El hombre de los dos relojes (Una aventura de Paul Davis)

Concluida la publicación del relato «El hombre de los dos relojes (Una aventura de Paul Davis)» publicado en diez entregas semanales en el Diari Andreuenc (enlace original), decidí hacer lo mismo que hiciera con la aventura de A contrareloj 3. Paul Davis, el comienzo en descarga gratis. Por tanto lo pongo a disposición de todos de manera íntegra y también de forma gratuita para deleite de los lectores online. Al final los encontraréis los enlaces para descargar en formato ebook: EPUB, MOBI, AZW3, FB2, PDF y RTF.

Ya había probado el relato corto por entregas en este mismo espacio (Diamantes Positrónicos (III) y Notas, Diamantes Positrónicos (II) y Diamantes Positrónicos (I)) y también ofrecerlos como descarga en ePub (Mis libros en formato epub), pero me quedaba esto, dar acceso a un relato completo que ya se había publicado por entregas.

La narración escogida es una de las que se incluyen en el título A contrarreloj. Paul Davis, quinta temporada, y del que podéis conseguir muchos más desde el marketplace de Amazon en sus precedentes entregas.

A contrarreloj. Paul Davis, sexta temporada (2020):
• La imaginación de un niño.
• El vendedor ambulante.
• El ministro de interior.
• Tarde de domingo.
• Conflicto de intereses.
• El viejo barrio.
• Yo, el ministro. Demasiado fácil como para resistirse. Primera parte: Gerard.
• Yo, el ministro. Demasiado fácil como para resistirse. Segunda parte: Paul Davis.
• Terminal de contenedores de Barcelona.
• Paul Davis: Código Pelagos.
• El cazarrecompensas.
• El Cartier de platino y brillantes.
• América, América.
• Los casos de la inspectora Castela. El caso del atrapa-ladrones atrapado.
• Tiempo perdido.

A contrarreloj. Paul Davis, quinta temporada (2020):
• Guerra de containers.
• Los Rolex de oro.
• Cazadores de vampiros.
• El Rolex de la actriz.
• Gana la banca.
• Paquetes perdidos.
• La caja fuerte del exmarido.
• El furgón de Cartier.
• Un juego de ingenio.
• Un caso duro.
• Una noche en el calabozo.
• Estafados en La Bolsa.
• Día de Sant Jordi.
• Un trabajo inesperado.
• La confesión.
• Los detectives durante la pandemia del Coronavirus.
• La persecución.
• Desde Polonia con amor.
• Luna Nueva.
• El Gruen Continental perdido.
• Jornada de puertas abiertas en el Padre Calvet.
• El hombre de los dos relojes.
• La invitación de Robin Masters.

A contrarreloj: Paul Davis, cuarta temporada (2019):
• Relatos cortos (II).
• Falso culpable.
• El Ferrari del pasado.
• Robo lento.
• Compañía Internacional de Coches Camas.

A contrarreloj: Paul Davis, tercera temporada (2019):
• Fiesta en Ibiza.
• Relatos cortos.
• El empleado de correos.
• Misterio en las WorldSBK.
• Bonsoir Monte-Carlo.

A contrarreloj: Paul Davis, segunda temporada (2019):
• Robo entre ladrones.
• Ataque a la relojera Tudor.
• La chica de ojos claros.
• Relojes españoles.
• Relojes de altos vuelos.
• Robo en el banco.

A contrarreloj: Paul Davis, primera temporada (2018):
• El caso del Bell and Ross robado.
• El reloj de la condesa.
• El comienzo.
• Bienvenido a Miami.
• Un Apple Watch no hace tic tac.
• El reloj de carey.
• Control de aduanas.

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El hombre de los dos relojes (Una aventura de Paul Davis)

El hombre de los dos relojes
Por J.G. Chamorro

Capítulo 1


El hombre de los dos relojes (Una aventura de Paul Davis)

Llevé la mano al bolsillo posterior de mi pantalón y saqué la pequeña funda de cuero negro que contenía el juego de ganzúas suizas. Activé el cronógrafo de mi reloj de pulsera, y me acerqué a la cerradura del apartamento cuatro-cero-cuatro, introduje el tensor sosteniéndolo con el pulgar de mi mano izquierda. Probé con una de las ganzúas, demasiado gruesa para aquella cerradura. Sin perder un segundo la reemplacé por otra algo más delgada, y comencé a manipular los seis puntos llamados «de seguridad» del cilindro. El tensor me iba transmitiendo sutiles vibraciones cada vez que vencía uno de ellos.

Continué manipulando, cinco puntos… cuatro puntos… tres puntos… Elevé la vista hacia el Zenith El Primero en la muñeca, el contador marcaba treinta y dos segundos transcurridos. Un lapso que en mi tiempo subjetivo, se había hecho instantáneo, pero que a decir verdad comenzaba a ser demasiado largo para el éxito de la misión.

—Dese prisa. —me presionó el comisario John Newman a mi espalda [NE: Ver “A contrarreloj 8. Paul Davis, robo entre ladrones”].

Su consejo, más que ayudarme me generó cierto nerviosismo. Cuarenta y cuatro segundos, y aún quedaban tres puntos en el cilindro… Dos puntos… Un punto. Dos minutos de tiempo…

El último pivote siempre era el más complicado, y también el más delicado, el que más pericia requería. Un mal gesto, y podía desmontar el trabajo realizado en los anteriores. Veinte segundos después, tras dos minutos y quince segundos, todos los puntos habían cedido. Giré la maneta, y la puerta se abrió.

—¡Vamos! —exclamé yo.

Desde el rellano del piso cuarto, aún oculto de miradas indiscretas tras el quicio de la puerta del apartamento, pude observar a través del cristal que cubría la escalera de incendios como el lanzacohetes sueco AT-4 ER hacía impacto en el objetivo. El ER de su denominación hacía referencia a las siglas Extended Range, es decir, alcance extendido, lo que significaba que en vez de los trescientos metros habituales que era capaz de volar, podía hacerlo durante más de seiscientos. Una distancia que el proyectil recorría en apenas dos segundos. De modo que exactamente cuatro segundos después de apretado el gatillo del AT-4, dos segundos que necesitó el cohete para hacer blanco, y dos más que tardó el sonido en llegar hasta mis oídos, sentí como mi cuerpo se estremecía con la brutal onda expansiva causada por una tremenda explosión ocurrida en el exterior.

El Ford Focus de color gris estacionado en la calle se levantó unos cincuenta centímetros del suelo al recibir la carga explosiva de seis kilogramos volando a tal velocidad. Instantes después, caía de nuevo sobre el asfalto. Las ruedas se combaron al recibir el suelo. Envuelto en llamas, gran parte de la carrocería estaba hecha pedazos. Los cristales de seguridad de las ventanillas habían reventado. El estruendo era tal en aquellos instantes que ni siquiera pude escuchar cómo se quebraban. Las voraces llamas empezaban a consumirlo rápidamente y los neumáticos se derretían implacablemente. Se produjo una segunda explosión causada por el incesante aumento de temperatura del coche. El material ignífugo del depósito de combustible no aguantó más, y estalló como si fuera una segunda bomba incendiaria.

En aquel momento un grupo de hombres fuertemente armados rodeaba el edificio, dispuestos a abordarlo. Corrían parapetándose ante cualquier esquina que les cubriera. Ajeno a todo aquello, guardé ceremoniosamente mis ganzúas en la funda, dejándolas en el bolsillo del pantalón. Acto seguido llevé mi mano al bolsillo interior de la cazadora de cuero, y así la Taser Pulse Plus.

