Entrevista en Relogeando. El vendedor ambulante (Parte 1)

El investigador experto en relojería Paul Davis sigue siendo protagonista en los medios. En esta ocasión en el podcast de ReloGeando en donde amablemente Germán me emplazó a una entrevista en donde todos los oyentes aficionados a la relojería pudieran conocer también las novelas de A contrarreloj.



Entrevista en Relogeando. El vendedor ambulante (Parte 1)

El episodio bautizado como Literatura relojera: ¿Conocés a Paul Davis?, comenzó con una lectura a dos voces, yo, como J.G. Chamorro interpretando al detective Paul Davis, y Germán poniendo la voz al coprotagonista del relato. Igual que hice en Paul Davis visita «La Elegante», El hombre de los dos relojes (Una aventura de Paul Davis), Tarde de domingo (Un relato de Paul Davis), Paul Davis, día de Sant Jordi o Paul Davis, día de Reyes, os pongo la transcripción completa, o dicho de otro modo, os ofrezco gratuitamente la lectura del relato El vendedor ambulante que se incluye en la última entrega del protagonista, el A contrarreloj. Paul Davis, sexta temporada. Adicionalmente podéis escuchar el podcast completo en ReloGeando, o bien descargar la copia local de aquí (30 MB. en formato MP3).

El vendedor ambulante

Por J.G. Chamorro

Capítulo Primero
Acababa de terminar con la declaración de un testigo sobre un caso en el que me encontraba trabajando, disponiéndome a buscar un lugar tranquilo en el que poder almorzar. Escogí un pequeño pueblo cercano, supuse que el sosiego, y un buen ágape con el que llenar el estómago me darían las claves del asunto.

Nunca antes visitado aquella localidad, de manera que estacioné mi Seat 124 Sport en un aparcamiento a la entrada, y me dispuse a caminar, en busca de algún restaurante que me sirviera a tan tardía hora. Ante esas situaciones suelo dirigirme al centro, es la zona con más afluencia, y donde uno siempre suele encontrarse con al menos un bar.

Como en muchos otros lugares de España, el centro del pueblo estaba presidido por una plaza, una zona que daba la impresión de haber albergado un mercado. No lejos de la plaza, una iglesia de construcción más o menos reciente, de principios del siglo XX estimé, y el edificio consistorial, algo más moderno que la capilla pero tampoco mucho más. En la esquina más alejada de mí, un puesto de mercadillo cubierto por un gracioso y alegre toldo de tela de color naranja.

El reloj en el campanario marcaba las tres y cuarenta de la tarde, un punto intermedio entre la hora del almuerzo y de la siesta que explicaba por qué el lugar se encontraba casi desierto. Mi curiosidad pudo sobre el hambre, y decidí echarle un vistazo al solitario tenderete.

Al acercarme observé una furgoneta blanca, vieja pero bastante bien cuidada. Una Nissan Vanette que seguramente era propiedad del vendedor ambulante. En percheros que colgaban del armazón tubular del puesto se exhibían camisetas de conocidas marcas deportivas. Falsificaciones, claro, y aquello me incentivó aún más a acercarme a observar.

Sobre el tablón que hacía las veces de mesa y mostrador, había artículos de toda índole. Los típicos “bolsos, relojes y carteras”, pero también bandejas que contenían objetos de tamaño más reducido.

En la primera categoría, la de artículos nuevos, marcas como Guess o Carolina Herrera, Rolex o Louis Vuitton. Me paré un instante con los relojes, burdas imitaciones del típico Rolex Datejust. Yo creo que el reloj más falsificado del mundo. No necesitaba ni siquiera aproximarme a ellos para detectar que eran falsificaciones. Me sorprendió encontrar una copia del Rolex Explorer II, uno de los pocos modelos de la marca ginebrina que me agrada, y una pieza difícil de ver, tanto en el mercado legal como en el de las réplicas.

En el grupo de objetos usados, los que ocupaban bandejas de plástico similares a las que vemos en los controles de seguridad de los aeropuertos, y que sirven para depositar nuestros objetos personales de metal, se veía un elenco de diferentes cachivaches, la mayoría viejos y en mal estado.

