acción de robar su propia mercancía a los narcotraficantes.

19 comentarios en “Paul Davis, robo lento en Diari Andreuenc”

  1. Fantástico, espero que las eventuras de nuestro detective continúen en lo sucesivo, visto retrospectiva, el año período del confinamiento fue de lo más prolífico.

  2. Buenas noches gracias por este regalo.

    Me ha gustado que Paul hiciera de infiltrado y la resolución del caso

    Que pasen buena noche.

  3. Gracias por este fabuloso regalo literario Guti, te felicito por esta maravilla. Muchas gracias y saludos a todos

  4. Desapacible noche invernal en mi Galicia natal, calefacción proporcionando calor y un entretenido caso de Paul Davis para rematar el día.

    El plan parecía bueno, y las expectativas se confirmaron.

  5. Cesar José Maestre

    Que pedazo de relato! Mil gracias por el detalle Guti, lo disfrute mucho. Y comunicas mucha más que una historia interesante, me enseñas mucho de un comercio tan representativo como el corte Inglés, que es muy ajeno a mi que vivo en las antípodas de España. Un saludo Guti, que gran detalle de tu parte compartir con nosotros parte de tu obra.

  6. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    El confinamiento y el teletrabajo me ha dado afortunadamente más tiempo disponible Jostma. Sin embargo además de mi vida personal el trabajo en el blog, cada vez más exigente, el canal de Youtube, y el software libre se han llevado una gran parte. Tanta que la séptima entrega de Paul Davis si seguimos a este ritmo deberá esperar 1 año más.

  7. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Muchas gracias Juan. Yo también, el ebook en mi caso con el Kindle es lo más cómodo. Sin menospreciar el encanto del papel. Pero al ser una aventura relativamente breve pensé que en pantalla se podría disfrutar también. Lo veo como una forma de generosidad y que la gente lo conozca.

  8. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Te lo agradezco Sergi. Elegí esta aventura porque en cuanto a escenarios es especial. Se aleja del glamour y los viajes de otras aventuras y se convierte en una trama personal y a la vez muy cercana.

  9. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Muchas gracias por tus palabras RICARDO. Pero para mí el mayor cumplido es que hayas disfrutado con su lectura y te haya resultado entretenido. Es bonito combinar nuestra pasión relojera con las historias, aunque sean de un ficticio Paul Davis.

  10. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Suena como un buen plan un relojista. Y qué mejor que una aventura ambientado en el caluroso mes de agosto, en estas fechas post-navideñas ya casi un recuerdo, pero que en 7 meses volverá a estar entre nosotros. ¡Espero que la disfrutes!

  11. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Muchas gracias Cesar José Maestre. Es increíble cuando un libro, igual que una afición, une a las personas, independientemente de dónde se encuentren. El Corte Inglés es un centro comercial de cierto nivel. En América lo llamáis Mall o Plaza. Los hay de diferentes categorías, los de descuento que son los menos elaborados y otros más selectos, a veces especializados en productos más caros o de mejor calidad como es el caso.

  12. Lectura muy amena Guti. A ver si me hago con los libros en papel y me pongo con ellos.
    En el terreno digital de libros, solo me leí uno, encima en el móvil y casi me dejo las pestañas.
    Aún soy de la vieja escuela, leer en papel, agenda de papel, escritura con pluma y reloj mecánico (generalmente).

  13. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Muchas gracias Lopatin. Satisface mucho que alguien te diga que le ha gustado lo que ha escrito. Yo también soy de la vieja escuela, pero por sentido práctico uso muy a menudo el Kindle. La experiencia no tiene nada que ver con leer en un móvil o cualquier otra pantalla retroiluminada. Es una pantalla, pero con efecto similar al papel y que no fatiga. Parecido a lo que sería un reloj digital.

    En todo caso el placer que proporciona el papel, donde no sólo lees sino también lo sientes, de momento no se ha igualado.

  14. Apreciado Guti, mil gracias por compartir este relato. Acabo de adquirir para mi Kindle el 1er volumen de la serie. Saludos desde Xochimilco en la Ciudad de México.

    R Arturo

  15. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Muchísimas gracias por tus palabras Rodrigo. Espero que disfrutes ese volumen y que te decidas a leer el resto. No quiero adelantarte muchas cosas, pero en tomos sucesivos hay alguna aventura ambientada en México, y precisamente sugerida por un lector de esta página.
    Saludos cordiales.

  16. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Muchas gracias Bia Namaran. A mi pequeño nivel, creo que estas iniciativas son potenciar la cultura, y no las subvenciones y otros chanchullos que se hacen por ahí.

  17. Guti, ¿de casualidad no era mexicana Alba la del relato?, porque ella llena los requisitos. (Jajajaja)
    Releí todo y me divertí en grande.
    Muchas gracias.
    PD: Ya estoy deseando ese Tissot PR 516.

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