Los dos hombres que nos escoltaban tomaron la iniciativa, precediendo a los fusiles de asalto Heckler & Koch HK33 que llevaban apuntando al frente. Newman y yo los seguimos hasta el interior de la dependencia. Sonaron varias armas semiautomáticas, con el rabillo del ojo detecté que venían de lo que debía ser una cocina totalmente a oscuras. Dos ráfagas automáticas levantaron el marco de madera que protegía a los tiradores. Cuando la estancia quedó en silencio escuché como dos cuerpos caían al suelo. Los dos GEO estaban ya en la cocina cuando Newman y yo íbamos hacia allí.

—¡Zona asegurada! —dijo uno de ellos.

El codo izquierdo de Newman me empujó levemente, indicándome que me dirigiera directamente al despacho. Abrí la puerta del armario que habíamos convenido, y recuperé el botín.

—Lo tenemos. —pronunció en voz alta Newman. —Todo ha terminado.

Capítulo 2


El hombre de los dos relojes (Una aventura de Paul Davis)

Ciento sesenta y ocho horas antes, o dicho de otro modo, siete días atrás, no podía ni siquiera imaginarme lo que ocurriría una semana después. Eran las seis de la mañana, y mi despertador Sony acababa de activar la radio. Había quedado en la comisaría central de policía donde Franz Lengyel Zsoldos me había citado. Franz era el dueño de la aseguradora especializada en relojería y joyería «Franz LZ Insurances». Sospeché que si la cita era en la comisaría, probablemente el asunto tuviera relación con John Newman, anterior inspector del cuerpo, y desde hacía unos años, el comisario.

Como era habitual en Franz, no me proporcionó demasiada información sobre el asunto del que íbamos a tratar, ya estaba acostumbrado a ello. A fin de cuentas, lo conocía desde hacía años, y además de ser mi mejor cliente, era mi amigo. Me pidió que llevara ropa cómoda, y que hiciera acto de presencia a las ocho de la mañana. No hizo falta que me recalcase que fuera puntual, como buen amante de la relojería siempre lo soy. Mi cerebro se debatía con el significado de ropa cómoda. ¿Querría decir unos vaqueros?, ¿significaba una equipación táctica? ¿Acaso un chándal deportivo? Mientras tanto mi instinto había elegido ya el reloj a usar, un robusto y apto para todo Casio GPR-B1000 Rangeman. Un reloj casi de combate y que entre otras funciones contaba con recepción de posición vía GPS… Todo ello sin necesidad de depender de un teléfono móvil, y es que ahí estaba la gracia.

Por algún motivo activé el modo de puesta y salida de sol del reloj, anochecía a las 21:48 y amanecía a las 6:46, lo que explicaba que mi dormitorio aún estuviera a oscuras. Me vestí con unos pantalones vaqueros bastante desgastados, una camiseta de manga corta que era de mis favoritas al ser de las pocas que se fabricaban en España, y unas zapatillas deportivas con el nombre de un felino. Era finales de junio y aunque no esperaba que refrescase, opté por llevarme un jersey de punto negro bastante ceñido. En caso de contacto físico, o de travesías campestres, la protección que ofrece una prenda de manga larga es algo que resulta muy conveniente. Puesto que exceptuando lo de “ropa cómoda” no sabía a qué iba a enfrentarme, mejor que fuera precavido.

A lomos de mi fiel Ducati llegué a comisaría un poco antes de las siete y media. Estaba decidido a tomarme un café en un bar cercano y que al ser frecuentado por los agentes, abría casi las veinticuatro horas del día. Mi potencial café quedó descartado cuando me percaté del bonito color azulado que se mostraba en el aparcamiento. Era el Audi RS6 de Franz, que se encontraba estacionado en las dependencias policiales. Si él ya había llegado, lo mejor que podía hacer era entrar yo también.

—Soy Paul Davis. —indiqué al centinela que guardaba el acceso del gran pórtico de la comisaría. —El comisario Newman me está esperando.

Sabía cómo iba aquello, y me disponía a sacar mi DNI para que el agente verificase mi identidad, cuando éste cogió la radio que llevaba prendida en su cinturón, y apretando un botón dijo:

—Aquí Baldomero Barrios. Diez-Cinco preparado. Paul Davis.
—… —oí unos chasquidos, pitidos e interferencias ininteligibles como respuesta.

Con tanto tiempo en la profesión estaba familiarizado con los códigos policiales, el 10-5 significaba Reunir o Reunión. El joven Baldomero, simplemente anunciaba mi presencia con su jerga.

—El comisario Newman le está esperando en su despacho. Me ha informado que usted ya sabe dónde es.
—Por supuesto. Feliz servicio agente. —me despedí yo.

Como casi siempre, los estores que cubrían las ventanas del despacho del comisario estaban cerrados, no había forma de saber si Franz estaba ahí dentro, o bien había estacionado el coche y decidió hacer tiempo en la cafetería donde yo había pensado acudir. Sólo había una forma de saberlo. Golpeé con los nudillos la puerta, esperando que fuera John Newman el que me diera paso. Sin embargo me sorprendió que fuera la voz de Franz, que muy astutamente dedujo que yo llegaría antes de tiempo:

—Adelante Paul. Pasa.

Sentados alrededor de la pequeña mesa de reuniones del despacho de Newman, éste y Franz, aprovechaban para tomar un café en uno de los odiosos y poco sostenibles vasos de papel parafinado. A su espalda, un proyector conectado a un ordenador presentaba la imagen de un hombre. Era una instantánea de baja calidad, quizás capturada desde la distancia y sin el consentimiento del hombre. El rostro de aquel tenía el pelo corto, un bigote al estilo de Cantinflas. Me recordaba a la fisonomía de Fidel Castro de joven, antes de dejarse la barba. Lo que más me llamó la atención fue su mano izquierda, con no uno, sino dos relojes Rolex GMT Master II. El primero con caja de oro blanco y esfera plateada, y el segundo del mismo material y la esfera azul marino. Treinta y cinco mil y treinta y tres mil euros respectivamente.

—¿Quién es? —pregunté lanzando una mirada a la proyección.
—Su nombre es Sergio Cruz. —aclaró el comisario.
—¿Cubano? —interrogué yo.
—Tal vez lo parezca, tiene algo de Castro, pero no. Es mexicano. Según sabemos, mantiene algún tipo de parentesco con Joaquín «El Chapo» Guzmán Loera. Ya sabe, el cabecilla del famoso Cártel de Sinaloa.
—Ya me imagino, la crème de la crème.

Capítulo 3


El hombre de los dos relojes (Una aventura de Paul Davis)

Sergio Cruz era un sospechoso habitual, no sólo en su México natal, sino que sus andanzas le habían proporcionado el honor de ser perseguido en casi todos los países del mundo. Que Newman estuviera presente en la reunión era por un motivo fácil de comprender. Cruz había adquirido una lujosa propiedad en territorio español, según parecía, para retirarse de manera temprana del negocio. Para retirarse a descansar y vivir de todo lo conseguido. Aquello no era más que un plan a medio plazo, pues hasta que encontrase un sucesor digno de su confianza al que pudiera transferir el mando, las actividades de Sergio Cruz deberían continuar, aunque fueran dirigidas y coordinadas desde nuestro territorio.

—Creo entender que mi participación aquí, es porque Cruz es un aficionado a los relojes. —apunté.
—En absoluto Paul. —me aclaró Franz. —John, si tienes la bondad de informar a mi amigo aquí presente…
—Por supuesto… —repuso solícito el comisario.