Veía monedas de diferentes países, sortijas, sellos mal conservados, llaveros, encendedores, relojes, pulseras, y hasta lo que parecían inútiles arandelas de metal. Parecían baratijas inútiles, quizás expuestas solamente para que los curiosos pudieran toquetearlas y entretenerse con ellas.

Parcialmente cubierto por el resto de piezas, encontré un encendedor Scripto Vu-Lighter, el revolucionario mechero lanzado en 1955, y que durante los años 1960 y 1970 cosecharía gran éxito de ventas. Supongo que no conocéis estos encendedores, eran parecidos a los Zippo, ese si los conocéis ¿verdad? Funcionaban también con gasolina, pero la tapa cerraba a presión, así que el combustible no producía olor, ni se evaporaba con el paso del tiempo. Además habían tenido la habilidad de fabricar el depósito en metacrilato transparente, un compuesto sintético que por aquellos años era lo último en tecnología de materiales, y que permitía que el usuario pudiera conocer de un vistazo la cantidad de gasolina que quedaba. Lo hubiera comprado de no ser porque el plástico de aquel Vu-Lighter estaba roto, era inútil sin un depósito que funcionase, y era además una pieza que no tenía recambios. Otro día sería…

En seguida se apoderó de mí la deformación profesional y mi afición, echándole un vistazo a un reloj con la marca “Orologeria Svizzera” en la esfera. Decidí tantear al vendedor ambulante.

Capítulo Segundo
El hombre tendría treinta y pico años de edad, iba bien vestido, con un traje de chaqueta y camisa. Ambas prendas eran demasiado holgadas para las tendencias actuales, así que debían tener algunos años ya a sus espaldas. No obstante, no manifestaban desgaste y se veían limpias.

El vendedor iba bien peinado, con una raya en el medio de su cabello negro. Una barba y un bigote, también arreglados, le daban un aspecto de prestidigitador misterioso y casi aristocrático.

—Buenas tardes. Dígame, ¿cuánto pide por ese reloj? —le dije señalando al “Orologeria Svizzera”.
—¿Le interesa? ¿Es bueno? —respondió él con nuevas preguntas.

Me di cuenta que era un comerciante experto. Desconocía si la mercancía que vendía tenía valor o no, probablemente nadie se habría interesado por aquel guardatiempo, así que asumió que no valía nada. Al yo preguntarle, debió empezar a pensar que tal vez fuera valioso, por eso me preguntaba, ansioso de obtener información.

—En ese estado, no mucho, la verdad. —le respondí.

Soy incapaz de mentir, aquel reloj tenía el cristal roto, y la caja llena de arañazos.

—¿Funciona? —quise saber.
—Ni idea señor.

Entonces lo tomé en la mano, le di cuerda, y nada ocurrió. Las manecillas seguían inmóviles en su posición original. Acerqué la parte trasera a mi oreja, pero tampoco pude escuchar el tic-tac de su anciano corazón mecánico latiendo.

—Es lo que me temía. Ni siquiera marcha. —le comenté.
—Ohh sí. Vaya. Es que parece muy antiguo.
—Muy antiguo, y muy mal cuidado. —maticé con cierto pesar.

El vendedor debió temer que aquella última frase mía le hiciera perder la venta, y en el fondo él, quería deshacerse de algo que no valía nada.

—¡Deme veinte euros! —ofreció.
—De acuerdo. —confirmé. —Acepto los veinte euros, no le voy a regatear.
—Tenga… —dijo tendiéndomelo hacia mi mano.

Me guardé el reloj en el bolsillo de la chaqueta, y entonces le dije:

—¿Y esos de allí? —pregunté señalando a los Rolex falsos.

Me maravillaba la creatividad de los falsificadores. Habían fabricado réplicas de Datejust, reproduciendo los colores de los auténticos, pero también innovando con nuevas combinaciones y variedades: esferas de color rosa, cajas y brazaletes negros, … Cambios que ni siquiera la marca suiza se había planteado.

El hombre cogió uno de los Datejust, y me lo mostró en la palma de su mano.

—¿Estos? —me preguntó.
—No, esos no, los de esfera blanca. —le corregí haciendo referencia a las imitaciones de Rolex Explorer II.
—Da igual. Todos estos relojes cuestan los mismo, treinta euros.

¡Treinta euros por un reloj falso! Aquellas piezas no debían de costar más de cinco euros. Por supuesto no dije nada, sabía cómo era el mercado ilegal de las falsificaciones, multitud de intermediarios y de riesgos de ser capturados, que causaban que cada persona por la que pasaban los relojes se llevase una comisión.

—Ya ve… ¡Son buenos! —me dijo de una forma que no supe determinar. Tal vez él realmente pensara que eran buenas copias, o tal vez deseaba encasquetármelo y por eso repetía tanto lo de “buenos”.
—¿Usted cree? —le imité respondiéndole yo también con una pregunta.
—¿Cree que no? —le dio la vuelta de nuevo el vendedor ambulante.

Aquella conversación no iba a llegar a ninguna parte. El hombre había demostrado, a su manera, ser un experto en las ventas. Así que decidí ser claro con él.

—Así es. Creo que no son buenos. —dije con franqueza. —Si se fija en la manecilla segundera, verá que da un salto cada segundo.
—¡Claro señor! Esa es la aguja de los segundos. Es así como funciona, marcando los segundos.
—Sí y no. —respondí yo. —No exactamente. Funcionan así en los relojes de cuarzo, los que se llaman de pila.
—Como todos. Todos los relojes llevan pila, ¿no?

Extendí la muñeca, y le mostré el Kronos Pilot Moonphase que llevaba. Le hice notar que era un reloj mecánico, no de pila, y que por tanto la aguja de los segundos daba varios saltos en cada segundo. En el caso del Kronos, eran ocho movimientos por segundo. Me parecía que el vendedor iba comprendiendo mi explicación. Hasta que me soltó:

—Señor, ¡pero su reloj no es un Rolex!
—No. No lo es. Es un Kronos. Lo curioso es que no existe ningún Rolex auténtico que lleve pila. Todos son mecánicos, como el Kronos que le he mostrado.
—Kronos no es Rolex. Son marcas distintas. —me respondió dando vueltas a lo mismo.

Abrí “El Maletín”, y extraje un Rolex Explorer II auténtico, y que a la sazón, era una de las pruebas de la investigación en la que estaba trabajando.

—Mire. Este es un Rolex Explorer II auténtico. El modelo genuino de los que usted vende.

Capítulo Tercero
El hombre lo miró con asombro, parecía que fuera dándose cuenta de las diferencias que existían entre mi modelo original y sus imitaciones.

—Son muy parecidos. ¿No es eso? —observó. —Significa que mis relojes son de buena calidad, buenas réplicas.

Todavía sorprendido por su conclusión, extraje la corona del Explorer II, le di cuerda, y le mostré cómo avanzaba la aguja segundera, haciéndole notar que lo hacía también ocho veces por segundo, no una vez por segundo como los suyos.

—Está bien. Le doy la razón. —declaró. —El suyo, suponiendo que sea auténtico, se mueve a saltos, los míos no.
—Exactamente. Esa es una de las diferencias. —apunté cáusticamente, queriendo reforzar que en realidad eran relojes muy distintos.
—¿No será usted relojero? —preguntó el vendedor.
—Algo parecido. —respondí yo sin más. —Y bien… ¿Cuánto pide por su Rolex?
—Ya se lo dije antes, señor. Son treinta euros.
—Si le compro cinco, ¿me regala el otro? —le propuse como pago por el Orologeria Svizzera.
—¿Está seguro? Serían 150 euros…

Le entregué un billete de cien euros y otro de cincuenta, observando cómo se le iluminaba la mirada. Aquella venta le había llenado ya el día. Estimaba que el vendedor habría ganado unos setenta euros, lo cual me parecía justo.