Los negocios de Sergio Cruz eran muy variados. Sus actividades se resumían como que era el responsable de colocar la mercancía adecuada en el lugar que el cliente deseara. Fundamentalmente se refería a armas, que obtenía generalmente de fábricas soviéticas y que entregaba a cambio de una buena cantidad en diferentes conflictos bélicos del mundo. Sus tentáculos, de cara a proteger su negocio, se fundamentaban en el soborno y la extorsión. En cuanto al chantaje, iba desde amenazas, hasta secuestros, y como es lógico, también robos. El cerco de la policía española iba a estrecharse precisamente en ese punto. Tenían identificados varios intermediarios que se encargaban de vender relojes y joyas robadas. Podían haberlo hecho con automóviles, obras de arte, o barcos. A fin de cuentas, también en el mercado negro, los comerciantes se especializan.

Investigaciones de diferentes países los habían llevado hasta Lefka Lomba, una nicosiana, es decir, natural de Nicosia, la capital de República de Chipre que entre otros clientes, trabajaba con Cruz. La forma en que gestiona su negocio es muy interesante, como si fuera una empresa legal. Sus empleados pasan por el lugar especificado por el cliente a recoger la mercancía. Se la llevan, y entonces buscan comprador o compradores para la misma. Cuando la venden y la transacción ha concluido, descuentan su comisión por el servicio prestado, y entregan el monto restante al cliente. Otra vez en el lugar o la forma que más les convenga.

En lo que a nosotros atañía, no nos importaba donde se recogieran las joyas ni los relojes. Procedían de diferentes partes del mundo, a donde se desplazaba la gente de Lefka. Se vendían también en diferentes lugares. Pero había una cosa que no cambiaba. Cruz siempre recibía el pago por la venta en metálico. La gente de Lefka Lomba se la entregaba en su casa de Puerto Banús en Málaga, donde el propio Cruz en persona, o a veces su tesorero de confianza Pablo Magán lo contabilizaba y lo guardaba. Desde el punto de vista legal Sergio Cruz no tenía un empleo en el país. Su elevado poder adquisitivo ponía en jaque a los chicos de hacienda, que obviamente, querían su parte para el Estado. Por más lujo del que disfrutase nuestro amigo, en territorio nacional los bancos no tenían ni un euro de él.

—Ya sé que estás pensando ahora. —Me dijo Franz. —Crees que la cosa parece sencilla. Detener a los hombres de Lomba, justo en el momento en que vayan a entregar el dinero recaudado a Cruz. Desgraciadamente eso sólo nos permitiría detener a la banda de Lomba, no obtendríamos las pruebas necesarias para acabar con Cruz.
—Me leíste el pensamiento Franz. —confirmé yo. —Y ahora, ¿en qué estoy pensando?
—Esta es fácil también. Te estás preguntando lo que casi siempre te preguntas. Siendo una banda organizada, ¿qué pintas tú en esto?

Asentí ante la sagacidad de Franz, o bien ante mi previsibilidad. Eran muchos años colaborando juntos, y al final sabíamos del pie que cojeaba el otro. La organización regentada por Lefka Lomba estaba profesionalizada. Los equipos de hombres, además de escoltas, disponían de contables, juristas y expertos en relojería. Probablemente la entrega del dinero, iba acompañada también de documentación, como si fuera el informe de una firma de consultoría. Las piezas que se vendieron, su precio en el mercado, la cuantía obtenida por cada una de ellas… Puede que incluso con un albarán de venta, la máxima seriedad para el hampa. Seguramente esa meticulosidad acabaría siendo extensiva a Sergio Cruz. Era casi seguro que llevaría un inventario informatizado, piezas robadas contra piezas vendidas, y era lógico pensar, que el plan contable formaría parte del propio sistema. Mi misión sería la de experto en relojería, la de Franz la de contable, y el brazo fuerte serían los efectivos del cuerpo policial Marbella.

El plan que habían trazado pasaba por interceptar a los enviados de Lomba, suplantarlos, y hacer la entrega del dinero en la casa de Cruz. Una vez nuestro perseguido aceptase el dinero, estaría manchado, y podría ser detenido. Para hacerlo más complicado, las entregas no se hacían de manera periódica. Los de Lomba acumulaban el saldo por las ventas, y cuando era suficientemente elevado se lo llevaban a Sergio Cruz. No siempre enviaban a la misma gente, lo cual era bueno para nosotros, pero tampoco lo hacían siempre de la misma forma. Podían llegar por vía marítima, por carretera, incluso por vía aérea.

Capítulo 4


El hombre de los dos relojes (Una aventura de Paul Davis)

El operativo policial comenzaría vigilando las rutas de entrada a Marbella, en la Costa del Sol. Vigilando especialmente el aeropuerto y su puerto marítimo. Podría necesitar bastante tiempo, si los emisarios de Lomba llegaran por carretera, digamos por ejemplo provenientes de París, nosotros ni nos enteraríamos. Si eso ocurriera, deberíamos esperar a que el siguiente envío tuviera lugar.

Franz y yo estaríamos desplazados en Marbella, aguardando a que nos avisaran de la llegada de la gente de Lefka Lomba. Entonces los suplantaríamos, y haríamos la entrega a Cruz. Si en el plazo de dos semanas, aquello no ocurría, el plan B pasaba por hacernos pasar por víctimas. Que nos sustrajeran una lujosa colección de relojes, y que su valor fuera suficiente para justificar el viaje al cuartel general de Sergio Cruz. Si las cosas no fueran bien, o puede que al contrario, en el caso de que lo fueran, tardaríamos bastante en empezar a trabajar. Serían unas largas y placenteras vacaciones pagadas a costa del gobierno.

Recordaba un anuncio que vi en internet, promocionaba el «Los Monteros. Spa & Golf resort», dos habitaciones nos irían de maravilla. Debido a la alta ocupación, podría estar lleno, así que estaba dispuesto a conformarme con el «Hotel Marbella Club». El sueño duró solamente unos segundos, puesto que tan pronto hubimos tomado tierra, vinieron a recibirnos dos efectivos del cuerpo de policía. El hombre, de cerca de cuarenta años, muy moreno, con barba poblada y bastante corpulento era el teniente Emilio Armendáriz. Le acompañaba una mujer, su nombre era sargento Vanesa Gómez, también de pelo negro liso y largo, piel bronceada y casi tan alta como el hombre.

—Buenas tardes. Espero que hayan tenido un buen vuelo. —saludó Emilio Armendáriz.
—Todo sin problemas. —confirmó Franz.
—Tenemos reservados un par de bungalows en el camping «La Buganvilla». Ese emplazamiento nos dará cierta tranquilidad. —volvió a apuntar el teniente Armendáriz.
—Además tiene piscina. —informó la sargento Vanesa Gómez.

A mí ni siquiera me animaba la piscina. ¿Un camping? Comparado con el «Los Monteros. Spa & Golf resort» que surcaba mi imaginación, aquella noticia era como recibir un jarro de agua fría en invierno. El viaje hasta el bungalow en el Citroën C4 Picasso camuflado, un coche K en el argot policial, fue lo suficientemente largo como para que se me fuera pasando la mezcla de enfado y frustración. A Franz en cambio, mi sufrimiento pareció entretenerle.

El bungalow no estaba del todo mal, tenía dos habitaciones dobles independientes, un bonito porche de madera, y cuarto de baño con ducha. Si lo pensaba, me daba cuenta que podría haber sido mucho peor.

—Tenemos que mantenernos a la espera, así que iré a probar la piscina. —me dijo Franz. —¿Tu qué vas a hacer?
—Creo que me quedaré aquí llorando. —le respondí bromeando. —Naah, desharé la maleta, y luego me reúno contigo.