—¿Puedo preguntarle algo? —me dijo finalmente en tono serio.
—Adelante.
—Si sabe que son falsos, y según usted no se parecen en nada al modelo original. ¿Por qué los ha comprado? Más aún, ¿por qué ha comprado cinco en vez de uno?

Entonces le expliqué que aquel descuidado reloj, el que llevaba la inscripción Orologeria Svizzera, era el nombre de una relojería de Florencia, en Italia. El comercio que vendía los relojes que después llevarían la marca Luminor, Radiomir y Panerai. Unas piezas robustas y de calidad, que surtían a la marina italiana, la Regia Marina. Eran relojes que se construían en las instalaciones de Rolex SA, y que tiempo después, lucirían la marca Officine Panerai y se integrarían en el grupo de lujo Compagnie Financière Richemont, junto a otras como A. Lange & Söhne, Baume & Mercier, IWC Schaffhausen, Jaeger-LeCoultre, Roger Dubuis, Van Cleef & Arpels, Cartier, Montblanc, Piaget o Vacheron Constantin.

Por supuesto esas reputadas y elitistas marcas, no le sonaban para nada al vendedor, hasta que le expliqué que el Panerai actual más económico costaba 7.000€.

—¿Y cuánto cree que puede valer el que usted se ha llevado? —quiso saber incapaz de contener su curiosidad.
—Como le dije, más bien poco. Está destrozado… Claro que dedicándole tiempo para buscar recambios, y en manos de un buen relojero que lo devolviera a su estado original, podría ser muy valioso.

Le hice saber que aquel reloj era de los pocos que en la época se habían fabricado usando bronce. Un material que hoy en día vuelve a usarse en la relojería, pero que por ser barato, más blando que el acero y fácil de trabajar, solía descartarse. Sencillamente tenía poco prestigio. Seguramente por ese motivo todos los clientes que habían pasado frente a su puestecillo habían descartado su compra. Al hombre ya le iba bien, si en vez del Panerai, le compraban un Rolex falsificado, también ganaba con las venta.

El bronce era considerado un metal “malo”, y la marca del reloj era desconocida. Pero todo tenía su explicación, y esa relojería que podía resultar anónima para la mayoría, o aquel infravalorado metal, sólo hacían que el reloj fuera más raro y exclusivo. La ventaja era que como estaba diseñado para usarse en inmersiones, el bronce no se oxidaba, algo que sí que terminaba ocurriendo con el acero, especialmente el de aquellos años, que no era tan puro como el actual.

Pensaba que restaurarlo costaría al menos 2.000€, una cifra elevada, y que una vez reformado, en caso de venderlo, podría obtener por él entre 3.000€ y 10.000€. Tal era la variabilidad del mercado, que si deseaba obtener el precio máximo, tal vez tuviera que esperar diez o veinte años para poderlo vender.

—¿Está diciéndome que va a gastarse 2.000€ ahora, y esperar veinte años para así venderlo por 10.000? —preguntó el vendedor ambulante que no acercaba a comprenderlo.
—No. No pienso vender el reloj, pero sí que lo voy a restaurar invirtiendo esos 2.000€.
—Y, ¿para qué?

La pregunta no buscaba exactamente el objetivo de todo aquello, sino más bien algo que le justificara tal esfuerzo. Sabía que no lo podría entender, así que le corté lo más educadamente que pude.

—Para mí. Nada más que eso. Me gustan los relojes…

Suponía que el vendedor aceptaría aquella respuesta. Yo me había llevado un reloj interesante, y un proyecto al que dedicar tiempo restaurándolo. Por su parte, el comerciante había vendido de una tacada cinco de sus relojes. Pero no fue así, y prosiguió:

—Ya sabía yo que usted era relojero…

No le respondí, el hambre empezaba a acuciarme, y decidí abandonar el lugar lo más rápidamente posible.

—Señor, se deja los cinco Rolex. —dijo justo cuando me daba la vuelta dispuesto a marcharme.
—Quédeselos, no los necesito. Ya tengo el Orologeria Svizzera que deseaba. Así podrá venderlos de nuevo a algún otro cliente.
—Pero los ha pagado. Son suyos. —me insistía. —No sería un buen comerciante si no se los llevara.
—Hagamos una cosa. Dígame un buen sitio para comer aquí, y quedamos en paz.