La piscina estaba francamente bien. Tenía una zona de sombrillas junto al bar, y era de generosas dimensiones. Quizás algo saturadas de niños, como uno puede imaginar, pero era disfrutable. Los bañistas eran mayoritariamente familias extranjeras, destacando sobre el conjunto las rubias cabelleras de mujeres nórdicas, ligeramente entradas en carnes, pero agradables a la vista. Franz se encontraba en el agua, le saludé mientras me sentaba en una de las mesas de la terraza.

Los cristales polarizados de las gafas de sol Randolph Engineering me permitían ver el agua cristalina, sin apenas reflejos del sol en su superficie. Avistaba el panorama pensando en aquellas vacaciones que prometían ser más un suplicio y un aburrimiento, que algo divertido. Di un sorbo a mi bebida de leche con chocolate sin azúcar, momento en el que una mujer nórdica como las que os describía antes, o puede que una de ellas, se sentó a mi lado.

—Buenas tardes. —me saludó en un español más que correcto, pero con un acento que para mí, tanto podía ser sueco como finlandés. —¿Le importa que me siente?
—Al contrario. Me vendrá bien la compañía. Esto no parece demasiado entretenido. —le confesé.

Le calculé entre veintiocho y treinta años, con una bonita nariz redondeada. Su cabello le llegaba a la altura de los hombros, húmedo aún. Su piel tenía un tono dorado diferente al rojo que suelen adquirir los rubios extranjeros. Parecía bastante alta, casi tanto como yo. No era delgada, pero tampoco gruesa. Se cubría con un pareo floreado, debajo del cual se dejaba ver un bikini de color negro y unas curvas apetecibles.

—Soy Adriana Bengtsson de Upsala en…
—En Suecia. —le corté yo.

No había estado jamás en Suecia, pero conocía a Ghostrider, un motorista callejero que grababa sus proezas motociclistas y las distribuía por internet. Nadie conocía su identidad, pero se decía que era precisamente de Upsala. Por eso sabía dónde estaba esa ciudad.

—Vaya. Me asombra usted con sus conocimientos del territorio sueco, señor…
—Paul Davis. De Barcelona.
—Encantada señor Davis de Barcelona.
—Lo mismo le digo señorita Bengtsson de Upsala.
—¿Qué hace usted aquí? ¿Vacaciones? —interrogó ella.
—Sí, más o menos. ¿Y usted? —repuse yo.

Este trabajo me ha enseñado que cuando alguien es mucho más sociable de lo normal, o bien es un loco, o bien quiere algo de ti. En cualquiera de los dos casos, te traerá problemas, así que es mejor ser prudente, en especial, si estás inmerso en una misión y ella es una chica guapa y joven. Nunca se debe proporcionar información de más. Como dicen los abogados televisivos, “cualquier cosa que digas podrá ser utilizada en tu contra”.

Capítulo 5


El hombre de los dos relojes (Una aventura de Paul Davis)

—¿Ha venido usted solo? —continuó la mujer con su interrogatorio.
—No, estoy acompañado.
—Vaya… ¿Con su mujer? —dijo un tanto decepcionada.
—En absoluto, con un amigo. —le indiqué señalando a Franz que tomaba el sol dentro de la piscina.
—Es un alivio. —admitió con descaro. —Yo he venido también con dos amigas. Aquí no hay mucho ambiente, podremos hacernos compañía mutuamente, pienso que nos hará bien.
—Me hará falta. —le contesté dándome cuenta de mi excesivo recelo. —Puede estar bien. ¿Nos vemos luego entonces?
—¡Claro! Bungalow doce, por si quiere pasarse. Nosotros estamos en el cuatro. Lo mismo le digo.

La mujer se despidió de mí con dos besos en la mejilla, y un abrazo que me pareció demasiado efusivo para lo que yo tenía entendido que era el carácter sueco, y para ser una chica que como quien dice, justo acababa de conocer. Reflexioné acerca de nuestra situación, concluyendo que necesitábamos un vehículo de alquiler. No podíamos estar todo el tiempo ociosos, y un automóvil, nos daría libertad de maniobra.

Unos minutos después, llegaba Franz a la mesa, ocupando precisamente el mismo asiento que había usado unos momentos antes Adriana Bengtsson.

—¿Es usted Paul Davis el rompecorazones? —bromeó él.
—Basta ya Franz. ¿No será que tienes envidia, abuelete?… Ahora en serio, me da mala espina su caluroso acercamiento.
—Haces bien siendo desconfiado, pero realmente aquí no hay demasiado que hacer. Al fin y al cabo ella es una chica joven, con ganas de hacer cosas en vacaciones. Y tú, eres un tipo agradable.
—Gracias. ¿No me estarás conquistando no? —reí yo. —Nos iría bien alquilar un coche. Estamos como prisioneros en este camping.
—Me has leído el pensamiento. Aquí no hay nada, sólo la N-340. Llamemos a un taxi, y que nos lleve a una agencia de alquiler.

Durante el viaje, de unos pocos kilómetros en taxi, puse a Franz Lengyel al corriente de todo lo ocurrido con la sueca. Decidimos que lo mejor sería enfrentar la situación, llevar la iniciativa, y averiguar si la bonita mujer escondía alguna intención oculta aparte de pasarlo bien. El hombre que atendía la sucursal de Hertz no se sorprendió de ver a dos clientes que vestían bermudas de baño. Supongo que era lo habitual en aquella zona. Si seguís mis aventuras, os habréis dado cuenta que Franz siente predilección por esa casa de alquiler. Él dice que es porque tienen muchas sucursales, pero lo que yo creo, es que debe tener algún tipo de convenio con la «LZ Insurances». Os explico esto, para que no os sorprenda lo que os relato a continuación.

—Hola señores. ¿En qué puedo ayudarles? —inquirió el dependiente.
—Queremos alquilar un coche, claro. Por eso estamos aquí. —le cortó Franz dejando sobre el mostrador una tarjeta de fidelización de la empresa.
—Creo que tengo exactamente lo que está buscando. —El hombre transcribió al ordenador el número de la tarjeta de Franz, y le presentó unas fotografías de un bonito Volvo XC90 T8 en color blanco. —¿Le gusta?

Aquel era el nuevo XC90 de 2019, el SUV de Volvo con motorización híbrida enchufable. Su pequeña capacidad de solamente dos litros de cilindrada, combinada con el motor eléctrico daba una potencia cercana a los cuatrocientos caballos.

—¡Es perfecto. Nos lo quedamos!

A baja velocidad el coche era capaz de funcionar solamente con energía eléctrica, apenas había ruidos en el interior del habitáculo, puesto que el aislamiento acústico era bastante bueno.

—¿Qué te parece Paul? Un coche sueco para impresionar a tu bonita sueca. —me provocó.
—Querrás decir un coche de marca sueca. Supongo que ya sabes que los dueños son desde hace años los chinos de Zhejiang Geely Holding Group.
—Está visto que en coches, y en relojes, no hay nadie que te gane. Bueno, por eso te contrato, por todo lo que sabes. —apuntó atribuyéndose el mérito.
—Por los relojes me contratas. ¡Lo de los coches es un bonus que no te cobro!

Reconocí que la elección de Franz había sido buena. Era un coche muy espacioso, y que además ofrecía un buen espacio de carga. Si teníamos que transportar mucho equipaje o varias personas, nos sería muy útil. Pero como Lengyel Zsoldos, parecía que la tenía tomada conmigo, me defendí:

—Yo habría elegido un Mercedes CLA Shooting Brake. Ya sabes, los alemanes son a los coches, como los suizos a los relojes. Y te lo dice alguien que sabe mucho de ambas materias. —me reí.

Capítulo 6


El hombre de los dos relojes (Una aventura de Paul Davis)

De vuelta a nuestro presidio, es decir, al bungalow de «La Buganvilla», empezaba a anochecer. Franz había insistido en acompañarme al bungalow doce, no sabía si por lo de presionar a Adriana Bengtsson, o para conocer a las dos amigas que ella me había mencionado que la acompañaban.

—Paul, ¡qué sorpresa volver a verte! Pasa, por favor. —dijo ella entusiasmada. —“Tjejer, det här är min vän Paul”. —concluyó en voz alta a su espalda.

Como os decía no he estado jamás en Suecia, menos aún estudiar el idioma. Sin embargo, la frase que Adriana gritó a sus amigas, podía haber sido esa perfectamente, un «Chicas, este es mi amigo Paul». A su respuesta, dos mujeres vinieron corriendo hacia la puerta. Las dos eran rubias, las dos eran bonitas, y las dos eran muy parecidas a Adriana. Julia era más delgada y bajita, Stella más alta que Julia, pero menos que Adriana.

Analizando la situación me fue fácil concluir que Adriana ya me había elegido a mí, así que las otras dos, charlaban distendidamente entorno a Franz, que dicho sea de paso, se mostraba encantado con su reacción. La verdad que le comprendía, las tres chicas vestían exactamente igual que en la piscina, sólo que sin pareo alguno encima. Hasta a mí me resultaba tentadora esa poca cantidad de ropa. Franz sugirió que saliéramos a cenar, era la excusa perfecta para probar la comodidad del Volvo, que dicho sea de paso, ofrecía siete plazas. Además, era una buena oportunidad de indagar en las chicas. Ver hasta qué punto eran almas cándidas y divertidas, o bien nuestras vigilantes.

Nos dirigimos hacia el «Trocadero Arena», un restaurante en primera línea de playa, con una terraza sombreada por las hojas de enormes palmeras. Un ambiente relajado con una carta bastante extensa, y cara, que nos permitió actuar como extranjeros de vacaciones. Paella mixta para cinco personas, a razón de veintiocho euros por cabeza, aunque claro, pagaría Franz, así que nosotros podíamos dedicarnos a disfrutar.

Al acabar de cenar Stella y Julia convencieron a Franz para que fueran a la discoteca «Marlene», a mí no me apetecía demasiado ese tipo de ambiente, así que cuando Adriana, opinó que prefería algo más tranquilo, acepté su idea. No estoy seguro de si la sugerencia fue sincera, o bien surgió de manera artificial en cuanto detectó mi falta de entusiasmo por la discoteca.

Estuvimos como un par de horas paseando sin rumbo, primero por la arena de la playa, y después por las calles de la ciudad. Mis conocimientos sobre las mujeres no son muy elevados, pero lo que me explicó Adriana Bengtsson me pareció sincero. Era «Content Manager» en una empresa sueca. Allí el convenio laboral fija un mínimo de veinticinco días laborables de descanso al año. En su empresa, como era muy moderna, lo incrementaban hasta treinta, o lo que es lo mismo, seis semanas. Cada año solía guardarse tres o cuatro semanas para el verano. Disfrutar de la tranquilidad, la luz y el buen tiempo. Condiciones que en Upsala, no eran fáciles de encontrar.

Cuando me fue imposible satisfacer su curiosidad con evasivas, usé la táctica de la verdad a medias. Le dije que era un detective privado independiente, que Franz era otro detective privado, pero que trabajaba para una gran firma, y que nos encontrábamos en Marbella de vacaciones.

Aún llevaba el Casio GPR-B1000, marcaba en aquel instante las 2:39. Aprovechamos uno de los pocos taxis libres que transitaban la ciudad a aquellas horas, y regresamos al camping. La acompañé a su bungalow, confirmando así que sus amigas aún no habían llegado. Era algo que ya había supuesto al no ver el Volvo estacionado en las inmediaciones. Un poco como en las películas, Adriana declaró que no quería quedarse sola, así que aceptó venir al bungalow que ocupábamos Franz y yo. Llamadme ingenuo, pero no sospeché nada.

Tampoco despertó mi suspicacia cuando le ofrecí la habitación de Franz y ella la rechazó. Ni me pareció raro que anunciara que iba a darse una ducha, y terminara en mi habitación completamente desnuda.

Capítulo 7


El hombre de los dos relojes (Una aventura de Paul Davis)

Desperté a las nueve de la mañana pasadas. Adriana aún dormía justo en el otro extremo de la cama. Aún completamente desnuda. Me vestí con las bermudas del día anterior, y salí en dirección al bungalow de las chicas. En la puerta estaba el Volvo XC90 T8 estacionado, y probablemente en su interior, estuvieran Stella, Julia y Franz. Decidí no disturbar el sueño de mi bella acompañante, y me fui a dar un baño en la piscina.

A aquellas horas en periodo vacacional, estaba desierta. Las aguas azules estaban completamente quietas, y el silencio era tal, que me permitía escuchar el sonido de la purificadora de agua. Comencé a nadar a estilo braza recorriendo las aguas a lo largo. En una de las ocasiones en que saqué la cabeza hacia fuera para poder respirar, me apercibí de un hombre con aspecto extranjero que me observaba. Alcancé el extremo aguantándome sobre el bordillo de piedra y le saludé. Él me correspondió con una discreta inclinación de su cabeza. Me di cuenta del Orient Triton que llevaba en su muñeca, una esfera negra que contrastaba con la piel blanca del hombre. De pronto, sentí un pinchazo en la espalda. Tuve el tiempo justo de girarme y ver como otro hombre a mi espalda se dirigía a buen paso hacia mí. En menos de un segundo perdí toda la fuerza en las piernas y los brazos. Sentí como el agua cubría mi cabeza y mi cuerpo comenzaba sumergirse.

***

Medio atontado me fui despertando. Poco a poco fui tomando consciencia de lo ocurrido. El hombre que me vigilaba acercándose por detrás, el dardo narcotizante que disparó a mi espalda…

Me encontraba ahora en una estancia de medianas dimensiones, unos quince metros cuadrados. Las paredes estaban aisladas acústicamente, como si se tratara de un estudio de grabación. A la altura del pecho tenía una brida de seguridad que mantenía mi cintura inmóvil contra el respaldo de la silla metálica en la que me habían sentado. Otro elemento inmovilizador unía mis manos a la espalda, probablemente otra brida de un sólo uso, como la que también tenía en los tobillos.

Aquello no tenía nada de buena pinta, me habían capturado, llevado a quién sabe dónde, y yo no tenía la menor idea de lo que pretendían. Mi teléfono móvil había desaparecido del bolsillo, estaba incomunicado. Empezaba a plantearme que tal vez no hubiera sido nada acertado confesarle a Adriana Bengtsson que yo era un investigador privado. Quizás era la bonita sueca la encargada de vigilarme. La traidora que jugando al despiste, diera el chivatazo al hombre de la piscina.

Escuché la cerradura de la puerta que tenía a mi izquierda abriéndose… Hicieron acto de presencia dos hombres, uno grueso, casi completamente calvo, y luciendo un afeitado perfecto, y el otro corpulento con la piel blanca como la leche. Enseguida lo reconocí por el Orient Triton de esfera negra que llevaba en su muñeca. Era el hombre que estaba en la piscina, y que probablemente, era quien me había llevado hasta allí, ayudado por su compañero, el que me lanzó el dardo.