Me recomendó la Fonda del Mercado, y pese a que apenas tenía nada en común con aquel vendedor, le invité a comer y pasamos una agradable tarde. Cuando hubimos terminado, el comerciante volvió a las mismas.

—Gracias por todo. Aunque será mejor que no le explique a nadie lo del segundero que usted me ha contado…

Me marché sonriente habiendo comprobado que el vendedor había captado desde el primer momento mi explicación, y que si se hacía el tonto, era por ser un vendedor experto. De camino al coche, notaba el peso del Orologeria Svizzera en el bolsillo. Aquello me reconfortaba. Tenía ganas de llegar a la relojería “La Elegante” y mostrárselo a Adela, su propietaria, para que me dijera lo que podía hacer con él.

Notas
Este relato partió de los vendedores ambulantes, una figura que aunque en declive y cada vez más corrompida, durante mi niñez y mi juventud contaba con grandes profesionales del negocio. Los vendedores ambulantes al igual que los charlatanes, siempre fueron una gente por la que sentía una mezcla de curiosidad y admiración.

Al escribirla, intenté que no pareciera que Davis se aprovechaba del vendedor, esa no es su forma de ser. Pero sí que tenía que aportar algo de sus conocimientos y dotes de observación para hacer la historia creíble. Me pareció que una situación en la que los dos salen beneficiados, lo que los expertos en gestión empresarial llaman ahora como “Win-Win”, era lo más adecuado, y así lo planteé.

Lo que se cuenta de Orologeria Svizzera es cierto, era la relojería propiedad Guido Panerai, el nieto del fundador de la marca, y que casualmente, al igual que el Kronos que lleva Paul Davis, se vendían en relojerías de su propiedad. Algunos de los Officine Panerai efectivamente los fabricó la manufactura Rolex, si bien nunca existió un modelo fabricado en bronce como el que se explica.

20 comentarios en “Entrevista en Relogeando. El vendedor ambulante (Parte 1)”

  1. La entrevista, magnífica, y el relato, fenomenal. Pero si me permites una sugerencia, creo que mejoraría bastante con una tercera persona, y un relato con más diálogo. Esa tercera persona que hiciera de narrador, y que pudiera leer la parte que os saltásteis de los diálogos.

    Aunque ya sé que es muy complicado, por lo que daros las gracias por haberlo pasado a mp3. Como audiolibro está fenomenal.

    Y por cierto, con música de ambiente estaría superchulo…, pero es un currazo. Ya sabes que yo hice cinco minutos de ese estilo con sonido ambiental (que a ti no te gustó, por cierto :D), y no me quedaron ganas de hacer más porque son un palo tremendo las mezclas.

  2. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Llevas razón, habría quedado mucho más claro con una tercera persona DRD, además de que yo no soy un buen lector. Así se diferenciaría entre narración y diálogos. Como en el estudio sólo estábamos Germán y yo, no hubo más remedio que hacerlo entre dos. Pensamos también que ya que Davis narra en primera persona, no quedaría mal, pero efectivamente es mejorable.

    Lo del formato MP3, requirió algo de inspección de código en Anchor.fm para poderlo obtener… ¡Pero fue divertido hacerlo!

    De la banda sonora, el montaje y también de la conducción, todo es mérito de Germán. Como digo fue una charla distendida, las respuestas no estaban preparadas por mi parte, así que surgió todo de una manera muy natural.

    Me alegra que te haya gustado. Muchas gracias.

  3. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Como siempre es un placer que te haya gustado y lo hayas disfrutado Ricardo. Llevo meses sin apenas tiempo libre, pero en cuanto pueda seguiré, aunque sea poco a poco.

  4. Ummm, me temo que Paul Davis se equivoca cuando afirma “Lo curioso es que no existe ningún Rolex auténtico que lleve pila”

    Los Rolex Oysterquartz estuvieron a la venta desde finales de los 70 hasta principios del presente siglo XXI [1, 2, 3, 4, 5, 6].