—Señor Davis. —me habló el hombre gordo.
—Veo que me conoce. —contesté yo. —En cambio yo a usted no.
—Mi nombre es Gabriel Lomba. Espero que pueda disculpar a mis hombres por los modales en que lo han traído hasta aquí.

El del Orient Triton no dijo ni mu, demostrándome que Gabriel era el que estaba al mando. ¿De qué me sonaba el nombre de Gabriel Lomba?… ¡Claro sí! ¿Tal vez un pariente de Lefka Lomba? ¿La chipriota que lideraba la banda de compra-venta de mercancía robada?

—Lo cierto es que han llegado hasta nuestros oídos bastantes detalles acerca de una incómoda investigación en la que usted está inmiscuido. —continuó Gabriel Lomba explicando. —Mi hermana está algo nerviosa con el asunto, y… Bueno, debo mirar por su tranquilidad. Tenemos la misma sangre.

Pese a mi peligrosa situación, inmovilizado en aquella silla, la esperanza brillaba dentro de mí. Gabriel era el hermano del Lefka, así mismo lo había confesado él. Aquella revelación podía suponer un gran atajo en la investigación. Dando por sentado que saliera vivo de allí. Veis que no le pongo demasiado dramatismo al asunto, porque sois lectores inteligentes. Si me hubieran matado, habría sido incapaz de escribir esta historia, así que como sabéis que estoy vivo, dejadme que continúe con la narración. Después de todo, ¿queréis saber cómo lo hice? ¿No es cierto?

Lomba continuó con su explicación.

—Hemos tomado todas las precauciones necesarias. Se encuentra usted en una sala insonorizada, solamente por si acaso se le ocurriera gritar. Nadie le oirá. Tampoco sabe dónde se encuentra esta casa, sí que puedo decirle que a cierta distancia de su camping, y relativamente alejada de núcleos urbanos. Quiero decir que no existe ni la más remota posibilidad de que su amigo Franz le encuentre. También hemos tenido que despojarle de su teléfono móvil, algo de lo que ya se habrá apercibido.
—Dígame que quiere. —le corté yo.
—No es exactamente lo que quiero. Sino lo que voy a conseguir. Haré que usted deje este caso, que abandone su investigación.
—Ajá. —musité.
—Lo podemos hacer de dos maneras. La primera es con su colaboración. Usted se compromete a dejar la investigación, le regresamos a su camping, y aquí no ha pasado nada. Evidentemente le estaremos vigilando, solamente por si nos surgiera cualquier duda sobre el cumplimiento de su palabra. De ser así, nos iríamos a la segunda alternativa.

Por supuesto la segunda opción era liquidarme, así que hice lo que cualquiera haría. Me comprometí a dejar de investigar.

El hombre del Orient me lanzó un nuevo dardo, y volví a vivir la experiencia que recordaba en la piscina. No caí al suelo porque continuaba atado, pero perdí toda fuerza en el cuello, que se dobló siendo incapaz de sostener mi cabeza, y todo se hizo negro.

Capítulo 8


El hombre de los dos relojes (Una aventura de Paul Davis)

Desperté en el banco de un parque de una zona que reconocía. Estaba cercana a “La Buganvilla”, así que me dispuse a llegar al bungalow a pie. Miré el Casio GPR-B1000 de mi muñeca, eran las cuatro de la tarde. O bien me retuvieron en un lugar distante, o bien me tuvieron cautivo más tiempo del que yo imaginaba.

Me costó un gran esfuerzo caminar, me dolían las piernas, como cuando se te duermen por estar demasiado tiempo en la misma posición. Unos desagradables pinchazos que parecían agujetas me machacaban a cada paso que intentaba dar.

Noté en mi bolsillo trasero que volvía a tener el teléfono móvil, tenía carga, así que realicé una llamada de voz encriptada al Telegram de Franz. Le expliqué todo lo ocurrido, informándole también que aunque estaba a menos de diez minutos de allí, pero que en mis condiciones, probablemente tardaría al menos veinte en llegar.

Para mí la situación estaba clara. Había una filtración y Lefka Lomba estaba al corriente de quiénes éramos y de nuestras verdaderas intenciones. De camino al camping tuve media eternidad para reflexionar. Adriana Bengtsson podía estar implicada, podía no ser quién decía ser. Sin embargo en ese caso, no explicaba que me estuviera vigilando. Alguien más la habría advertido, alguien que supiera los detalles de la operación.

Cabía la posibilidad que la fuga de información viniera directamente de Newman o de alguien de su equipo, pero lo dudaba. Sus años de experiencia le habían enseñado mucho y era precavido. Si había un eslabón débil, era el traspaso del operativo desde el comisario Newman hasta los efectivos locales de Marbella. Ni Franz ni yo sabíamos cuántas personas del cuerpo policial de la ciudad estaban al tanto. Por no saber, ni siquiera habíamos visto a nadie. Aquello empezaba a resultarme muy sospechoso.

Al llegar al bungalow le hice a Franz un gesto que él comprendió de inmediato. Yo no quería hablar allí, probablemente nos escuchasen o nos estuvieran vigilando. Puse a cargar mi teléfono, y entre tanto, lo vinculé con el GPS que tenía el GPR-B1000. Efectivamente mientras me retuvieron me quitaron mi smartphone, pero el fiel Casio de mi muñeca con su receptor de señales de posicionamiento, sabía dónde había estado. Sólo quedaba que fuera el teléfono el que tradujera las crípticas coordenadas en forma de latitud y longitud, a puntos inteligibles en un mapa.

Estas son el tipo de cosas por las que cada vez tengo más claro que confiar en un móvil es algo poco fiable. Si lo pierdes, si se te queda sin batería, si te lo roban, o si tienes la mala suerte de ser investigador privado, te secuestran y que lo quitan, te quedarás sin nada. El nuevo reloj de Casio no solamente me permitía saber la hora, la altitud, el rumbo o la temperatura, sino también la posición. Por defecto el Casio registraba la ubicación cada minuto, se podía configurar para que lo hiciera cada cinco segundos, lo cual proporcionaba mayor precisión, sin embargo en ese modo el consumo energético era elevado, y yo siempre lo llevaba en la modalidad normal.

Instantáneamente se dibujó en la pantalla del teléfono mi recorrido. Fui haciendo “scroll” hasta llegar a lo que me interesaba. Las nueve de la mañana, hora a la que había decidido encaminarme a la piscina. Después la posición iba cambiando, seguía la autopista AP-7 hasta llegar a Jimena de la Frontera, un pequeño pueblecito situado a unos ochenta kilómetros de distancia del camping. Había obtenido la información que buscaba, y ahora, ya sabía dónde se alojaba Gabriel, el hermano de Lefka Lomba.

Revisé el nivel de carga de mi teléfono, tenía algo más del setenta por ciento, así que era suficiente. Franz tomó las llaves del Volvo XC90 y arrancó el motor.

—¿Estás bien, Paul? —se interesó Franz.
—Sí, todo bien. —le respondí repitiendo el gesto del bungalow. Temía que el Volvo de alquiler estuviera también “pinchado”. Con micrófonos o minicámaras de vigilancia.

Iba echando vistazos al espejo retrovisor del acompañante. Tras todo lo que había ocurrido, no me extrañaría que nos estuvieran siguiendo. Franz reparó en mi actitud, y haciendo él lo mismo, condujo a ritmo irregular, a veces rápido a veces despacio, girando por pequeñas calles, y también recorriendo amplias avenidas. Diez minutos después, estábamos bastante seguros de que nadie nos seguía.

Ciertamente nuestros atuendos, por más veraniegos que fueran, no eran seguros. Durante mi cautiverio podrían haber incorporado algún dispositivo de seguimiento o de vigilancia en ellos. Una tecnología que hiciera innecesaria el seguirnos de cerca.