    [1] https://www.oysterquartz.watch/

    [2] https://www.youtube.com/watch?v=QXyRhkghyTE

    [3] https://www.watchtime.com/featured/when-rolex-went-quartz/

    [4] http://www.oysterquartz.net/the_quartz_date_5100.htm

    [5] https://www.italianwatchspotter.com/oysterquartz-a-rolex-that-ticks/?lang=en

    [6] https://www.recensioniorologi.it/wp-content/uploads/2017/06/Caibro-5035.jpg

  5. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Tienes razón un relojista. Está claro que Paul Davis es conocedor de eso, sólo que al escribirlo se le debió olvidar la palabra «actualmente». Lo cierto es que mientras lo revisaba pensé si agregar esa aclaración como una nota. Al final no lo hice, pensé que me daría juego para algún otro relato, pero fue una idea que jamás usé.

    De manera que te agradezco la aclaración. Rolex, al igual que la mayoría de marcas de lujo en la relojería cuando vieron que el cuarzo era la última tecnología y el futuro, se apuntaron al carro. Un poco como ahora está ocurriendo con los smartwatches. No me vienen a la cabeza muchas que no lo hicieran, quizás solamente IWC.

  6. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    De hecho casi todos los que pecaron fueron consecuentes un relojista. Apostaron por el cuarzo cuando tenía tirón, pero mantuvieron los mecánicos. Ahora hacen automáticos que tiene prestigio, pero mantienen algún cuarzo. Vease TAG, Longines u Omega. En cambio Rolex si que cerró el telón con los cuarzos, pretendiendo que así quedarían olvidados. Es curioso.

  7. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Jeje, es el problema de transcribir el contenido Mac, se le ven a uno las «trampas». Yo es que soy de los que pronuncia «Tag Jeuer» en vez de «Tag oyer» como suele decirse, así que imagina como saldría Schaffhausen o LeCoultre.

  8. Tienes razón, si no lo puedes pronunciar bien, mejor no lo pronuncies porque queda fatal. Además es que esos nombres de marcas tan míticas molan mucho bien pronunciados. Por ejemplo, Lange & Söhne, Baume & Mercier, o Roger Dubuis te salió muy bien. Y el Dubuis mira que se las trae, que es francés.

    Yo estaba mordiéndome las uñas esperando la pronunciación de mi querida Baume & Mercier, mira que como te la hubieses cargado te tiraba de los pelos…, pero no, lo pronunciaste muy bien. Y ese no es nada fácil tampoco, por cierto.

  9. Buenas noches amigos.

    He disfrutado mucho mientras lo leía…. Buena lección tanto el vital como en nuestra afición.
    Y una posible secuela donde el mercader encuentra otra joya…. ja ja ja ja (perdón por el atrevimiento).

    Gracias por los consejos con el solar le pegare vueltas al tema….

    Mi más sentida enhorabuena Javier por el texto.

  10. Lo volví a leer y escuchar y me encanta, los pequeños errores hasta Cervantes y Einstein los tuvieron jeje. De nuevo, ¡¡gracias por todo amigo Guti!!
    Saludos a todos.

  11. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Yo creo que mi pronunciación era muy mejorable Le Metayer, pero te lo agradezco mucho.

  12. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    La idea de una secuela no me la había planteado Sergi, a priori suena bien. Ahora a ver si se me ocurre como hilarla.

  13. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    ¡Si lo escuchas tantas veces me vas a encontrar todos los fallos Ricardo! Es broma, creo que cuando hay pasión, esa se acaba transmitiendo al lector o al oyente.
    Gracias por el apoyo.

  14. Todo bien pero la conversación entre el comprador y el vendedor aburre por lo falsa falsaria totalmente falsa e improbable.

  15. Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

    Muchas gracias por la crítica samoa. Soy un escritor en fase de aprendizaje, así que intentaré mejorarlo. En cuanto a eso: ¿te has dado cuenta de cómo son los diálogos de las series de televisión? No se si ves alguna relacionada con la investigación, pero hay escenas que son todavía más improbables que esa.

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