—Recuerdo cuando pasamos por aquí. —le dije yo. —Había un restaurante con una agradable terraza y una piscina. Me apetece comer algo y darme un baño.
—Sí, ya sé cuál dices. ¡No es mala idea! —confirmó Franz.

Una piscina, con sólo un bañador puesto, y que a su vez estuviera cubierto de agua, era el entorno ideal para una charla confidencial. Sólo el bañador cubría nuestros cuerpos, reduciendo la posibilidad de micrófonos. Pero además, en el caso de que los hubiera, el agua acabaría inutilizándolos.

No parecía que hubiera nadie observándonos, y aunque la piscina estaba bastante llena no nos fue complicado encontrar una esquina cerca del bordillo donde poder conversar.

Le expliqué a Franz mi hipótesis de las filtraciones. Que la gente a la que debíamos suplantar estaba al corriente de nuestra operación. Él estuvo de acuerdo, de hecho sus sospechas también iban por esos derroteros. Rápidamente nos pusimos de acuerdo en cuanto a nuestros siguientes movimientos, y nos pusimos en camino.

Capítulo 9


El hombre de los dos relojes (Una aventura de Paul Davis)

—¡Para aquí! —le pedí a Franz.

Estábamos ante una franquicia de una popular cadena de tiendas de telefonía. Por el riesgo de que nuestros teléfonos estuvieran también comprometidos no quedaba otra que hacernos con un nuevo limpio y un terminal nuevo.

Bajé del Volvo estacionado en doble fila sobre el luminoso escaparate de la tienda, y cuatro minutos después volvía al coche con una tarjeta SIM y un Nokia 2.2. Conecté el aparato al cargador USB del coche y rasqué el PIN secreto que me daría acceso al nuevo número. Franz ya había estacionado al lado de una arboleda cercana, un pinar. Tenía algunos bancos de piedra sin respaldo, un lugar que hubiera sido agradable si no fuera por la cantidad de basura que poblaba los alrededores. Gente maleducada que exige entornos en buenas condiciones, pero que son descuidados y sucios.

Con la carga suficiente en el nuevo teléfono, descendimos ambos del Volvo, nos sentamos en uno de los bancos más alejados, y mirando al frente, por si alguien se nos acercaba. Nos desvestimos para quedarnos solamente con el bañador que habíamos usado hacía poco en la piscina, y que todavía estaba húmedo. No podíamos permitir que nadie nos escuchase. Entonces, llamamos a número directo del comisario John Newman.

La conversación fue rápida, limitándose John a asentir, comprendía lo que le explicábamos, y él mismo nos confirmó que también sospechaba de algún tipo de fuga de información por parte de la policía malagueña. Empezaba a hacerse tarde, y el comisario necesitaba algo de tiempo para movilizar a los hombres. Llegaría al aeropuerto al día siguiente por la mañana.

Franz y yo coincidimos en que no era seguro permanecer en el camping, al menos hasta que llegara Newman. Volvimos a “La Buganvilla” dispuestos a recoger nuestras pertenencias más indispensables, y de camino hicimos una reserva en un discreto hotel de tres estrellas.

—¡Paul! —me sorprendió la voz de Adriana Bengtsson cuando íbamos a entrar en el bungalow.
—Hola Adriana. —respondí yo receloso.
—¿Os vais? —me preguntó directamente.
—No, preciosa. No nos vamos. Tenemos que salir, un asunto urgente de trabajo. —me sinceré yo sin dar demasiados detalles. —Pero volveré.

La chica pareció quedarse satisfecha con mi explicación, algo entristecida, si es que no fingía, pero aceptó mi argumento.

Pasamos una noche tranquila durmiendo en el “NH San Pedro de Alcántara”. No era un alojamiento lujoso, pero una de las cosas que me agrada de la cadena española NH es que sus hoteles suelen ser muy prácticos y funcionales. Ideal para pasar una corta estancia por trabajo, como así era nuestra situación.

Al día siguiente en el aeropuerto, recibimos al comisario John Newman acompañado de tres hombres más.

—Franz, Paul, gracias por haber venido. —nos saludó.
—Bienvenido a Marbella. Gracias a ti. —respondió Franz Lengyel.

El Cuerpo disponía de pisos francos en la mayoría de ciudades importantes de España. No obstante, estando la integridad de la operación comprometida, y la policía de Málaga probablemente implicada, no valía la pena correr el riesgo de alojarse en uno de ellos, y así disparar las sospechas. Rápidamente los cuatro hombres decidieron acompañarnos en el “NH San Pedro de Alcántara”, y alojarse con nosotros. De ese modo podríamos estar todos juntos.

El resto de hombres llegarían al día siguiente por la tarde vía terrestre, así que teníamos más de un día para explorar por nuestra cuenta. Justo cuando les ponía al día de todo lo acaecido, les sugerí visitar la vivienda de Gabriel Lekfa, cuya ubicación había registrado el reloj Casio.

Nos pusimos en marcha hacia el domicilio de Lefka con la intención de inspeccionar el área y ganar tiempo. Lo primero que hicimos, muy a pesar de Franz, fue devolver el Volvo en la sucursal de Hertz, y alquilar a cambio tres turismos de gama media. Un Seat León, un Citröen C4 y un Opel Astra. Franz y yo montamos en el Seat, Newman y uno de los agentes de paisano en el Citröen y los otros dos en el Opel. Eran vehículos medios, muy populares, y de colores distintos, lo cual hacía más difícil que fuéramos identificados como un grupo.

Por otro lado, tener tres vehículos, cuando en realidad siendo seis personas como éramos, nos habría bastado con dos, nos daría mayor libertad de movimientos y reduciría el riesgo. Si interceptaban a uno, o incluso dos vehículos, los ocupantes del tercero podrían dar la voz de alarma.

La vivienda de Lefka resultó ser una casa independiente. Estaba circunscrita en un recinto cerrado. La verja de entrada era fácil de saltar, pero lo mejor de todo, su cerradura principal, una popular Ezcurra DS-15, era vulnerable a ataques de bumping. Era una casa de sólo una planta, desde el exterior apreciábamos cierta actividad, había gente en su interior, pero no daba la impresión de ser un grupo demasiado numeroso.

No había vigilancia en el exterior, así que como si fuéramos jugadores de fútbol americano ensayando una estrategia, rápidamente nos pusimos de acuerdo en cómo enfocar el asalto.

Adopté el papel establecido y con la llave bumping abrí la verja exterior. Me subí al C4 y me dirigí a la calle a donde daba la puerta trasera de la casa. Franz hizo lo propio con el León, pero sobre la entrada principal. Con todas las entradas cubiertas, Newman y los tres agentes entraron en la vivienda.

Cinco minutos después Franz y yo recibíamos una llamada de John Newman indicándonos que la zona estaba asegurada. Estacionamos los coches, y accedimos a la casa. Posteriormente el inspector me explicaría que en la casa estaban solamente Gabriel Lomba, el hombre del Orient Triton negro, y el que me había disparado el dardo tranquilizante en la piscina.

Los policías eran cuatro, valerosos, bien entrenados, bien armados, y además entrando en la casa por sorpresa. Los tres hombres enemigos fueron pillados de improviso, y sin necesidad de disparar ni un solo tiro, un hecho que si hubiera ocurrido yo habría podido oír desde el exterior, les detuvieron.

Cuando entré en la casa de Gabriel Lomba, Franz ya había llegado y estaba ayudando a los cuatro hombres en su cometido. Desnudaban a los tres delincuentes para asegurarse que no ocultaban nada en sus ropas, e ironías de la vida, los encerraban en la sala insonorizada donde yo también había estado encerrado. Y otra casualidad más, inmovilizados con las mismas bridas de seguridad que yo llevé puestas.

Capítulo 10


El hombre de los dos relojes (Una aventura de Paul Davis)

Empezamos a registrar la casa, peinándola cada uno por nuestra cuenta. Había un acuerdo implícito. Si alguien encontraba relojes o joyas debía avisarme a Franz o a mí para poderlas analizar. Cualquier otra cuestión, sería responsabilidad de John Newman.

Estaba bastante convencido que encontraríamos algún reloj o joya de valor. Una pieza que nos permitiera seguir el rastro de los delincuentes. Después de todo, Gabriel era el hermano de la cabecilla que presidía la red organizada de compra-venta de mercancías robadas. No obstante me equivocaba, no encontramos nada incriminatoria en la casa. Pero yo si vi algo…

—¡Ey! —grité a pleno pulmón para que me oyeran. —Un teléfono.

Sobre la encimera de la cocina había un nuevecito Samsung Galaxy S10, en cuanto Newman hizo acto de presencia, le di al botón de encendido. El fondo de pantalla era una fotografía en donde aparecían juntos Gabriel y su hermana Lefka. Era manifiesto que aquel smartphone era propiedad de Gabriel.

En cuanto toqué su pantalla, me solicitó que introdujera el PIN, huella dactilar, o reconocimiento facial para desbloquearlo. Aquello iba a ser mucho más fácil de lo esperado.

Si en esa vivienda se alojaba el hombre que me disparó el dardo del sueño, tenía que haber más cartuchos en la casa. Les dije a Newman y Lengyel lo que buscaba, y a los pocos segundos aparecía Franz con la pistola tranquilizante en la mano. Era el momento de desquitarme, de vengarme pacíficamente.

Me encaminé al estudio insonorizado, abrí la puerta que estaba cerrada con llave, y me encontré el humillante panorama de los tres hombres sentados en el suelo, inmovilizados con la bridas, y amordazados. Lentamente y con elegancia, como si fuera el Clint Eastwood de Harry el Sucio, alcé la pistola, y disparé a Gabriel Lefka. Éste pasó al mundo de los sueños en apenas dos o tres segundos. Recargué el arma, y dormí al del Orient. Repetí la operación, esta vez con mi cazador, el que me había anestesiado. Sonreí con placer al ver como quedaba inconsciente. “Ojo, por ojo y diente por diente”.

Con los tres malhechores durmiendo como bebés, acerqué la pantalla del teléfono a la cara de Gabriel. El Samsung reconoció sus rasgos faciales y se desbloqueó.

Lo primero que hice fue desactivar las opciones de bloqueo. Normalmente los teléfonos se apagan a los pocos segundos de inactividad, así ahorran energía y mejoran la seguridad. Porque cuando luego vuelven a reanudarse, solicitan otra vez la huella, el PIN, o los registros biométricos. Con la nueva configuración que apliqué, el terminal no solicitaría ninguna identificación, ni siquiera si se apagase.

Los teléfonos de Samsung suelen traer una función que se llama Smart View, lo que permite que el teléfono envíe su pantalla a otro dispositivo conectado en la misma red WiFi. No es necesario que sea Samsung, y no es necesario que sea un ordenador. Puede ser una televisión de esas que tienen la pegatina de SmartTV.

En la gran televisión del salón mis compañeros podían ir viendo las operaciones que yo realizaba sobre el teléfono. Empecé revisando su agenda. Como esperaba figuraba el número de su hermana Lomba. Pinché sobre el registro y accedí a los detalles. La agenda del teléfono tenía registrados varios números, todos ellos con el prefijo telefónico +357 de Chipre.

Pero había algo mucho más interesante, lo que en el Samsung se llamaban “Conexiones”, es decir, los vínculos con los que se relacionaba aquel contacto, Lomba Lefka en concreto. Me ofrecía iconos con accesos directos a SMS, WhatsApp, … Accedí al de WhatsApp, que me llevó al chat entre él y su hermana. Empezamos a leerlo por orden descendiente, de más antiguos a más recientes. Se mezclaban los mensajes de tipo personal con los profesionales, lo que dificultaba un poco la criba.

Veinte minutos después habíamos encontrado los mensajes que nos interesaban. Al día siguiente por la tarde, estaba previsto que llegasen por vía marítima los hombres que iban a entregar el dinero a Sergio Cruz. Todo empezaba a encajar, puesto que nos daba cierto margen para esperar al resto de hombres de Newman.

Cuando llegaron nuestros refuerzos me quedé sorprendido. Dos escuadrones de doce hombres cada uno, pero que no pertenecían al cuerpo de policía, sino de infantería de marina.

La policía aguardaba el barco en que llegaría a puerto los hombres de Lefka. Tan pronto pisaron tierra fueron detenidos. No fue necesario interrogarlos, dentro de la profesionalidad de la organización, la documentación que portaban contenía la dirección de Sergio Cruz. El lugar donde debería entregarse el dinero.

Con aquella valiosa información en nuestro poder, seguimos a los marines hasta el lugar, resultando ser un complejo de apartamentos en donde estaba previsto el canje.

Un chivatazo nos había advertido que en el bloque anexo, dentro del apartamento cuatro-cero-cuatro, encontraríamos lo que buscábamos. Dos escoltas ofrecían tareas de apoyo a Newman y a mí mismo. Mientras que los militares, a corta distancia de nosotros, iniciaban su operación.

Notas a “El hombre de los dos relojes”
La historia escrita a mediados de 2019, y que no pude terminar hasta marzo de 2020, probaba un nuevo concepto bastante cinematográfico: el flashback. Es decir, comenzar la narración explicando el desenlace, y después, retrocediendo al comienzo.

La idea me resultó atractiva, pero a modo literario perdía bastante fuerza, lo que en parte fue el causante de que este “A contrarreloj 19. Paul Davis, el hombre de los dos relojes”, no se publicara independientemente.

Aún contando con el Davis que todos conocemos, me abría las puertas a profundizar en secuencias de acción, disparos y explosiones.

Si lo quieres leer más cómodamente, o conservar para el futuro, lo puedes descargar en EPUB, MOBI, AZW3, FB2, RTF y PDF (2,3 MB. en formato ZIP).

4 comentarios en “El hombre de los dos relojes (Una aventura de Paul Davis)”

  1. Buenas noches Javier.

    Antes de nada gracias por tu regalo. La generosidad es una muestra de buena educación y clase. Porque sé lo que cuesta escribir en tiempo y forma.

    Saludos amigos i hagan el favor de cuidarse.

  2. Acabo de leer 6 capítulos de esta maravilla, te felicito por este excelente regalo que nos obsequias, es muy entretenido y envolvente. Estoy a la par del comentario de Sergi, ¡¡es un gran regalo de inicio de año!! Gracias mi amigo Guti.

  3. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Muchísimas gracias Sergi. Escribir es para mi un placer y una forma de evasión. Me divierte hacerlo, y por supuesto me encanta cuando la gente disfruta con la lectura. Eso no impide que escribir un relato corto como este, con sus casi 9.000 palabras de extensión sea una tarea que consume tiempo. La peor parte es sin duda la revisión, varias iteraciones de lecturas, correcciones, ampliaciones y cambios pero que son indispensables para que la historia se entienda y se pueda leer bien.

  4. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Ya llevas más de la mitad Ricardo, y muy agradecido por tus palabras. Es una historia particular, lo verás al final de todo en las notas.

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